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Luis Landero convierte Alburquerque en un espacio para reivindicar la palabra y la calma

Luis Landero convierte Alburquerque en un espacio para reivindicar la palabra y la calma
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El Castillo de Alburquerque ha acogido la presentación de ‘Coloquio de invierno’, la nueva novela del escritor Luis Landero, en una cita que comenzó con el formato habitual de lanzamiento literario para acabar convirtiéndose en una conversación sobre la escucha, el tiempo lento y el valor de la cultura compartida.

El acto, celebrado en el Centro de Interpretación del Medievo, tuvo además un marcado tono simbólico, porque el autor quiso dar a conocer el libro en su localidad natal y al margen de cualquier lógica comercial; de hecho, no había ejemplares del libro para su adquisición, con esa intención de situar la literatura fuera de la compraventa inmediata y más cerca de la experiencia común, de la charla reposada y del intercambio de ideas. En un momento en que casi todo parece medirse por su rendimiento, Luis Landero apostó por un encuentro sin prisa, con la palabra en el centro y sin distracciones añadidas. Y el lugar elegido no fue un mero decorado, porque los muros del castillo, cargados de historia, sirvieron de marco para una defensa de aquello que hoy resulta más frágil, la conversación serena, la memoria y la atención.

La periodista Isabel Gemio condujo el acto en un tono cercano, atravesado por recuerdos y afinidades nacidas en un mismo pueblo, y esa complicidad dio al diálogo una naturalidad poco frecuente en este tipo de presentaciones. Más que una entrevista al uso, lo que se vio fue una charla viva en la que el libro actuó como punto de partida para hablar del presente, de la manera en que vivimos y de lo que estamos perdiendo cuando todo se acelera. Según explicó el propio escritor, la idea de la novela nace de una costumbre antigua y elemental: escuchar contar historias, como él hacía de niño en los corros de la calle, cuando oía hablar a los mayores.

Ese origen enlaza de lleno con el argumento del libro, publicado por Tusquets Editores, en el que varios personajes quedan aislados por un temporal y, sin cobertura ni conexiones, llenan la espera compartiendo relatos, confesiones y vivencias. La obra arranca con siete personas atrapadas en un hotel rural durante la tormenta Filomena, y de ese encierro brota una cadena de sobremesas en las que la narración sirve para conocerse, debatir y entender mejor la vida de los otros. No cuesta ver ahí una de las obsesiones literarias de Luis Landero: la certeza de que la experiencia no termina de adquirir sentido hasta que alguien la convierte en relato.

Durante la presentación volvió a aparecer otra de sus ideas centrales, la necesidad de frenar. Frente a la rapidez con que hoy se consume la información y se encadenan estímulos, el escritor defendió que la literatura obliga a detenerse, a escuchar y a pensar, mientras el móvil nos arrastra hacia la dispersión. No planteó esa defensa de la lentitud como una añoranza del pasado, sino como una forma de preservar la capacidad de comprender el mundo. También insistió, fiel a toda su trayectoria, en la fuerza literaria de lo cotidiano, en esa materia humilde de la que suelen estar hechas las historias más perdurables.

El regreso de Landero a Alburquerque tenía, además, un alcance que iba más allá del libro. Nacido en esta localidad pacense en 1948, el escritor recibió el Premio Nacional de las Letras en 2022 y está considerado uno de los nombres esenciales de la narrativa española contemporánea. Que una figura de ese peso eligiera su pueblo para presentar la novela dio al acto una dimensión de regreso consciente, de vínculo no roto con el lugar del que parte una imaginación literaria alimentada por la oralidad, la memoria y la vida común.

La jornada también sirvió para subrayar la ambición cultural del enclave. El acto se enmarcó en la actividad de la Asociación Amigos del Castillo de Alburquerque, impulsada para convertir este espacio patrimonial en una referencia cultural de la localidad, una línea de trabajo que ya había sido presentada públicamente meses atrás. Con el patrocinio de Caja Rural de Extremadura, la cita dejó la impresión de que, al menos por unas horas, la cultura podía recuperar una forma menos ruidosa y más humana de estar entre la gente.

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