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El habla chinata: memoria viva de un pueblo

El habla chinata: memoria viva de un pueblo
Foto: Juan José Carlos Martín
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En Malpartida de Plasencia las palabras han sido durante siglos algo más que un medio para comunicarse. Han servido para reconocerse, para marcar pertenencia y para transmitir una forma particular de entender la vida. El habla chinata, la manera tradicional de hablar de los chinatos, constituye uno de los patrimonios más íntimos, frágiles y valiosos del municipio, una lengua cercana, cargada de emoción, profundamente arraigada en la memoria colectiva.

Como sucede con muchas hablas locales, el chinato se forjó lentamente en la vida cotidiana, a lo largo de generaciones, al calor de la repoblación medieval, del trabajo en el campo, de la trashumancia, de los oficios artesanos y del contacto humano continuo. En sus sonidos y expresiones se entrecruzan influencias castellanas, leonesas, portuguesas y populares, dando lugar a una forma de hablar singular, reconocible y propia.

Pero el habla chinata es mucho más que un conjunto de rasgos lingüísticos. Es, sobre todo, un lenguaje afectivo. Su entonación, su ritmo y su manera de enfatizar dotan a las palabras de una carga emocional que va más allá del significado literal. El chinato sirve para contar, pero también para sentir; para reprender sin dureza, para bromear, para mostrar cariño o complicidad. Por eso, cuando se pierde una forma de hablar como esta, no desaparecen solo palabras, se debilita una manera de mirar y estar en el mundo.

Para muchas personas mayores del pueblo el habla chinata está inseparablemente unida a los recuerdos más profundos de la infancia. A los sonidos cotidianos, las campanas de la iglesia, el pregón del tío Flores, las tertulias en verano, al caer la noche a la puerta de las casas, y a escenas vividas que forman parte del imaginario colectivo. Está en la voz de las madres y de las abuelas, en los avisos, en los consejos, en las reprimendas dichas con ternura. La lengua se convierte así en un archivo oral de la vida cotidiana, donde caben la pobreza, la dignidad, el humor y la sabiduría popular.

Durante siglos, el chinato fue la lengua natural de la vida diaria. Se hablaba en la casa, en el campo, en los corrales, en las calles. Sin embargo, a lo largo del siglo XX, este patrimonio intangible comenzó a erosionarse de forma acelerada. La represión cultural, la estigmatización de las hablas rurales, la escolarización uniforme y la progresiva desaparición de los modos de vida tradicionales empujaron al chinato hacia el silencio. Muchas personas dejaron de hablarlo en público; otras incluso dejaron de transmitirlo a sus hijos, convencidas de que hacerlo podía suponer una desventaja social.

Ese proceso generó una ruptura profunda de la transmisión generacional. Hoy, el conocimiento activo del habla chinata se concentra casi exclusivamente en la población mayor. En las generaciones más jóvenes, su presencia es escasa o inexistente, reducida a expresiones aisladas o al recuerdo pasivo de haberla oído en casa. El habla sigue viva, pero lo hace de forma frágil, sostenida más por la memoria que por el uso cotidiano, porque ya ha llegado al desuso.

Aun así, el chinato no ha desaparecido. Permanece en palabras que afloran casi sin darse cuenta, en el deje que delata el origen, en la emoción con la que algunos mayores recuerdan cómo se hablaba ‘antes’. Permanece también en cartas, poemas y cuadernos escritos en voz baja, guardados durante años en cajones o alacenas, como si la lengua hubiera necesitado protección incluso dentro del hogar.

En este contexto cobra un valor especial la labor desarrollada desde hace más de dos décadas por la Asociación Cultural de Amigos del Habla Chinata. Lejos de actuaciones puntuales o simbólicas, su trabajo ha sido constante, discreto y profundamente enraizado en la comunidad. Desde finales del siglo XX, la asociación ha impulsado un proceso mantenido en el tiempo, de recogida de palabras, expresiones y giros del habla tradicional, apoyándose en la memoria de las personas mayores del pueblo.

Durante más de 20 años este trabajo se ha realizado a través de conversaciones informales, comidas entre amigos, encuentros entre vecinos, talleres de memoria, reuniones culturales improvisadas, ejercicios colectivos de recuerdo y hasta en las barras de algunos bares tomando un chato de vino. No se trataba solo de preguntar “cómo se decía”, sino de escuchar, de crear confianza y de dejar que las palabras brotasen y volvieran acompañadas de las historias que las habían hecho nacer. Muchas de ellas aparecían ligadas a oficios desaparecidos, a tareas del campo, a la vida doméstica o a formas de relación hoy casi olvidadas.

Fruto de ese esfuerzo colectivo fueron dos publicaciones fundamentales: ‘El habla de los chinatos’ (1999) y, años más tarde, ‘El habla de los chinatos. Léxico fonético’ (2024), editadas con el apoyo del Ayuntamiento. Entre ambas obras se recoge un corpus de más de 3.000 palabras, muchas de ellas en serio riesgo de desaparición. Estos libros no son solo glosarios, son auténticos depósitos de memoria cultural.

Paralelamente, la asociación ha difundido este patrimonio a través de algunos artículos divulgativos publicados en la revista local ‘Aires Chinatos’, donde el habla ha encontrado un espacio natural para volver a circular entre los vecinos, sin complejos ni academicismos. Esa difusión ha permitido que palabras dormidas regresen al uso, que los mayores se reconozcan en lo escrito y que los más jóvenes descubran una parte esencial de su identidad.

Este trabajo ha tenido además un efecto emocional profundo. Muchas personas mayores han experimentado una forma de reconocimiento tardío, su manera de hablar, tantas veces silenciada o corregida, adquiría de pronto valor cultural. Volvían los recuerdos de juventud. El chinato dejaba de ser “hablar mal” para convertirse en patrimonio. Ese cambio simbólico va generando orgullo, pertenencia y un renovado deseo de transmisión.

En laj tabelnaj del pueblo, alreol de lalmita San Gregorio, cuando no abia otro citio aonde il, andubimoj muchaj vedej de muchachoj volanderoj, jincandomoj unoj chatinoj y jugando paltiaj a laj caltaj con porradoj en laj medaj al cantal “laj cuarenta, que no jieden pero atolmentan”.

Defender el habla chinata no es un ejercicio de nostalgia ni un intento de regresar a un pasado idealizado. Es un acto de justicia cultural. En un mundo cada vez más homogéneo, donde las diferencias tienden a diluirse, proteger una manera propia de hablar significa defender la diversidad, la historia vivida y la dignidad de quienes la construyeron. Como ocurre con la biodiversidad, cuando una lengua o una forma de hablar desaparece, la pérdida es irreversible.

El habla chinata es memoria viva. Mientras alguien la recuerde, mientras alguien la pronuncie con afecto, seguirá siendo una forma legítima y hermosa de estar en el pueblo y más allá del pueblo, en el mundo. Reconocerla, cuidarla y transmitirla es una responsabilidad compartida, y una herencia que aún estamos a tiempo de conservar. ¡Pojabía ejtal bien!

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