La historia puede entenderse, en su sentido clásico de ‘res gestae’, como el estudio del proceso de transformación de las sociedades humanas a lo largo del tiempo. No se limita a una mera acumulación de acontecimientos pasados, sino que analiza los cambios estructurales que afectan a los grupos humanos en sus formas de organización, relación y actividad.
El objetivo del historiador no es registrar todo lo ocurrido (tarea imposible), sino interpretar de manera racional y fundamentada los hechos que resultan significativos para comprender dicho proceso evolutivo.
Para ello, la investigación histórica se apoya necesariamente en pruebas documentales, entendidas como vestigios materiales del pasado. Sin criterios de selección y evaluación de esas pruebas, la escritura de la historia se convertiría en una empresa caótica e inútil, incapaz de distinguir entre lo relevante y lo accesorio. La labor del historiador exige, por tanto, discriminar entre una masa inmensa de testimonios disponibles, identificando cuáles son pertinentes y fiables para sustentar una explicación histórica coherente.
Con el fin de orientar este trabajo, los historiadores adoptan marcos metodológicos que funcionan como principios reguladores de la investigación. Estos modelos permiten analizar la sociedad como una realidad compleja compuesta por diversas esferas de actividad humana (política, económica, social y cultural) que, aunque diferenciables analíticamente, se encuentran interrelacionadas y se influyen mutuamente. Contemporáneamente se subraya la necesidad de comprender la historia desde una perspectiva estructural y multidimensional.
La concepción de la historia se alinea hoy con la tradición crítica y racionalista de la historiografía moderna, surgida a partir de la Ilustración. Frente a visiones míticas, providencialistas o meramente narrativas del pasado, se defiende una historia fundamentada en la verificación de las fuentes, la selección consciente de los hechos y la construcción de explicaciones coherentes.
Esta postura subraya que la historia no es una reproducción literal del pasado, sino una interpretación razonada, necesariamente selectiva, pero sometida a criterios científicos.
Desde un punto de vista crítico, la historia tiene una importante función social y cívica. Al exigir pruebas, contextualización y rechazo del anacronismo, la historia académica se convierte en una herramienta para desactivar los usos ideológicos del pasado.
Como han señalado autores como Noam Chomsky, el poder tiende a construir relatos históricos simplificados o manipulados para legitimar decisiones políticas presentes. Sin que importe, para nada, la verdad, la verdad con mayúsculas. La metodología histórica rigurosa actúa, así, como un mecanismo de resistencia frente a la propaganda y la instrumentalización de la memoria colectiva. La instrumentalización de la historia es hacer caer en un nihilismo identitario a la sociedad. Cuanto más enajenado y alienado esté el individuo desde el poder podrá ser más fácilmente manipulable. Es vergonzoso ver en televisión cómo algunos divulgadores se adhieren totalmente al régimen y son capaces de decir incluso lo que anteriormente pensaron que no podrían llegar a decir nunca. El apoyo del poder hace poderosos y débiles a los que van a contrapelo de esa ‘realidad’ inventada para que cuadren sus objetivos políticos, aunque sea con calzador.
Hay una tensión permanente, pues si bien la historia aspira a producir conocimiento racional y verificable, nunca puede desprenderse por completo de los marcos interpretativos desde los que el historiador selecciona y explica los hechos. Reconocer esta limitación no invalida el carácter científico de la disciplina, sino que refuerza su honestidad intelectual. La clave reside en hacer explícitos los criterios utilizados y someter las interpretaciones al debate crítico pero honesto; y a la contrastación con nuevas evidencias.
Es preciso entender la verdadera historia, no como un relato cerrado del pasado, sino como una práctica crítica en permanente revisión, indispensable para la comprensión del presente y para la formación de una ciudadanía capaz de cuestionar los discursos de poder.