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Música y carnaval

Música y carnaval
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Cuando llega el carnaval la música deja de caminar y, sin avisar, se pone a bailar. No pide permiso ni da explicaciones, simplemente irrumpe. Se coloca una máscara brillante, se pinta la voz con ironía y convierte cualquier esquina en escenario. Y es que el carnaval no se entiende sin música: es ella quien marca el pulso de la risa, de la crítica y de ese desorden creativo que, durante unos días, lo pone todo patas arriba.

La música de carnaval nace en el pueblo y vuelve a él transformada, más grande, más contagiosa. Es ritmo compartido, coro improvisado, respuesta inmediata. No está hecha para el silencio ni para escucharse a solas con auriculares, sino para el cuerpo que se mueve y la complicidad que se crea sin darse cuenta. Bombos que retumban en el pecho, cajas nerviosas, pitos descarados, palmas y voces que se cruzan en una arquitectura sonora imperfecta y viva, donde cada pequeño fallo, lejos de estorbar, suma verdad.

En carnaval, además, la música habla. Y habla claro. Dice lo que durante el año se calla, se ríe de lo solemne y se atreve a poner palabras afiladas donde antes solo había prudencia. La ironía se afina, el humor encuentra su tono justo y la crítica se disfraza de estribillo que no puedes dejar de tararear. Bajo el maquillaje, la broma y el guiño cómplice, la música sostiene una memoria popular que no olvida, que observa y que responde.

Pero el carnaval no es solo ruido ni fiesta sin fondo. También tiene un lado íntimo, casi secreto. Detrás de cada agrupación hay meses de ensayo, letras escritas a lápiz y borradas mil veces, voces buscando encajar como piezas de un puzle emocional. Hay nervios antes de salir, silencios que aprietan la garganta, miradas que dicen “vamos” sin decir nada. En ese instante, la música deja de ser sonido y se convierte en rito.

El carnaval transforma la música en territorio libre. No exige virtuosismo académico ni perfección técnica, sino algo mucho más difícil: autenticidad. Vale una voz rota si dice la verdad, vale un ritmo sencillo si consigue unir a quienes lo escuchan. Es una música que no se guarda en vitrinas ni en archivos pulcros; se gasta en la calle, se mezcla con el confeti, se deshace en la madrugada y desaparece con el amanecer.

Cuando el carnaval termina la música se quita el disfraz, pero no se va del todo. Quedan melodías que aparecen sin querer, frases que regresan en mitad del día, esa sensación extraña y bonita de haber sido parte de algo común. Porque en carnaval, la música no solo suena: une, libera y recuerda que, al menos una vez al año, el mundo puede cantarse de otra manera.

Pedro Monty

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