Luis Landero. “Escribir da sentido a mi vida”. Grada 119. Perfil

“Escribir da sentido a mi vida”

Fotos: Itziar Guzmán

Nacido el 25 de marzo de 1948 en Alburquerque, Luis Landero es un novelista criado en el seno de una familia de agricultores que emigraron a Madrid en 1960. Galardonado con el Premio de la Crítica y con el Premio Nacional de Literatura en la modalidad de Narrativa por su ópera prima, ‘Juegos de la edad tardía’, da nombre a un certamen literario internacional de narraciones cortas, en el que pueden participar alumnos de Secundaria de los países hispanoparlantes.

¿Qué recuerdos tiene de su infancia y cómo cree que le han podido influir posteriormente en su vida, y en su creación literaria?
Para muchos, escritores o no, la infancia es una fuente inagotable de inspiración. Mis recuerdos de entonces son innumerables. Unos pertenecen a la memoria consciente y otros muchos a la memoria inconsciente, y en todos participan mucho los sentidos: olores, sabores, sonidos… Y el asombro ante un mundo aún por descubrir. Ese es el estado propio de la niñez: el asombro. Si soy escritor es porque de algún modo sigo siendo el niño que fui, y en mi mirada todavía late la llamita del asombro ante las cosas. Por lo demás, el sol del verano, el sabor de los tomates de entonces, los gallos al amanecer, el crotoreo de las cigüeñas, la blancura de las paredes encaladas, el olor a escabeche y a bacalao en las lonjas… Un mundo de nunca acabar, porque la infancia es para siempre.

Nacido en una familia de agricultores emigrados, ¿cómo vivió la salida de su tierra y la llegada a Madrid?
Cuando me vine interno a Madrid lo pasé muy mal. Yo tenía 8 años y de repente me encontré lejos de mi mundo, de mis seres queridos, de mi pueblo, en un lugar extraño donde todo era distinto, empezando por el modo de hablar. Aquella experiencia, aquel sentimiento de orfandad, sigue vivo en mi alma. Luego, con 12 años, nos vinimos todos a Madrid. Aquello ya fue otra cosa. Estaba con los míos, y además estaba ya habituado a Madrid. Y tenía mi segundo pueblo, que era el barrio. Los que somos de pueblo solemos ser también muy de barrio.

Tuvo que trabajar desde muy joven en oficios variopintos para pagarse los estudios, entre ellos profesor de guitarra flamenca; ¿siempre tuvo claro que quería estudiar?
Yo empecé a trabajar con 14 años porque era muy mal estudiante y mi padre me puso al tajo para que aprendiese de qué iba la vida. A mí no me gustaba estudiar. A mí lo que me gustaba era el barrio, los amigos, las chavalas, el rubio americano, el cine, las motos… Luego, cuando murió mi padre, entré a trabajar en Clesa, donde estuve casi un año, y después llegó a Madrid mi primo Paco; él fue el que me inició en la guitarra. En todo ese tiempo no dejé de estudiar, pero fue hacia los 19 o 20 años cuando realmente descubrí mi secreta vocación de estudiante.

¿Cómo comenzó a interesarle la literatura?
Yo creo que en la infancia, escuchando cuentos, anécdotas, cotilleos, poesías, adivinanzas, es decir, oyendo hablar a mis mayores. Y luego, hacia los 14 años, el descubrimiento de la poesía. Era fascinante que las palabras de diario aparecieran de pronto vestidas de fiesta, y súmese a eso el ritmo, la rima, el lenguaje convertido en música… Y la soledad, porque yo siempre he sido muy solitario, y la insatisfacción ante la vida, que no te daba lo que tú querías, y las chicas más guapas del barrio que no te hacían ni puto caso. En esos momentos, para equilibrar un poco el balance negativo de la vida, no hay nada mejor que escribir poemas, componer canciones, en fin, buscarse un lugar en el mundo.

