Marcelino Núñez Corchero, nacido en Mérida en 1962, es físico y meteorólogo, y desde hace más de una década dirige la Delegación Territorial de la Agencia Estatal de Meteorología en Extremadura.
Es una de las personas que mejor conocen el clima de nuestra región; ha dirigido estudios sobre radiación solar, sequías y cambio climático en Extremadura, y cada balance de estación que presenta marca el pulso de agricultores, ganaderos y responsables públicos.
Ha sido profesor en la Universidad de Extremadura y coordinador de talleres de divulgación como MeteoEscuela o la Noche de los Investigadores, y está acostumbrado a explicar mapas, olas de calor e incendios forestales a alumnos y público en general. En tiempos de veranos más largos, récords de lluvias y tormentas cada vez más violentas, su trabajo consiste en algo tan simple, y tan difícil, como traducir datos en decisiones, y hacerlo sin perder ni el rigor ni la calma.

¿Cómo recuerda su infancia en Mérida y su primer interés por la ciencia?
Mi infancia fue feliz y muy de estar todo el día en la calle con amigos, juegos, etc. De esa época, relacionado con la ciencia solo recuerdo que ya desde pequeño muchos de mis profesores me animaban a estudiar Matemáticas o ingenierías.
¿Qué le llevó a estudiar Física en la Universidad de Extremadura?
Mis primeros contactos con profesionales científico-técnicos fueron con ingenieros de varias empresas, y me atraía su capacidad de síntesis y de planificación de tareas. Más tarde, con los profesores de Bachillerato empecé a enamorarme de la Física, como ciencia que lo intenta explicar todo, como ciencia muy cercana a la filosofía y al porqué de las cosas. Me di cuenta de que, aunque las ciencias aplicadas me atraían por su capacidad de resolver problemas prácticos, lo que más me interesaba era conocer por qué existían algunas leyes físicas o reglas matemáticas, pero también ingenieriles o biológicas, o del universo. En esa época me plantee estudiar ciencias puras, Matemáticas o Física, decantándome por la Física finalmente.
¿En la universidad ya tenía interés por la meteorología como salida profesional?
Estudié una licenciatura, así que durante los tres primeros años solo me preocupaba superar los exámenes y pasar al siguiente curso; esto de ‘la salida profesional’ apareció en los dos últimos años, cuando entré en contacto con el cálculo numérico y con la meteorología. Estas dos asignaturas fueron las que despertaron mi curiosidad por el tema; y los profesores que las impartían, sobre todo Agustín García, catedrático de Física del Aire, fueron los que marcaron mi futuro profesional. De hecho, Agustín fue quien me animó a opositar al entonces INM (hoy Aemet) y años más tarde fue mi compañero durante los 11 años que ejercí como profesor del Departamento de Física de la Universidad de Extremadura, dando clases de Métodos numéricos, corazón del desarrollo de los modelos numéricos totalmente vinculados a la Meteorología.
¿Cómo surgió la posibilidad de trabajar para la Agencia Estatal de Meteorología y, más adelante, su responsabilidad a nivel regional?
Al terminar la carrera me animé a opositar en Meteorología gracias a mi compañero Manuel Lara. En aquellos tiempos los físicos no tenían muchas salidas profesionales; las más comunes eran la enseñanza media y la universidad, y la opción de la Meteorología nos pareció muy interesante. Así que opositamos, ganamos varias plazas y transitamos por la Base Aérea de Badajoz-Talavera, el aeropuerto de Málaga, el Grupo de Predicción y Vigilancia de Málaga, y finalmente de nuevo en Extremadura como meteorólogos en 1992. La responsabilidad regional llegó en 2012, después de 20 años estudiando y conociendo el clima y los fenómenos adversos en Extremadura.

Involucrado en programas educativos como ‘MeteoEscuela’ ¿suele encontrarse oyentes interesados en entender los fenómenos meteorológicos?
La divulgación y la educación en Meteorología siempre han ocupado un lugar especial en mi agenda. Son para mí un placer y una obligación moral. Creo que todos los científicos estamos obligados a luchar contra el negacionismo, en general de la ciencia y en particular contra el medioambiente.
