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‘Milkweed’, de Lee Krasner. Grada 159. Inmaculada González

‘Milkweed’, de Lee Krasner. Grada 159. Inmaculada González
Foto: Cedida
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Lee Krasner creció como artista escuchando habitualmente comentarios del tipo: “esto es tan bueno que nunca dirías que lo hizo una mujer”, o refiriéndose a ella como “esa pintora que estaba casada con Jackson Pollock”; incluso llegó a ser apodada, una vez muerto su marido, “la viuda del expresionismo abstracto”.

Siempre reivindicó la figura de una artista demasiado tiempo eclipsada por el volumen de Pollock, cuando ella reunía méritos suficientes para tener un lugar propio en la historia del arte del siglo XX.

Lee Krasner nunca tuvo las cosas fáciles. Nació en una familia de inmigrantes ucranianos y judíos que no le apoyaron artísticamente. Ella sería la primera de sus hermanos en nacer ya en territorio estadounidense.

Tampoco debió ser fácil estar casada con el mayor artista vivo de los Estados Unidos, una especie de dios con pincel cuya ira explosiva, infidelidad, alcoholismo y tendencia a la autodestrucción hizo que la relación entre ambos estuviera salpicada de altibajos, máxime cuando Krasner se negó a engendrar la prole del genio tormentoso.

Cuando él falleció en 1956, gracias a la herencia Krasner pudo dedicarse a producir el arte que le gustaba, sin preocuparse de los dictados del mercado. Tenía ideas propias, odiaba repetirse, por lo que su obra fue cambiando tanto a lo largo del tiempo. Comparando cuadros de los años 50 con los que hizo dos décadas más tarde parecen obras de artistas distintos. Su trayectoria fue una constante exploración de nuevos caminos y posibilidades expresivas. Comenzó, como todos, pintando obra figurativa, pero pronto se vinculó a una abstracción que fue materializándose en distintos formatos.

En sus famosos collages empleó el papel, que cortaba o rasgaba manualmente. Trabajó en largas y sombrías series influidas por sus periodos de insomnio crónico. Inauguró la década de los 70 con unas pinturas horizontales en colores vivos y contornos muy marcados. A pesar de su considerable producción no se conserva mucha obra suya, pues destruyó muchas de sus piezas al no estar satisfecha con ellas o para incorporarlas a trabajos nuevos.

Krasner fue una mujer cargada de fuerza, con un buen ojo para los colores, que derrochaba tensión, talento y ganas de seguir cambiando.

“Molesté a muchos. No podía dejar que nada me frenara como pintora. Mi adrenalina se disparaba constantemente. La pintura siempre fue mi forma loca de escribir. El color sigue siendo un misterio para mí”, dijo en una entrevista.

Krasner fue una Medea de la pintura, un mito clásico, una mujer a la que el amor doblegó y que se aferraba a su pintura para no sucumbir. Recomiendo la novela ‘El color de tu nombre’, de Ara de Haro, inspirada en la artista estadounidense.

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