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“Buenos días, doctor”. Ana Julia Martínez

"Buenos días, doctor". Ana Julia Martínez
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– Buenos días, doctor, estoy tomando una infusión a base de plantas para el dolor de cabeza, además de las pastillas que usted me dio hace tiempo, pero lo que ocurre es que no veo resultados; por eso me estoy ayudando con las infusiones.

– Mire usted, tiene que tomar las pastillas que yo le dé; lo ‘otro’ es como si tomara ‘agua bendita’. ¿De acuerdo?

 

– Buenos días, doctor, he visto una revista donde explicaba un sistema natural y revolucionario para curar la artrosis. Tengo información en casa, ¿quiere que se la enseñe?

– De acuerdo, lo miraremos, pero no me voy a creer nada, tratándose de un sistema tan ‘natural’ no va a ser cierto.

 

– Buenos días doctor, me duelen las rodillas, duermo mal y a veces tengo acidez de estómago. ¿Qué me dice?

– Nada hombre, ¿qué va ser? La edad, hombre, que ya tiene usted muchos años y esas cosas pasan.

– Pero es que las rodillas me duelen cuando subo las escaleras o las bajo, nada más.

– Pues lo que tiene usted que hacer es andar por lo llano, hombre, así de simple se soluciona ese problema.

 

– Mire, usted es mi paciente y mi obligación es velar por su salud, y está muy claro que ahora mismo está haciendo todo lo contrario de lo que le dije; le di una dieta para el colesterol y la tensión y no la está siguiendo ni toma la medicación que le receté. Así, es imposible que usted empiece a sentirse mejor.

– Lo que pasa es que usted no es un médico de personas, es un veterinario, un médico de animales, y yo no soy un animal; no mejoro porque usted no sabe lo que se trae entre manos. Y ahora lo que quiero es una baja porque no me encuentro bien y así no puedo ir a trabajar.

– Mire, todas las pruebas que se le han hecho han salido bien; si hace lo que yo le digo le bajará el colesterol y la tensión, pero solo por eso no puedo darle una baja, porque es mi responsabilidad, usted está bien en estos momentos.

– ¡Corrijo lo que le acabo de decir! ¡Usted no es un veterinario, es un fontanero y le voy a denunciar! Tendrá noticias mías y le aseguro que no van a ser buenas.

 

– Vengo de firmar un certificado de defunción. Ya tenía 99 años. Increíble, la familia llorando por el abuelo, pero ¿cómo pueden llorar a una persona de esa edad?

 

– Me decía la hija que le pidiera un antígeno prostático al padre porque no se lo habían hecho nunca y ya tiene 95 años. Y yo le dije: “mire, aquí el médico soy yo y por tanto quien decide lo que hay que pedir y lo que no. Usted no me puede sugerir que le pida un PSA a su padre porque yo no lo estimo oportuno. La próstata la tendrá hipertrófica, como corresponde a su edad, y nada más; cuando lo crea conveniente se lo pediré, pero no lo voy a considerar conveniente porque la edad es la edad”.

 

– Me pidió un paciente de 22 años hacerse un chequeo completo y yo le pregunté qué le ocurría; me dijo que nada, que simplemente era para saber cómo estaba su salud. Yo le contesté que no era necesario, que a los 22 años no se ‘tiene’ ¡nada!, que la salud a esa edad está a prueba de bombas. Estaría bueno que ahora ir al médico fuera como ir al restaurante: “menú a la carta”, ellos pidiendo una analítica y nosotros diciendo: “Ahí va, una completa, como las hamburguesas”.

 

Entre el edadismo, el clasismo, la incredulidad y la falta de comunicación activa y positiva anda el juego. Si cada uno, tanto de un lado como de otro, aportara un granito de arena al encuentro médico-paciente, todo resultaría más fácil.

Lo que sí es una verdad como un templo es que hay un colectivo de profesionales como la copa de un pino que, contra viento y marea, lucha en pos de beneficiar a todo aquel que requiere sus servicios y más allá de eso, se vuelca por quien lo necesite, esté donde esté, más allá del ámbito nacional. Como Médicos sin Fronteras, muchos profesionales que colaboran con oenegés, y otros que, incluso sin tener obligación de hacerlo, se preocupan de sus pacientes y los visitan en su domicilio cuando creen que deben hacerlo para comprobar su evolución, aunque no se lo hayan pedido en ese momento. Yo he conocido algunos así, abnegados, preocupados por la salud de sus semejantes, de sus pacientes, empleando los mejores métodos de curación y atención personal, escucha activa y comprensión.