Paradójicamente, cuando nos enfrentamos a la peor crisis medioambiental de la historia de la humanidad, que es la que está provocando el cambio climático, es cuando más está creciendo el negacionismo científico en general y medioambiental en particular; y esto es muy muy peligroso. No es tan relevante que niños y niñas sepan lo que es una nube o una isobara, sino que entiendan que la vida se sustenta en un ligerísimo equilibrio, que todo está relacionado en el planeta. El plomo de las gasolinas de los años 90 se halló en el hielo de la Antártida, donde no había coches, y esto hizo que se prohibiera su uso, pues la atmósfera era un canal global para este contaminante; algo muy parecido paso con el ozono industrial; y está pasando con los plásticos, que utilizan los ríos y los océanos para llegar a cualquier punto o ser vivo del planeta.
Estamos descubriendo que divulgar meteorología, ciencia y medioambiente apasiona a profesores, padres y alumnos, y es un vehículo que conecta con mucha fuerza al estudiantado con la ciencia y con el medioambiente.
Yo estoy convencido de que se va a revertir esta crisis climática, cada día vemos más sensibilidad y entusiasmo en todos los eventos en los que participamos (visitas a nuestras instalaciones, ferias y proyectos como MeteoEscuela o La Noche de los investigadores, etc.) y se nota que gran parte de chicos y chicas a quienes explicamos las cuestiones climáticas y meteorológicas muestra interés por esta ciencia; y con razón, pues la meteorología es una ciencia/profesión muy atractiva y divertida. Cuando elegí este destino profesional se acabaron para mí los ‘días de trabajo’ y pasaron a ser días de satisfacción, entretenimiento, retos y diversión.
Acabamos de sufrir un periodo de intensas lluvias y, de nuevo, el tiempo atmosférico y el clima han sido el tema central de conversación. ¿Cómo valora el papel de la meteorología para la sociedad extremeña en estas situaciones?
Extremadura no se caracteriza por tener un tiempo muy adverso; los inviernos son suaves debido a la influencia atlántica y en los otoños suele llover de modo suave y general, no muy intensamente. Es en verano cuando sufrimos el tiempo más severo; el largo estío, que ya ocupa casi cuatro meses, las olas de calor, y sobre todo los incendios forestales asociados a estas olas de calor son los fenómenos más severos.
Lo que estamos viendo en los últimos años, y estos son datos contrastados, es que el verano se está alargando, y que las olas de calor son cada vez más largas e intensas. El papel de la meteorología, la educación meteorológica y medioambiental para entenderla, y un servicio comprometido y de calidad, como creo que ofrece Aemet, son fundamentales para Extremadura, que es una región que vive de la agricultura, la ganadería y el turismo rural, sin menosprecio de otros sectores.
Tras los devastadores incendios del verano pasado ¿qué hemos aprendido y qué no nos estamos tomando todavía en serio?
Casi cada verano, o al menos cada cierto tiempo, los incendios nos ‘imparten’ un máster a los meteorólogos y a los servicios de prevención y extinción de incendios y de protección civil. Cada año aprendemos algo nuevo de su comportamiento y sus causas, pero esta lucha es muy difícil de ganar. Sus causas profundas (el abandono del territorio rural y del bosque, que cada año acumula más masa forestal y por tanto más combustible; y la falta de infraestructuras forestales, que son muy costosas) son muy difícil de revertir. Hay que concienciarse de que debemos vivir con estos grandes incendios para mitigar su daño.
Estoy convencido de que la sociedad española se toma este problema en serio; solo nos queda avanzar en prevención, como se está haciendo, y seguir perfeccionando protocolos y planes de protección y extinción, que ya son muy buenos en España, para mitigar los efectos de los grandes incendios forestales.
En nuestro país hay un nivel profesional muy alto en protección civil y extinción de incendios; y, también tengo que decirlo, en la meteorología, que apoya estas labores; la Delegación Territorial de Aemet en Extremadura participa muy activamente en estas tareas, es su principal especialización.
¿Pesa más la responsabilidad de vigilar el cielo cuando se sabe que bajo esas nubes están la familia y los amigos y vecinos?
El compromiso de todo el personal de Aemet con su profesión es muy alto, quien nos conoce de cerca sabe que es un organismo muy vocacional. Además, en mi caso, que es también el de muchos de mis compañeros delegados territoriales de Aemet y de la gran mayoría del personal, el compromiso con el territorio es máximo, no solo por nuestra familia y amigos, sino porque hay una gran conexión con la comunidad a la que servimos, en mi caso prácticamente toda mi vida profesional.
