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‘Las hijas de Pelichtim’, de Paul Sérusier. Grada 168. Inmaculada González

‘Las hijas de Pelichtim’, de Paul Sérusier. Grada 168. Inmaculada González
Foto: Cedida
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Paul Sérusier nació en una familia próspera de clase media. De joven se graduó en Filosofía y Ciencias y posteriormente se matriculó en la Academie Julian, en París.

Durante el periodo de aprendizaje visitó Pont-Aven, pueblo de la Bretaña francesa donde Gauguin se había retirado en busca de ese arte primitivo lejos de la civilización.

Allí conoció, de la mano del maestro, nuevas ideas sobre la pintura. En una de sus salidas pictóricas Gauguin dio instrucciones a su pupilo: “Cómo ve usted ese árbol? ¿Es verde? Pues ponga verde, el verde más bello de su paleta. Y esa sombra, ¿más bien azul? No tema pintarla tan azul como sea posible”.

Aquella enseñanza campestre fue la chispa que hizo brotar en Sérusier la llama de su nueva concepción del arte, un pequeño dibujo sobre una cajetilla de cigarrillos que mostró de regreso a París a sus compañeros de la academia, que la vieron como una ‘revelación’.

Sérusier, gran erudito, filósofo y teólogo, se reveló como el gurú de aquel grupo de jóvenes que se autoproclamaron los Nabis (‘profetas’ en hebreo), un grupo francés de pintores postimpresionistas influidos por el uso de Gauguin del color en pintura.

Se caracterizaron por su tratamiento semiabstracto y sus ricos colores puros de púrpura, bermellón y verde veronés. Exploraron las relaciones de color y la proporcionalidad gracias al padre Didier Lenz, quien les enseñó la teoría de las ‘santas medidas’ basada en la proporción áurea.

Como si de una hermandad mística se tratase adoptaron la parafernalia de una sociedad secreta; se ponían trajes orientales, se escribían cartas en un lenguaje arcaico y se bautizaron con apodos apropiados.

Fue en Bretaña donde Sérusier sintetizó hermosos paisajes, construyó sólidas naturalezas muertas, pintó a campesinas que eran al mismo tiempo hadas. Eligió una alegoría, rechazó lo griego al hallarse en un país celta, imaginó a las hadas, adoptó para sus figuras el atuendo bretón. Ilustró los cuentos de hadas y de sirenas bretonas sacados del folklore local.

Los ojos de Sérusier se extendían por los campos cuadrados cerrados con setos. Contemplaba a las jóvenes segando, guiando a las cabras o tejiendo. Veía a ancianas recogiendo el helecho o las ramas muertas.

Poco a poco, las figuras se volvían cada vez más abstractas; el pintor nos mostraba a las mujeres con amplios vestidos bordeados de terciopelo, rectas, tranquilas, solemnes. Figuras fuera de su tiempo, a modo de personajes míticos unidos por la naturaleza y los sueños. Niñas que corren tras las mariposas; otras tejiendo coronas de rosas. La mayoría hacen girar la rueca. Algunas leen un libro y otras finalmente escuchan…

Sérusier se hizo eco de la necesidad de regresar a los antiguos maestros egipcios, griegos, italianos, chinos de ciertas épocas, y también a los artesanos que esculpieron los pórticos de las catedrales. Aunque admiraba sus técnicas comprendió que el arte era, sobre todo, la expresión del alma del artista.

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