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Esa antigua calle dedicada a Alfonso Gallardo

Esa antigua calle dedicada a Alfonso Gallardo
Foto: Cedida
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Más de una vez he escuchado, sobre todo cuando arde el bosque, una frase que resulta significativa y hasta dramática: “Los árboles no pueden correr”. Tan rotunda afirmación se podría aplicar también a las calles, pues, encarceladas entre los edificios, son arte urbano expuesto a ser rebautizadas una y otra vez. Sin padrinos que las defiendan de ese cambio de identidad permanecen mudas y soportan, en el callejero municipal, las decisiones de la autoridad competente, o incompetente.

El Día de la Constitución de 2025 congregó en la histórica ciudad templaria a centenares de jerezanos y forasteros que, gozosos, acudieron para ver cómo Alfonso Gallardo y el alcalde, Raúl Gordillo, descubrían las placas que ensalzaban a este peculiar personaje. En esa arteria aparece ahora un letrero impecable con el nombre del industrial más importante que ha dado Extremadura en toda su historia. Así, la antigua Calle Lechero pasaba a denominarse Calle Alfonso Gallardo. No ha querido que su nombre se implante en las rotondas donde elevó sus primeras instalaciones fabriles. La añoranza o la nostalgia del duro trabajo realizado suele acarrear pellizcos que le atizaban por dentro al pensar que ya no gestiona todo aquello. Por eso prefirió el recoleto sitio donde vino al mundo.

Según los viejos papeles que manejo en mis archivos, esa modesta vía, cercana a la plaza del descubridor del Mar del Sur, ya en 1683 aparecía con el nombre de Calle de los Lecheros. Por lo tanto, nos estamos refiriendo a un espacio que ha llevado, al menos desde hace 342 años, tal mote. Ser lechero no era faena cómoda. Había que madrugar mucho para ordeñar a mano, cuidando de que, con el calor, no se dañara el producto. Luego se colocaban los cántaros en serones de esparto sobre los burritos y a repartir. Se entraba a Jerez por los polvorientos caminos de Fregenal y de Zafra, y se reunían en la Plaza de Los Mártires, cuya ermita se elevó a principios del siglo XVI. Y allí, si era preciso, se prestaban unos litros entre ellos, si existía enfermedad de la res u otras circunstancias que así obligaba a proceder. Con este modo de auxilio cada cual seguía atendiendo a su clientela. En consecuencia, por el trasiego diario de tales oficiantes por ese espacio, fue llamado el lugar como de Los lecheros. Tal cosa la sé, además de por el apoyo documental, porque de pequeño pasaba largas temporadas en la finca jerezana conocida como El Encinar de Carrero. Y allí escuché a un empleado del cortijo llamado Pepe el Lechero, que ya su abuelo y su padre, a los que siguió en el oficio, se reunían en la plazuela de Los Mártires para este cometido.

Esa práctica no era exclusiva de Jerez. En Santiago de Compostela existe el Patio de los Lecheros, recordando las viejas reuniones. Y en La Granja de San Ildefonso existe La calle Lecheros, por la que pasé con frecuencia, con motivo de realizar allí las milicias universitarias.

El 21 de septiembre de 1936 entraron en Jerez las tropas del General Yagüe y esa calle que no podía correr comprobó cómo en su carne pétrea se le extirpaba la vieja cerámica, colocando otro nombre: Calle del General Capaz. Era este un militar nacido en Cuba que peleó junto a Franco en la guerra del Rif, y se le quiso compensar de este modo. No visitó Jerez jamás, pues en 1936 fue asesinado en la cárcel Modelo de Madrid. Luego, en democracia, y por acuerdo plenario de 29 de mayo de 1979, otra vez sonó el martillo, y se colocó el nombre de Calle Lechero, en singular. Ahora, 46 años después, suena la piqueta para dedicarle el sitio a un paisano tan emprendedor. Sugerí al alcalde que, junto a este nuevo letrero se colocara otro, en caracteres antiguos y en color amarillo, como aparecen otras placas del siglo XV, y que diga al lado de la nueva: Antigua Calle de los Lecheros.

Alfonso Gallardo es un tipo no catalogable. Lo conocí de niño en la calle de San Agustín, donde yo vivía y donde su padre, Pascasio, tenía un corralón de chatarra y carbón. Diligente y despierto superó a su progenitor en la recogida de hierros y pronto aumentó el negocio. Así fue creciendo y puso en marcha el mayor complejo industrial de la región tras la central nuclear de Almaraz.

Supo hacer lo más difícil; superó la crisis de 2013, redujo sus instalaciones y achicó salarios para subsistir. Costaba asumir el precio de los fletes llevando acero desde Siderúrgica Balboa hasta los centros de consumo. En el año 2020, tras complejas negociaciones, el Grupo Cristian Lay adquirió las empresas y, por suerte, la propiedad y la gestión quedó en Extremadura. Así resultó que otro empresario distinto de Alfonso, pero dotado con esa reciedumbre que supone ir trepando desde la nada al éxito, se hizo cargo de tal complejo fabril. En mi obra ‘Dos décadas prodigiosas’, publicada en 2004, dejé escrito: “Para mí Ricardo Leal supone la capacidad de imaginación y la lucha contra él mismo, para no desfallecer, al adentrarse en un mundo competitivo donde el modelo de confrontación requiere gente muy fogueada”.

Cuando el protagonismo hace a ciertas personas ser un referente social, se pierde en la reseña pública parte de la filiación y queda el nombre. Así sucedió siempre: Cervantes, Quevedo, Azorín; o en el fútbol: Zarra, Messi, Maradona. Igualmente, en política: Rajoy, Felipe, Ibarra, que allí estuvo el día 6, o empresarios como Alfonso y Ricardo.

Alfonso Gallardo, que ha creado muchos puestos de trabajo en ese sur todavía muy mal comunicado, merecería una biografía serena que nos diera las claves del éxito de quien jamás visitó una Escuela de Negocios, ni pasó por facultad alguna de Ciencias Económicas o Empresariales.

Feliciano Correa

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