Imaginamos la evolución en la predicción meteorológica con el paso de los años. ¿Qué herramienta tecnológica le ha sorprendido más por su capacidad de precisión?
Por un lado, los modelos numéricos cada vez avanzan más y son más precisos y completos, ofreciendo una seguridad y un porcentaje de acierto impensable años atrás; y aún nos queda por ver el gran salto que darán cuando maduren con técnicas de inteligencia artificial y machine learning.
En cuanto a la observación, en Aemet la revolución ha llegado con la renovación de nuestra red de radares, que ahora es de polarización dual y está dotada de la más moderna tecnología.
Por otro lado, la tercera generación de satélites Meteosat va a poner a Europa a la cabeza de la observación meteorológica en el mundo, muy por delante de otros grandes servicios meteorológicos. La resolución espacial de estos satélites está llegando ya al kilómetro, con una resolución temporal de unos 10 minutos. Además, la resolución espectral es totalmente revolucionaria, y los nuevos satélites contarán con miles de canales de observación frente a las decenas de hace unos años o cuando hace décadas solo teníamos tres. Será una gran revolución cuando finalmente estén plenamente operativos en un corto plazo, unos cinco o 10 años.
En ese sentido, a menudo esperamos una certeza absoluta en la predicción, y es difícil entender que la meteorología trabaja con probabilidades.
Hace tiempo que las predicciones dejaron de ser deterministas (que ofrecen con detalle la predicción de un fenómeno previsto) y los modelos son probabilistas, no solo en el medio plazo sino también en el corto plazo. Esta es una de las mayores dificultades a las que se enfrenta la comunicación de la meteorología.
La meteorología actual acompaña la predicción de un fenómeno meteorológico (sobre todos los adversos) con un porcentaje de probabilidad de ocurrencia; cuando el suceso lleva asociado un alto grado de probabilidad (80% o superior) podemos caer en la tentación de darlo por seguro, cuando en realidad no lo es. Siempre existe un porcentaje de que el fenómeno no suceda, y no se puede despreciar. Este error es intrínseco a las ecuaciones meteorológicas y solo irá disminuyendo con el tiempo y para cada escala espacial y temporal de los fenómenos.
Un ejemplo muy ilustrativo es nuestra predicción estacional. Esta predicción nos informa, por ejemplo, de si las precipitaciones en el trimestre siguiente estarán por encima de la media, en el intervalo de la media, o por debajo de la media, y cada uno de esos tres intervalos se acompañan de un porcentaje de probabilidad asociado. Normalmente indicamos que el suceso más probable es aquel al que acompaña una probabilidad mayor: por ejemplo, trimestre húmedo 60%, trimestre normal 20% y trimestre seco 20%. Si en este caso el trimestre finalmente es normal en cuanto a precipitaciones, gran parte de la ciudadanía considera errónea esta predicción estacional, pero yo creo que no hay que considerarla como tal. Simplemente se dio como más probable un suceso que tenía un 60% de ocurrir y un 40% de no ocurrir, y finalmente no ocurrió.

Uno de los sectores más condicionados por el clima es el primario, tan importante en la región. ¿Sienten esa presión añadida en la predicción en épocas de siembra o cosecha?
Sí, pero no solo en las épocas de siembra y cosecha, que podemos asociar con el otoño y el verano; también en la primavera, época muy propicia en Extremadura de tormentas y granizos, la presión sobre la predicción y el diagnóstico de la situación meteorológica aumenta.
Como coautor de la publicación ‘Climatología de Extremadura (1961-1990)’, tras analizar series de datos tan largas, ¿se podría decir que el clima de nuestra región tiene una ‘personalidad’ cambiante?
El clima en Extremadura, y en muchas partes del planeta, tiene una variabilidad natural intrínseca muy alta. A pesar de que nos gusta definir el comportamiento medio del clima de un mes (por ejemplo, anticiclónico en diciembre o en enero, o más lluvioso en octubre y noviembre), suele ocurrir que de un año para otro este comportamiento típico no se cumple, y esto es debido a que el clima es intrínsecamente muy cambiante. Esta variabilidad natural está forzada actualmente por el cambio climático que estamos generando los humanos con las emisiones de CO2; las altas temperaturas medias que se están alcanzando en el planeta, cada año más elevadas, hacen que la variabilidad climática sea más alta y que los fenómenos meteorológicos adversos asociados sean cada vez más intensos y más frecuentes. Esto es un hecho contrastado con datos fidedignos.
