Cuando hablamos del chinato no hablamos solo de una forma de hablar antigua ni de un dialecto desaparecido. Hablamos, sobre todo, de la relación que una comunidad mantiene con su memoria lingüística y de cómo esa memoria puede seguir viva incluso cuando la lengua ya no se usa en la calle.
En Malpartida no se ha intentado reconstruir artificialmente el chinato, ni fingir que sigue hablándose, ni inventar un dialecto nuevo. No se ha hecho eso. Lo que se ha hecho y lo que se pretende es algo mucho más honesto y mucho más valioso, transformar la pérdida en conciencia.
Se ha conservado el léxico, la fonética, los textos, la memoria oral de los mayores. Se ha escrito, se ha documentado y se ha compartido. Y, sobre todo, se ha producido un cambio profundo en la mirada, lo que antes fue motivo de vergüenza hoy es motivo de orgullo.
Ese orgullo lingüístico no consiste en enseñar a hablar como antes, sino en reconocer el valor cultural, emocional e identitario de esa forma de hablar. En entender que el chinato forma parte de la historia íntima del pueblo, de su manera de estar en el mundo, de nombrar las cosas y de relacionarse.
Hoy el chinato vive como símbolo de dignidad lingüística, de resistencia cultural y de pertenencia. Y esto encaja perfectamente con las corrientes actuales de la etnolingüística y del patrimonio cultural inmaterial, que defienden que no todas las lenguas necesitan ser revitalizadas en el uso, pero sí todas merecen ser respetadas, conservadas y dignificadas.
En ese sentido, el chinato es un ejemplo modélico de lo que podríamos llamar memoria lingüística activa, una lengua que ya apenas se habla, pero que sigue diciendo quiénes somos. Porque mientras una comunidad conozca su habla, la nombre con orgullo y la reconozca como propia, esa lengua no desaparece del todo.
Quizá esa sea nuestra forma de honrar lo chinato, hacer del orgullo lingüístico no un ejercicio de nostalgia, sino un compromiso de dignidad en el presente.
La memoria y la identidad del chinato no solo perviven en las palabras recogidas en un glosario o en el recuerdo de los mayores, sino también en el propio paisaje. Elementos como los pozos, las pilas, los abrevaderos o los muros de piedra y las calles empedradas, constituyen huellas visibles del tiempo que activan una memoria lingüística latente. Cada uno de esos espacios estuvo ligado a usos, expresiones y formas de hablar concretas. Al evocarlos, no solo recordamos prácticas cotidianas, sino también el léxico, la entonación y las maneras de nombrar el mundo. Así, el paisaje se convierte en archivo cultural y en soporte simbólico que refuerza el orgullo chinato, al recordarnos que la lengua fue, y sigue siendo, una forma de habitar y comprender nuestro territorio.
Por ejemplo, las viejas pilas y pozos del pueblo no son simples piezas de piedra. Son la huella visible de siglos de aprovechamiento responsable del agua, un bien escaso y sagrado en la cultura rural extremeña. Talladas en granito, resistentes al paso del tiempo, estas estructuras han sido auténticos centros de vida comunitaria.
En torno a ellas se organizaba buena parte de la actividad cotidiana. De sus pilones bebían las caballerías y el ganado, imprescindibles en las faenas agrícolas. Allí se llenaban cántaros para el consumo doméstico y se acarreaba el agua hasta las casas cuando aún no existía abastecimiento corriente.
Las grandes pilas cumplían también funciones agrícolas, servían para abrevar los animales, limpiar aperos o abastecer pequeños huertos familiares. En muchos casos, el agua sobrante discurría hacia regueras que fertilizaban los cercados próximos. Nada se desperdiciaba.
Pero, además de su utilidad práctica, estos espacios tenían un fuerte componente social. Junto al pozo, a la fuente o al caño, se intercambiaban noticias, se comentaban cosechas y se tejía la red invisible de la comunidad. Eran lugares de encuentro, especialmente para las mujeres cuando acudían a lavar la ropa en pilas mayores o en corrientes cercanas.
Estas construcciones, sobrias y funcionales, forman parte del patrimonio etnográfico local. Son la arquitectura humilde del agua. Representan una cultura del agua basada en el esfuerzo, el ingenio y el respeto por los recursos naturales. Hoy, cuando el abastecimiento moderno ha relegado su función original, siguen siendo testigos silenciosos de una forma de vida que supo valorar cada gota.
Conservarlas y reconocer su significado no es solo proteger piedra antigua; es preservar la memoria de un pueblo que construyó su historia alrededor del agua.
Laj mozaj del pueblo y laj muchachinaj volanderaj con el botijo a la caeda jadiendo quilibrio, mu bien ataviaj toaj ellaj, a la puejta del sol, ze runian entolno a loj cañoj pa acarreal agua pa cada. Loj muchachoj laj vian pazal con tol jerrequetreo y lajechaban el ojo pa il viendo a vel zi acentaban la caeda ajunto arguna dellaj. En muchaj cadaj se enllenaba de agua una tinaja de barro cocío y en ella ze jenchía con un puchero pa bebel, pa aliñal el cardero y jata palaval el remúo bien refregao con un cacho jabon cadero. Entre ze enllenaban loj botijo laj muchachaj palrraban de lo zuyo, loj achaquej de loj agüeloj y loj pairej, lo güenoj y trabajaorej queran loj novioj y a vedej queaban pa il a jadel unoj tururilloj o unoj gorroj al jolno.