Es una lanza a favor del profesional, y como esta lanza habría que brindarles muchas más, ya que en su labor existe un alto nivel de riesgo y quebrantos. Forzosamente se ven obligados a inmunizarse contra todo lo que puedan ver; en caso contrario no serían capaces de soportar infinidad de penalidades que les toca ver día a día. Sería insostenible que la sensibilidad que todos, en mayor o menor medida, llevamos dentro, aflorara cada vez que tienen que atender una urgencia, un herido, un enfermo terminal o comprobar una defunción y posteriormente firmarla en medio de preguntas, aflicción y llantos. Ellos no se pueden sumar a todo, tiene que permanecer impertérritos ante todo lo que vean y, sobre todo, no irse con los problemas a su casa y que afecten a su vida y a sus relaciones. Eso está claro que tiene que ser así.

Y el ciudadano de a pie, por su parte, debe darse cuenta de que también debe poner de su parte y tratar de comprender que no todos los días son iguales para nadie, que el tiempo apremia, que hablando se entiende la gente y que, sobre todo, los seres humanos globalmente tenemos algo en común: apostamos por el trato humano y solidario. Porque somos humanos.

 

– ¿Qué es esto, papá? – pregunta la hija a su padre, con expresión de asombro. – ¿Son tus memorias?

– No, hija, son cosas que me han ido contando y yo siempre he querido cambiar el mundo pero no he podido [risas]

– ¿Y cómo pensabas cambiar el mundo?

– Tú sabes que soy, he sido, periodista, hija.

– Sí, papá, lo sé aunque no te jubilaste siéndolo.

– No, no me jubilé como periodista porque no pude terminar la carrera debido a la precariedad económica, pero tuve amistades que me ayudaron a hacer cosas dentro de la carrera de mis sueños y gané algún dinero, pero no pude seguir por ese camino porque la vida pone cosas en tu camino y las quita, no sabemos si para bien o para mal, pero es así. Como eso que acabas de leer, tengo (moviendo la mano derecha) infinidad de cosas escritas. He sido un defensor de causas perdidas, una especie de ‘Quijote’, hasta que me di cuenta que el mundo ha sido, es y será…

– Vamos, que no tiene remedio ¿no es así?

El padre asiente con la cabeza. – Ni más ni menos, pero que, a pesar de todo, merece la pena.

– ¿Qué te aportó esa etapa de tu vida?

– Pues gracias a ella conocí a tu madre, que me ha dado lo mejor de mi vida.

– ¿Cómo conociste a mi madre?

– Lla conocí porque, precisamente, parte de lo que estás leyendo correspondía a un artículo que yo envié a un periódico local y tu madre trabajaba como limpiadora en las oficinas de ese periódico.

– ¿Qué me estás contando? – pregunta la hija asombrada

– Pues sí, lo que oyes. Ese artículo ni lo publicaron ni me respondieron, pero como llevaba mis datos, cuando fue a parar a la basura, a la papelera, lo vio tu madre y lo leyó.

– ¡Me estás dejando estupefacta! ¿Y qué hizo?

– Me llamó, quedé con ella, me dijo que ese artículo lo había recogido de la papelera y que era muy injusto.

– ¿Qué pasó después?

– Pues que nos casamos cinco meses más tarde y, justo 11 meses más tarde, naciste tú.

Padre e hija se echan a llorar y se abrazan.

– Tienes que seguir escribiendo papá. ¿Por qué has dejado de hacerlo?

– Porque empezamos otra vida juntos, mi vida tomó otro rumbo, me desmotivé con eso de hacer ‘crónicas’ y luego tu madre se fue y nunca me ha sugerido desde ‘arriba’ que volviera a hacer pinitos como periodista. Ahora ya soy muy mayor y…

– No sabía cómo os habíais conocido. ¡Es increíble!

Los dos no podían dejar de llorar.

– Es que yo evito hablar de ello, hija, me duele demasiado.

– Pues tienes que volver a escribir, papá. Incluso, tal vez conozcas a otra persona con la que rehacer tu vida.

– No. Jamás, ninguna mujer podría sustituir a tu madre en mi corazón. Era única y además no quiero. Estoy tranquilo y feliz con mi pensión, contigo, con el nieto que me has dado y que hace que me sienta un poco niño de nuevo. Con mis paseos, mis charlas con alguno de los amigos que todavía me quedan y con el recuerdo de tu madre. Algún día me vendrá a buscar y me reuniré con ella en otra dimensión.

– No digas eso, papá, por favor.

El padre abre un armario y una carpeta repleta de papeles que hace entrega a su hija. – Aquí tienes, para que te entretengas un rato, cuando quieras.

– ¿Qué es esto?

– Ya lo verás, y ya me dirás.

– ¿Quieres publicar algo de esto?

– No, o sí, no lo sé. Puedes disponer de todo y hacer lo que te parezca, hija.

La hija comenzó a leer con un interés que crecía en cada página. Cuando volvió a mirar a su padre, ya se había dormido.

Reflexión: Todo tiene una compensación, un equilibrio; a veces pensamos que hay partes negativas en nuestra vida que querríamos cambiar, pero con el tiempo nos damos cuenta de que han sucedido por alguna razón.

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