De hecho, en alguna ocasión ha señalado que el mes de mayo en Extremadura se parece cada vez más al verano. ¿Definen estas tendencias sutiles un cambio en nuestro patrón atmosférico?
Efectivamente, se ha comprobado en Aemet que el verano en España se ha alargado una media de hasta 20 días desde 1975 debido al cambio climático. Las condiciones veraniegas en cuanto a la temperatura se inician antes y se prolongan más hacia el otoño. Este fenómeno implica veranos más sofocantes y persistentes, como el de 2025, el más cálido registrado.
¿Cómo se defiende el rigor científico ante titulares llamativos, e incluso asustadizos?
Hay que hacer mucho esfuerzo, pero nos lo tomamos como un reto más. Para mantener el rigor y no alarmar, las herramientas que utilizamos son, por un lado, la transparencia en nuestros métodos y criterios al lanzar avisos y predicciones; y, por otro, un gran rigor técnico en su elaboración, consecuencia de un elevado nivel profesional. La gran mayoría de la sociedad española es inteligente y madura, y comprende perfectamente los fenómenos a los que nos enfrentamos y valora nuestra labor.
¿Qué líneas de investigación o divulgación considera prioritarias en Extremadura?
Nuestras principales actividades están orientadas al análisis y pronóstico de los fenómenos meteorológicos adversos que más afectan a la región, las olas de calor, que provocan cada año demasiadas muertes, sobre todo entre las personas más vulnerables; y nuestros esfuerzos de investigación también se centran en mejorar el apoyo a la lucha contra los incendios forestales, esta ‘plaga’ que asola cada verano a Extremadura, pero también a todos los países del Mediterráneo.
¿Nos puede contar algún nuevo proyecto en el que esté involucrada la Agencia a nivel regional?
Estamos participando muy activamente en la definición, el cálculo, la validación y la implantación de un nuevo índice de peligro de incendio forestal para toda España, que permitirá pronosticar diariamente en apoyo a los servicios de prevención y extinción de incendios y a los servicios de protección civil. Esperamos que esta mejora sea significativa y aporte valor añadido a esta tarea.
¿Cómo ve la meteorología como ciencia y servicio público en Extremadura?
Sinceramente, en muy buen estado de forma; en los últimos años han entrado en Aemet casi una decena de nuevos funcionarios, físicos y matemáticos, muchos de ellos extremeños, que han estudiado en nuestra universidad y que son, sin duda, la savia nueva que necesita esta institución.
Respecto a la evolución del servicio público veo a la sociedad extremeña cada vez más involucrada y con una mayor dependencia de nuestros servicios meteorológicos. Esto es un gran estímulo continuo para nosotros, y gracias a ello estoy convencido de que nuestros servicios serán mejores cada día.

Se suelen asociar los estudios de Ciencias a una curiosidad innata. ¿Hay algún tema, aparte de la meteorología, que le apasione especialmente?
Siento curiosidad por muchísimas cosas, sobre todo por lo relacionado con la naturaleza. Sigo casi a diario la evolución de la crisis medioambiental y de biodiversidad, lo que me ha llevado a cursar recientemente un máster sobre Protección integral del medioambiente en la Universidad Carlos III. Las crisis climática y de biodiversidad están intrínsecamente ligadas, formando un tándem muy destructivo.
Y gracias a mis hijos me apasionan los avances de la inteligencia artificial y el machine learning; cuesta imaginar a dónde nos llevarán estas revoluciones en un futuro cercano. También leo sobre biomedicina o los avances contra el cáncer. La verdad es que acumulo lecturas pendientes, y no sé cuándo podré cumplir con ellas.
¿Sigue conservando la capacidad de sorprenderse ante una tormenta o un amanecer en la dehesa?
Lo más sorprendente para mí sigue siendo lo más simple: el poder y la fuerza de la naturaleza, de una tormenta, de unas lluvias torrenciales, o la belleza de la primavera, y comprobar cómo se sincronizan todas las especies. No solo me sorprende la belleza, sino la complejidad de lo que ocurre, y comprobar que todo está vivo y relacionado. Espero no perder nunca esa capacidad de sorpresa.
