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Vidas en remoto. Grada 138. Juan Zamoro

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A vueltas con la petición ‘Port’ que describía el mes pasado, cabe preguntarse qué es necesario para construir escenarios que eviten desplazamientos innecesarios. Los responsables de Uber en España estiman que, a diario, entra en Madrid alrededor de un millón de vehículos; los mismos que retornan a sus lugares de origen al finalizar la jornada de trabajo. Se trata de una cifra insostenible que garantiza atascos y contaminación a partes iguales.

En escalas diferentes, los desplazamientos no imprescindibles se repiten, día sí y día también, en cualquier ciudad. Se estima que el 60% de las profesiones actuales requieren tan solo de un ordenador conectado y un teléfono para ejercerse. Podría pensarse, por tanto, en una potencial reducción de desplazamientos de similar calibre.

Pero ¿están preparados los profesionales para trabajar en remoto? Deberán disponer de habilidades digitales para trabajar de forma autónoma y por objetivos. Habrán de contar, además, con conocimientos para gestionar su propia conectividad y resolver las pequeñas incidencias propias del trabajo cotidiano con equipos informáticos. Por último, resultará imprescindible que conozcan herramientas, protocolos y costumbres de la comunicación digital que complementan, si no sustituyen, a medios tradicionales, como el correo electrónico. Se necesitará, por tanto, una alfabetización digital mayor que la que existe actualmente.

Todo lo anterior favorece la eliminación de viajes inútiles. Si invertimos el análisis y consideramos las situaciones en las que no son posibles esos desplazamientos, nos encontraremos con que esas mismas herramientas pueden resultar claves en la supervivencia de lo que se viene denominando la España vaciada, o, para nuestros vecinos galos, la Francia periférica.

Las técnicas de trabajo en remoto pueden favorecer la fijación de población en municipios pequeños, no solo pensando en la prestación de servicios desde dichos lugares hacia el exterior, sino considerando la recepción de servicios por parte de sus habitantes. Pensemos en la educación online, o en los servicios de telediagnóstico médico, añadidos a los ya consolidados canales de comercio electrónico o de entretenimiento digital.

Reflexionemos y hagamos los esfuerzos necesarios para educar tanto a los prestadores como a los receptores de todos los servicios descritos. Eduquemos, por tanto, a la ciudadanía en capacidades digitales de verdadera utilidad.

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