Debajo la zombra generoda duna jiguera mu vieja, en loj alrreorej del Pozuelo, doj amigoj i membroj fundaorej de la Asodiación Curtural dAmigoj del Palrraero Chinato compalten un gejto cencillo y atiborrao de senificao, recogel jigoj delalbol ca vijto pasal generadionej. No ej zolo un recutiero de la gente del pueblo; ejun címbolo de continuiá, de raídej mu jondaj y de recueldoj vivoj.
Quizá bajo esas mismas ramas se fraguaron conversaciones en chinato, palabras nacidas del trabajo diario, del esfuerzo en el campo y de la honradez aprendida sin libros. La jiguera, testigo callado del tiempo, guarda ecos de voces que nombraron el mundo con acento propio.
Pero la imagen va más allá del instante. Es la historia de una amistad nacida en la infancia, cuando los caminos del pueblo eran de polvo y las tardes se alargaban bajo la sombra de los árboles, midiendo el tiempo por el vuelo de los pájaros o el tañido lejano de las campanas. Desde pequeños compartieron tareas de la escuela, del campo, aprendieron el nombre de las plantas, el ritmo de las estaciones, la espera paciente de la lluvia y el valor exacto del agua en verano. En aquella escuela primera, la de la tierra y la familia, el habla chinata fue su lengua natural, la que daba nombre a cada herramienta, a cada fruto y a cada rincón del término.
Con los años, sus vidas tomaron caminos distintos, pero nunca dejaron de estar ancladas a las mismas raíces. Uno orientó su vida hacia la albañilería, oficio duro y noble que levanta muros y abre ventanas al futuro. Entre cal, arena, cemento y ladrillos, el chinato siguió vivo al nombrar los útiles y las faenas: la llana, el bocel, la talocha, la plomá, el cuezo, la andamiá… Cada palabra pronunciada en la obra era una continuidad del habla aprendida de niño, un puente entre la tradición y el trabajo cotidiano. Construyó casas, reformó corrales, sostuvo paredes antiguas; y en cada construcción latía también la memoria lingüística del pueblo.
El otro eligió el camino de la docencia. Maestro de escuela, dedicó su vida anseñal a leel y ajcribil, pero tamién a trajmitil rejpeto pol la curtura propia. En lajaulaj, junta loj libroj y cuadelnoj, redonaba machaconamente eleco delabla del pueblo, no como opocidión a la nolma, sino como raíj de la gente. Supo que educar era también dignificar el origen, explicar que la lengua del hogar y de la calle forma parte de la historia común. Así, mientras enseñaba gramática y números, mantenía vivo el vínculo con la palabra heredada, integrándola con naturalidad en la memoria de sus alumnos.

Hoy, con más de 70 años, vuelven a encontrarse bajo la misma jiguera que los vio crecer. Sus trayectorias fueron distintas, una levantando muros, otra formando generaciones, pero ambas estuvieron sostenidas por el mismo suelo y la misma lengua. Porque en el fondo, tanto el albañil como el maestro han construido, uno con piedra y argamasa, otro con palabras y conocimiento. Y en ambos casos, el pueblo y sus raíces han sido el cimiento profundo que nunca se ha quebrado.
En sus manos no solo hay jigos mauroj; hay memoria. Cada fruto recoge la cultura de la naturaleza, saber cuándo está en su punto, distinguir la variedad, agradecer la cosecha. Y junto a ese saber, la lengua. Porque el habla chinata no fue una asignatura, sino el aire que respiraban mientras trabajaban, jugaban o ayudaban en casa. Con ella nombraron los aperos, los animales, los frutos de temporada; con ella aprendieron a entender el mundo.
La jiguera simboliza esa alianza entre naturaleza y palabra. Así como el árbol hunde sus raíces en la tierra para dar fruto cada año, la lengua hunde las suyas en la experiencia colectiva para seguir viva. Amistad, campo y habla forman un mismo tejido, una manera de estar en la vida que no se improvisa, que se hereda y se cultiva.
Ellos representan esa fidelidad a lo aprendido sin alarde, esa coherencia que une pasado y presente. Y bajo esa sombra generosa, mientras las manos buscan el fruto entre las hojas, el habla de los chinatos sigue respirando, discreto y firme, como una savia antigua que aún recorre el corazón del pueblo.
Juan José Carlos Martín, Celestino García García y Carlos Canelo Barrado
Socios fundadores de la Asociación Cultural de Amigos del Habla Chinata