¿Por qué escribe?
Escribir es mi proyecto de vida, lo que da luz y sentido a mis días. No concibo mi vida sin la escritura, sin los libros. Yo he viajado bastante, no tanto por vocación como por trabajo, primero cuando me dedicaba al mundo de la farándula y luego como escritor. Pero mis mejores viajes, los que he vivido con más emoción e intensidad, los inolvidables, los esenciales, los he hecho con Julio Verne, con Daniel Defoe, con Stevenson, con Homero… Yo en general disfruto más soñando que viviendo.

¿Cómo es su proceso de creación artística?
Pues todos los días a pie de obra. Lápices, plumas, rotuladores, cuadernos, folios, una historia que contar, un esbozo del relato, la tozudez de una mula falsa, momentos de alegría y hasta de euforia, momentos de desaliento y hasta de depresión, pero siempre adelante, porque vivir es estar de camino. Y así, frase tras frase, van saliendo los libros.

¿Cuáles son sus fuentes de inspiración?
Mi pasado. No solo lo que yo he vivido sino lo que he visto vivir alrededor. Pero también lo que he leído, las películas que he visto, lo que me han contado, mis fantasías, lo que observo diariamente aquí y allá. Es decir, todas mis experiencias vitales. Para un escritor la realidad es como el cerdo, todo se aprovecha.

¿Tiene algún autor de referencia?
¡Ah, muchos! Tengo unos 50 o 60 libros de cabecera. Ahí hay clásicos, modernos y contemporáneos. Poesía, novela y ensayo. Y no me canso nunca de releerlos.

Además de novelista ha sido profesor de Lengua y Literatura españolas en el instituto Calderón de la Barca de Madrid, o profesor en un curso de literatura española en la Universidad de Yale; ¿es factible compaginar la enseñanza con la creación literaria?
Cómo no. Muchos lo han hecho. A mí me hubiera gustado ser pequeño-rentista, como Flaubert, y no tener que trabajar. Cuando tuve uso de razón y me enteré de que había que ganarse el pan con el sudor de la frente, y ser un hombre de provecho, y tener jefes y demás, entré en estado de shock. Luego, me hice profesor, es decir, escritor que en sus horas libres da clases de literatura. Para mí ha sido un buen apaño laboral.

Jubilado profesionalmente, aunque no como escritor, dado que su última novela, ‘La vida negociable’, es de 2017, ¿tiene ahora más tiempo para escribir?
No, más o menos dedico a escribir el mismo tiempo que antes. Pero tengo más tiempo para leer, para ver películas, para pasear o para no hacer nada. O para estar solo, que es algo que me encanta, y que necesito como el respirar. Como decía un filósofo, muy pocas cosas ayudan tanto a la felicidad como levantarse por la mañana y poder decir: El día es mío.

También ha escrito muchos artículos de prensa, algunos de los cuales han sido recopilados en ‘¿Cómo le corto el pelo, caballero?’; ¿en qué se inspira para escribirlos?
En cualquier cosita. La gracia de los artículos está en escribir una primera frase, no importa sobre qué, y tirar del hilo hasta el final. Una noticia, una lectura, algo que se observa en la calle… El artículo es el arte de lo cotidiano.

¿Qué sintió al recibir el Premio de la Crítica y el Nacional de Literatura, y que además fuesen por su ópera prima?
Pues sentí satisfacción y sorpresa. Yo esperaba como mucho vender mil ejemplares, para que al menos mis editores cubrieran gastos, y recibir algunas buenas críticas. Con eso me conformaba. Incluso el hecho de publicar en una editorial de ámbito nacional como Tusquets ya era bastante premio. Luego hubo buenas críticas, y lo demás lo hizo el boca a boca entre los lectores.

¿Puede considerarse también un reconocimiento que un certamen literario lleve su nombre?
Sí, claro, aunque yo lo veo más como una muestra de cariño. Fue Ángel Campos (aquel gran poeta y agitador cultural), Carmen Macías, y no sé si alguien más, los que inventaron ese premio, que va ya camino de su trigésimo aniversario. Y luego están todos los que mantienen y acrecientan la llama de ese pequeño milagro literario. La entrega de los premios es siempre una fiesta, y tiene unos grandes protagonistas, los alumnos del instituto Castillo de Luna. Ellos son el alma de ese maravilloso invento.

