La fábula, atribuida al fabulista griego Esopo (siglo VI a.C.), ha llegado hasta nuestros días a través de la tradición oral, y ahora cobra nueva vida al ser contada en chinato, una variedad lingüística en riesgo que transforma este relato clásico en una herramienta de transmisión cultural y memoria colectiva.
La versión en chinato de ‘La liebre y la tortuga’ no es solo una adaptación dialectal de una fábula, sino también una muestra viva de patrimonio lingüístico. A través de esta recreación se combinan dos dimensiones fundamentales: la transmisión de valores universales y la conservación de una modalidad de habla local, en este caso el chinato, propio del noroeste de Extremadura.
Un relato universal al que queremos dar identidad local. El argumento de la fábula se mantiene fiel al original: la liebre, rápida pero confiada, reta a la tortuga, lenta pero constante. La primera, segura de su superioridad, se permite descansar durante la carrera, lo que permite a la tortuga alcanzar la meta y vencer. Esta estructura narrativa sencilla responde al modelo clásico de las fábulas, personajes animales, conflicto breve y resolución con enseñanza moral.
Sin embargo, lo verdaderamente significativo de esta versión no es la historia en sí, sino cómo se cuenta. El uso del chinato transforma el relato en una experiencia cultural cercana, dotándolo de autenticidad y arraigo. Expresiones como “mu lijto”, “ejcopetá común rayo” o “zin pridaj” aportan musicalidad, oralidad y un fuerte carácter identitario.
El texto presenta claras marcas de oralidad, frases exclamativas, interjecciones y un ritmo narrativo ágil que recuerda a la narración hablada. Esto sitúa la fábula dentro de la tradición oral, donde estas historias han sido transmitidas de generación en generación.
El chinato, además, refleja fenómenos lingüísticos característicos como:
- Aspiración o pérdida de consonantes finales (“lojotroj animalej”).
- Transformaciones fonéticas (“dide” por “dice”, “jadel” por “hacer”).
- Léxico propio (“gandalla”, “ajínco”).
Todo ello convierte el texto en un documento de gran valor etnográfico, además de literario.
La liebre aparece caracterizada como arrogante y confiada, rasgos que se enfatizan mediante su forma de hablar, burlona y despreciativa hacia la tortuga. Por su parte, la tortuga representa la humildad, la constancia y la determinación. Su intervención es breve pero firme, lo que refuerza su papel como símbolo del esfuerzo silencioso. El contraste entre ambos personajes es claro y responde a una oposición clásica: velocidad frente a constancia, arrogancia frente a humildad.
La moraleja mantiene vigencia de una enseñanza tradicional, resume el sentido del relato, no basta con tener cualidades si no se acompañan de esfuerzo. En chinato, esta enseñanza adquiere una fuerza especial por su cercanía expresiva: “De que vale dalcelaj de lijta, cuando no ce jade nengún empeño…”.
El uso de la lengua local refuerza la dimensión didáctica, acercando el mensaje al lector y facilitando su comprensión en contextos rurales o comunitarios.
Esta versión de ‘La liebre y la tortuga’ en chinato demuestra cómo los relatos tradicionales pueden adaptarse a diferentes realidades lingüísticas sin perder su esencia. Al contrario, estas adaptaciones enriquecen el patrimonio cultural, permitiendo que la literatura siga siendo un vehículo de identidad y transmisión de valores.
Más allá de su aparente sencillez, el texto cumple una doble función, educar y preservar. Educar, mediante una enseñanza moral universal; y preservar, al mantener viva una forma de hablar que forma parte de la memoria colectiva.
‘La liebre y la tortuga’ en chinato
Cuando uno ce cré mu lijto, pero ej flojo de mollera, y no da una
palotá, ce quea a vellaj venil, ¡veleí tienej¡
Había una vej, una liebre que era mu ligera, que corría maj cun galgo, y
prezumia dello cuanti tenía ocación, delante de lojotroj animalej del
bojque.
Un día, ce topó conuna toltuga que andaba la probe mu dejpacio,¡ poj
como andan ellaj¡, y la dide:
Oye toltuga, maburro de vel lo lenta candaj, ¿no zabej jadel otra coda?
La toltuga, ce para y lajpeta, poj mira, liebre, ci quierej
vamoj a chalmoj una carrera, pa vel quien gana.
Dicho y jecho, la liebre zale ejcopetá común rayo, entri que la
toltuguina sigue al zu rijmo, zin pridaj, que no zon güenaj pa ná.
La liebre ce percata, que ya lleva mucha delantera, y que no la vachal
mano pol mucho que ce ejpabile. Asina que, dide, mientraj viene, me da
tiempo maj que de zobra, voy a jondealme la ciejta debajo aquel álbol,
que ejtaré maj frejquita, y dejcanzo un rato, anque no me jade falta,
pero ¿pa que voy a llegal tan pronto?, ci me voy a tenel quejperal trej
horaj, jata que ce jaga predente el bicho eze, que viene con la cada en la
chepa.
La toltuga, mu dequeo, poquino a poquino y zin paralce, sigue palante.
La liebre ce dejpielta, ce ejpereda con to la cachada,y cuando mira a vel
poronde iba la otra, sale toa ejpantá, poj a la toltuga la queaba ná y
menoj, pal llegal a la meta, y ce pudo a correl común gamo, pero no jué
quien dagarralla y llegó cuando la probe toltuguina ya ejtaba allí,
anque mu canzuta, pero mu contenta de abella dao pa laj naridej a la
lijta de la liebre.
Moraleja:
De que vale dalcelaj de lijta, cuando no ce jade ningún empeño pa
ganalce la gandalla, o lo que cea menejtel. Cuando con ajinco y zacrifidio,
ce puén conceguil laj codaj.
Floramari Canelo y Carlos Canelo