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Nuevas aportaciones a la historia de la muralla trujillana. Grada 173. José Antonio Ramos

Nuevas aportaciones a la historia de la muralla trujillana. Grada 173. José Antonio Ramos
Foto: Cedida
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Los historiadores que nos han precedido, al igual que nosotros mismos en nuestros escritos, siempre hemos considerado que la muralla de Trujillo tenía siete puertas: la de Coria, la de Herradura (ya no existe), la de las Palomitas, la del Triunfo, Vera Cruz, San Andrés y Santiago.

Una gran parte del trazado que se conserva de la muralla no es legado islámico, sino herencia cristiana de los siglos XIII-XV; de hecho, las puertas de San Andrés y Santiago son más recientes en el tiempo. La de las Palomitas se reconstruyó completamente durante las obras del proyecto de dinamización turística.

Los restos más antiguos existentes en la muralla corresponden a la presencia de sillares almohadillados correspondientes a una primera fase romana, de época del emperador Augusto, fechable en el siglo I de nuestra era, que pudo ser reformada en época bajoimperial.

La llegada de los árabes a la Península en el siglo VIII y su intento de controlar el territorio supone una readaptación de los muros defensivos de la ciudad y la reutilización de los bloques romanos. Si los primeros paños de la muralla musulmana podemos situarlos cronológicamente entre los fines del califato de Córdoba e inicios de los Reinos de Taifa, el resto de sus lienzos pueden ser datados entre fines del periodo Taifa e inicios del dominio almorávide; es decir, en torno a la segunda mitad del siglo XI.

La muralla de la Villa abarca una amplia área amesetada que, con una ligera tendencia a la forma rectangular, se dispone de forma irregular para adaptarse a las diferentes cotas de nivel. Está jalonada por 11 torres colocadas a tramos irregulares a lo largo de todo el perímetro. Su altura es superior a la de los lienzos de los que parten y las plantas más frecuentes son la cuadrada y la rectangular, aunque también las hay semicirculares. De entre estas torres podemos destacar la albarrana, que se une al muro mediante una coracha alargada en el sector oeste.

Los paños de la zona norte sorprenden por la ausencia de torres y en este espacio se adosó un edificio, convertido en el siglo XV en convento franciscano, que por su solidez refuerza la Puerta de Coria y que, al construirse el cenobio, con toda seguridad, desaparecieron las dos torres que flanqueaban la puerta.

Su estructura arquitectónica y sistema constructivo confirman diferencias obvias con las realizaciones musulmanas de la Alcazaba y del Albacar. El material constructivo sigue siendo el mismo, el granito; no obstante, su tratamiento difiere del de fases anteriores. La fábrica es de mampostería, aunque en zonas bajas de los paramentos y en las esquinas de las torres se emplean sillares. En ocasiones se observa la presencia del ladrillo y pizarra como niveladores de las sucesivas hiladas pétreas. Muros y torres se coronan con un remate cuadrado piramidalmente.

Como ya hemos indicado, el recinto contaba con siete puertas, pero recientemente hemos descubierto dos puertas más. En el interior del palacio de Chaves Mendoza u Hospital de la Concepción, una gran portada se abre en arco peraltado y ligeramente apuntado en su intradós, y permite el acceso a un pasadizo con cubierta abovedada de ladrillo y paramento de sillería, a tan solo 27 metros de la actual puerta de San Andrés.

Fotos: Cedidas
Fotos: Cedidas

Si en la muralla reconocemos la huella de las obras realizadas tras la definitiva conquista castellana (año 1233), serán las puertas de ingreso al recinto las que marquen claramente su periodización. De este modo, todas las conservadas responden a unas tipologías propias de las tres últimas centurias del Medievo. En cualquier caso, el recinto de la muralla ha sufrido modificaciones sustanciales a lo largo de la historia. Lo que estaría claro es que la portada que defendía el lienzo ubicado en la zona meridional, en la plazuela de los Descalzos y cuesta de San Andrés, sería la portada musulmana que se encuentra en el interior del palacio Chaves-Mendoza. Con la construcción de este edificio palaciego la puerta quedó dentro del palacio y se construyó la actual puerta de San Andrés, a finales del siglo XV. Entre finales del XV y a lo largo del siglo XVI se sumarán nuevos elementos.

La muralla de Trujillo constituye uno de los conjuntos defensivos medievales mejor conservados de la región. Surgiendo del castillo, el perímetro de la muralla, jalonado por torres, describe un dibujo poligonal irregular con tendencia a la rectangularidad. Data originalmente de las mismas fechas que el castillo, aunque fue en tiempos posteriores a la reconquista cuando adquiere su aspecto y fisonomía definitiva. Por tanto, los restos que aún se conservan de la muralla en los jardines del Palacio Chaves-Mendoza, así como el conjunto torreado de aparejo de mampostería con sillería en las esquinas como refuerzo, corresponden a los inicios del siglo X.

El alcázar o casa-fuerte como el de los Chaves-Mendoza, que nos ocupa, construcción nobiliaria que, situada junto a la muralla y en las proximidades de sus puertas para la defensa de estas, aunaba lo defensivo y lo residencial para conformar grandes conjuntos arquitectónicos presididos exteriormente por el perfil de sus torres.

Ejemplo singular de esta topología constructiva en Trujillo es la casa fuerte de los Chaves-Mendoza, que construyeron su edificio aprovechando varias edificaciones existentes en su actual palacio, tales como un alcázar árabe cuyos restos aún subsisten. Fue suntuosa esta mansión de los Chaves-Mendoza, unida a la muralla que defendía la puerta de San Andrés desde la parte interior de la Villa, y por la exterior a la casa de los Torres Altamiranos, a la izquierda, saliendo del recinto amurallado por la Puerta del Triunfo.

Otra puerta desconocida hasta el presente estudio se encuentra ubicada en la zona oeste de la muralla, dentro del edificio de la familia Salas, a la que podemos acceder desde el Espolón o desde el Matadero viejo. En el interior de esta vivienda se observa una gran portada peraltada sobre sillares romanos colocados a soga y tizón, que denota su antigüedad. Desde el arranque de las impostas, la rosca del arco es de ladrillo. Esta portada estaba flanqueada por dos torres, encontrándose aún numerosos restos de ella.

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