En 2005 se le concedió la Medalla de Extremadura, máxima distinción que otorga la región; ¿cómo recibió la noticia?
Con gratitud, cómo no. Me siento muy honrado por esa distinción, y espero estar a la altura del honor recibido.

¿Qué opina del estado de la lectura en España, en general, y en Extremadura en particular? ¿Qué se puede hacer para que los más jóvenes recuperen el interés por leer?
En ese negocio están implicados la escuela, la familia, la sociedad, los gobernantes y los medios de comunicación. De los medios de comunicación no cabe esperar apenas nada, de la sociedad tampoco, y de los gobernantes aún menos, de manera que la cosa está entre la escuela y la familia.

En la escuela hay que dedicar las horas de literatura a leer. A escribir se aprende leyendo, y la gramática se aprende ante todo leyendo, y el niño o el adolescente aprende a leer leyendo. En cuanto a la familia, debe ser cómplice de la escuela. Padres y profesores tienen mucho que hablar y que compartir. Pero el panorama pinta mal. Leer supone soledad y concentración, y los juguetes informáticos ofrecen un entretenimiento mucho más fácil e instantáneo. Vivimos en una sociedad puerilizada, donde gustan más las chuches que el jamón.

¿Cuál es el lugar de las Humanidades en este mundo tan tecnológico?
Un lugar de honor, si es que este mundo quiere salvarse de la barbarie. Los pueblos mejor educados y con mayor nivel cultural han sido y siguen siendo los más prósperos, los más democráticos, los más sólidos, los más influyentes y los más cohesionados socialmente. Lo cual quiere decir que para invertir en progreso no hay camino mejor que invertir en cultura y en educación. Pero esto a los políticos nos le da votos, y tampoco quieren que la gente piense demasiado.

Y desde el punto de vista de la información, ¿sustituirán las redes sociales a los medios de comunicación?
No, esperemos que no. Otra cosa es que lo digital sustituya al papel, lo cual parece imparable. A mí lo que me preocupa es la falta de medios de comunicación independientes. El dinero está colonizando los medios, y la información que nos llega está cada vez más contaminada por los intereses partidistas; y eso es muy peligroso para la democracia. Véase el caso de Cataluña: quienes controlan los medios de comunicación y las escuelas controlan la conciencia del personal. Y luego está Twitter, donde la mentira y la banalidad campan a sus anchas, y que (con las debidas excepciones) es el sumidero informativo donde abrevan muchísimos usuarios.

¿Sigue siendo Extremadura la gran desconocida, también desde el punto de vista cultural?
Cada vez es menos desconocida, aunque aún quedan los rescoldos de ese gran tópico que sufrimos desde siempre. Hay mucho estúpido y mucho gilipollas que sigue mirando a Extremadura un poco por encima del hombro. Y no faltan extremeños un pelín acomplejados de ser extremeños, como si fuésemos españoles de segunda, del mismo modo que hay españoles acomplejados de ser españoles, como si fuesen europeos de segunda. Todo esto viene del gran problema endémico que tenemos en España: la educación y la cultura.

Por lo demás, en Extremadura hay escritores, y artistas, y gente de letras y de ciencias tan estupendos como en cualquier parte.

Con Juan Carlos Rodríguez Ibarra (un hombre que leía y que tenía grandes inquietudes intelectuales, en fin, un hombre ilustrado en el sentido histórico de la palabra), la cultura alcanzó en Extremadura un nivel y un ímpetu y una puesta en escena como nunca hasta entonces, y que luego desgraciadamente ha ido languideciendo.

Se puede hacer más, se debe hacer más, y es una pena que no se haya seguido esa línea ascendente, ambiciosa, que marcó Rodríguez Ibarra.

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