Amalia Avia fue una mujer enormemente cálida, recordada por su refrescante risa y su vitalidad, que escondía, tras sus duros años de infancia y adolescencia, un gran temor al paso del tiempo y a la pérdida de la felicidad.
Pintora española de gran relevancia en el panorama del arte figurativo contemporáneo, su obra se caracteriza por la representación de escenas urbanas impregnadas de una melancolía única, que captura no solo la realidad arquitectónica de la ciudad de Madrid, sino también el paso del tiempo y la memoria que habita en sus calles y edificios.
Esta artista de línea figurativa, muy coherente con sus ideas y forma de pensar, inició su formación artística en Madrid, donde comenzó a desarrollar su estilo propio. Durante los años 50 se incorporó al círculo de artistas de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando; este entorno creativo influyó profundamente en su visión artística, orientándola hacia un realismo impregnado de sensibilidad emocional.
Sus cuadros retratan fachadas de edificios, portales, talleres, escaparates y calles madrileñas que, aunque vacías de figuras humanas, evocan con fuerza la presencia de quienes habitaron esos espacios. Este enfoque le valió el apodo de ‘la pintora de las ausencias’, un título que refleja su capacidad para capturar lo intangible.
Sus obras transmiten la veracidad de la vida cotidiana y están llenas de vitalidad y esperanza. Para Amalia Avia la soledad es bella, no triste ni melancólica sino testimonial, como testigo directo de unos tiempos difíciles.
Las creaciones de Amalia Avia retienen el tiempo de un Madrid ya desaparecido, en el que apenas aparecen personas pero en el que se aprecia la huella del ser humano: tiendas tradicionales, rótulos envejecidos y puertas con cerraduras oxidadas, y escenas del metro, de la Puerta del Sol y de otras calles emblemáticas de la capital. Imágenes veladas por el paso del tiempo que despiertan nostalgia en el espectador. En esos interiores, aunque no se ven las caras de sus moradores, se percibe la huella de esas vidas anónimas, y sentimos, en esa soledad sonora, el latido de las gentes que disfrutaron de esos objetos cotidianos.
La gran afición que la pintora toledana sintió por la fotografía terminó siendo un valioso instrumento de trabajo; era el paso previo a la idea que finalmente se materializaba en el cuadro. De ahí que se deba destacar que en Amalia Avia la pintura y la fotografía se entrelazaban en traducciones sentimentales que se alejan de una concepción fría. En ella hay un ineludible componente emocional: “pinto lo que no puedo fotografiar”.
Amalia Avia enterró en cada lienzo el presente antes de que desapareciera para hacerlo inmortal. La ciudad de Amalia Avia no ha vuelto a abrir desde entonces.
