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Que se alce la voz

Que se alce la voz
Léeme en 4 minutos

Vicente Costalago

Por qué escrevil,
si puei que naidi leya estas frassis,
si puei qu’a naidi li gustin,
si escrevu con parabras passás,
parabras que nun suenan enas escuelas,
parabras que más que gastan las avuelas.

Por qué escrevil,
si esta nun es la mi luenga?
Por qué si yo nun palru,
comu palran enas hesas?

Así dice una de las poesías que aparecen en el primer libro que publiqué en extremeño, titulado ‘Euris estremeñus i sotras poemas’. Una de las características de las lenguas minoritarias es precisamente eso: su estado de minoría, de tener pocos hablantes; y eso, en la ideología predominante en nuestro mundo, significa una cosa: poco mercado; lo que se traduce en “sirve de poco” o “no sirve para nada” (aunque a veces, en vez de presentarse como un enunciado, se introduce una interrogación: “Y eso, ¿para qué sirve?”).

Podría intentar escribir aquí un argumentario sobre la utilidad del extremeño, pero yo prefiero no entrar en el juego porque, para mí, no se trata de eso. Tampoco quiero yo, sin ser extremeño, presentarme a los extremeños para decirles lo que deberían o no deberían hacer, aunque quizás de esa forma pongan más atención a mis palabras que a aquellas de sus paisanos que tanto se esfuerzan desde Oscec en salvaguardar el patrimonio lingüístico de su tierra (por aquello de lo de “nadie es profeta en su tierra”).

Habrá aquellos con mentalidad negativa o con desidia total hacia la lengua regional que, viendo la situación del extremeño, quieran quizás hacer valer las palabras que Unamuno tuvo para con el euskera, cuando dijo: “¿Y el vascuence? ¡Hermoso monumento de estudio! ¡Venerable reliquia! ¡Noble ejecutoria! Enterrémosle santamente, con dignos funerales, embalsamado en ciencia; leguemos a los estudios tan interesante reliquia”. Miguel de Unamuno, Juegos Florales de Bilbao, 26 de agosto de 1901.

Es cierto que el extremeño se muere, eso lo saben en todas partes, de tal forma que la Unesco lo incluye en su Atlas de las Lenguas en Peligro del Mundo como parte del diasistema astur-leonés, y la ONU lo señala en su lista negra por el riesgo de desaparición. Sin embargo, ¿Deberían los extremeños dejarlo morir o, directamente, enterrarlo? Eso es una decisión que solamente les compete a ellos, pero, si se me permite dar mi opinión, yo diría: “¡No lo permitáis!”.

Decía Alfonso Daniel Rodríguez Castelao: “Somos galegos por obra e gracia do idioma”; y es que la lengua es algo tan inherente a los pueblos que incluso algunos lingüistas llegan a afirmar que moldea la forma en la que cada persona ve el mundo.

A los extremeños se les lleva diciendo durante mucho tiempo lo que pueden o deben hacer y cómo deben hablar mientras su tierra permanece en el más absoluto olvido institucional (algo que me recuerda a mi amada tierra soriana). Me atrevo a decir que Extremadura es, por desgracia, una gran desconocida no solo fuera, sino también dentro de nuestras fronteras patrias.

En un mundo donde prima ‘lo útil’, ‘lo que da dinero’, hemos llegado un grado de uniformización tal (algunos lo llaman ‘globalización’, cosa, en mi opinión, debatible), que todos hacemos casi siempre lo mismo: vemos los mismos programas de televisión, escuchamos la misma música, leemos las mismas noticias. Es necesario, según creo, reafirmar lo que nos hace que seamos lo que somos, volver a nuestras raíces, entender nuestra propia historia para que así las siguientes generaciones puedan caminar por veredas propias, no por aquellas dictadas por quienes dicen que merece o no la pena según el beneficio que dé. Ya se han dado en la historia ideologías que hablaban en tales términos, y no han acabado muy bien las cosas. Ya hay demasiada gente viendo y haciendo lo mismo, pero si no se ocupan los extremeños de lo suyo, ¿Quién lo hará?

Al extremeño le queda un largo camino por delante y, aunque ahora sean pocos los que vean el valor de la lengua regional, sabemos por la historia que muchas causas que merecen la pena empiezan así, como una diminuta luz en medio de la oscuridad, como un leve susurro que hoy se escucha en algunos pueblos perdidos de Extremadura y que la Oscec intenta que se convierta en una voz alta y orgullosa de sus palabras. Hagamos que esos susurros no se pierdan para siempre en la historia y no permitamos que las palabras de Unamuno, que no acertaron con el euskera, se hagan efectivas con el extremeño.

El extremeño, sea o no sea útil, es algo que pertenece a los extremeños; dependerá de ellos si quieren que se apague o, como reza el himno regional, se alce su voz, también en el año que comienza, como un acto de memoria y de esperanza.

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