Roberto Forés pertenece a esa generación de músicos que entienden la dirección de orquesta no solo como un ejercicio técnico, sino como una forma de comunicación profunda. Su trayectoria, marcada por la curiosidad y la búsqueda de autenticidad, lo ha llevado desde su Valencia natal hasta escenarios de Italia, Finlandia, Francia o el Reino Unido, conformando una mirada amplia, cosmopolita y a la vez muy humana sobre la música.
Tras su paso por la Sibelius Academy de Helsinki, uno de los centros más prestigiosos de Europa, ha desarrollado una sólida carrera al frente de orquestas europeas antes de establecer un nuevo vínculo artístico con la Orquesta de Extremadura. En su forma de trabajar se advierte una combinación poco frecuente: exigencia técnica, sensibilidad y un entusiasmo contagioso por la misión cultural y social de la música.
Desde su llegada, su discurso y su actitud apuntan hacia una orquesta abierta, moderna y comprometida con su entorno. Roberto Forés concibe a la Orquesta de Extremadura como un espacio de encuentro, de crecimiento colectivo y de conexión con el público, donde la música no solo se interpreta, sino que se comparte y transforma.

Su familia estaba profundamente vinculada a la música. ¿Cómo recuerda su infancia creciendo en ese ambiente?
Para cualquier niño la normalidad es lo que ve en su casa, y para mí era ver a mi padre ensayando, escribiendo música o copiando partituras. Algún domingo por la mañana había concierto, todo con mucha naturalidad. Era un ambiente diferente al de mis compañeros, que no tenían ese tipo de estímulos. También pasé un momento de rechazo: pedí un violín con 5 años, pero a los 6 me cansé y lo rompí porque no quería saber nada ni del violín ni de la disciplina y el trabajo. A los 9 años volví a pedir un violín, iba a los ensayos y conciertos que hacía mi padre, que dirigía bandas de música, y también a algún concierto de orquesta. Cuando tienes 9 o 10 años eres más consciente, encuentras un entorno social en el que están metidos amigos y conocidos, y eso te hace sentirte bien y parte de un grupo, que para un niño es fundamental.
¿Recuerda el momento en el que pensó que quería ser director de orquesta, o fue algo gradual?
De pequeño nunca pensé en ser director, solo en tocar un instrumento, que acabó siendo el violín, y luego empecé trompa. Con 13 o 14 años, viendo a algún amigo de mi padre que era director, pensé que me interesaba. Recuerdo muy bien el momento en que dije en voz alta que quería ser director de orquesta: todos sonrieron y me explicaron que para eso había que hacer una carrera de instrumento, luego armonía, contrapunto, fuga, composición… una formación muy vasta y muy sólida. Fue como un jarro de agua fría, pero ya había decidido que me lanzaría a eso. Seguí con mi violín, mi trompa, estudiando, y después de todo ese proceso técnico y exhaustivo de estudios pude ser director.
Nos ha llamado la atención su paso por la Sibelius Academy de Helsinki, algo bastante inusual en un director español. ¿Cómo surgió esa oportunidad y qué recuerda de esa etapa?
Mis primeros estudios oficiales de dirección fueron en Italia, en la Accademia Musicale de Pescara. Eso me dio una base bastante sólida, pero eran encuentros mensuales o bimensuales, estabas tres o cuatro días y volvías. Pensé que había que dar un paso a algo mucho más profundo. Barajé varios escenarios: la Juilliard de Nueva York, Viena, el conservatorio de San Petersburgo y la Sibelius Academy, que son centros importantes para la dirección. Después de pruebas de acceso y algunas peripecias salió Sibelius Academy, una escuela de renombre mundial. Tuve la suerte de acceder a una formación increíble en un país donde la educación es un pilar fundamental; en cuatro años no pagué ni un solo euro por una educación de altísimo nivel. Fue una etapa muy enriquecedora, en una cultura diferente. Me fui con 32 años, no era un niño; eres mucho más consciente de lo que te pasa y de lo importante que es aprovechar la oportunidad.

¿Durante su formación en el extranjero tenía la intención de regresar a España a desarrollar su carrera profesional?
Cuando me fui a estudiar violín a Italia, en mis primeros estudios en el extranjero, ni siquiera tenía 18 años. Se dice que los músicos o artistas son ciudadanos del mundo, y eso fue lo que me pasó. No lo busqué, me vino así: vivir en Italia, viajar mucho trabajando y estudiando, luego Finlandia… El objetivo, por sí mismo, no era volver a España; más bien poder compartir todo lo que había aprendido y poder expresarme artísticamente con todas las herramientas que había adquirido.
Entre 2011 y 2021 fue director titular de la Orchestre National d’Auvergne. ¿Qué significó en su carrera?
Fue mi primera orquesta. Una vez más, una nueva cultura que no conocía. Esta fue sobre todo una etapa de formación y aprendizaje en la gestión de un grupo de músicos. Hablo de gestión musical pero también de gestión humana, que es muy importante, y casi diría también de gestión de empresa; una orquesta tiene algo de empresa, con personal, una programación que imaginar y lanzar y a la que atender, y un contacto con la clase política porque hay que explicar el trabajo de la orquesta y sus necesidades, también de financiación. Esos diez años en Francia fueron un máster impagable.
Tiene una amplia experiencia dirigiendo repertorios líricos. ¿Cuál es la diferencia con respecto al trabajo con una formación como la Orquesta de Extremadura?
La lírica siempre me ha interesado y es una debilidad que tengo, quizá por mi paso por Italia, donde la ópera es casi una religión. El trabajo con una orquesta en un foso de ópera es el mismo en detalle, precisión y sensibilidad que con una orquesta sinfónica. Lo que me gusta del trabajo sinfónico es que puedo intentar buscar la flexibilidad que una orquesta de foso debe tener para acompañar a cantantes que cada día se sienten de una manera. En sinfónico no tenemos ese ‘impedimento’, se puede cuadrar todo, pero esa libertad y flexibilidad me interesa trabajarla mucho con una orquesta como la de Extremadura.
¿Tiene nuestra orquesta recorrido en ese ámbito?
Todavía estoy conociendo la orquesta y el panorama cultural, pero me gustaría proponer alguna producción lírica, aunque fuese al principio en versión concierto o semiescenificada, e ir introduciendo este repertorio. Creo que es muy beneficioso. El público tiene sed de esto y le iría muy bien a la orquesta trabajar en este repertorio.

Ha dirigido a la Orquesta de Extremadura en cuatro ocasiones, desde su debut en 2014 invitado por Álvaro Albiach. ¿Cómo ha visto su evolución en estos años?
En 2014 hubo algo que me sorprendió. Sabemos que Extremadura es una región un poco aislada y tanto la región como la orquesta son grandes desconocidas. Yo llegué en 2014 y me llevé una agradable sorpresa con el nivel de la orquesta. En las veces sucesivas este nivel ha ido in crescendo. El trabajo de Álvaro fue excelente, había disciplina y una idea artística muy clara por ambas partes. Andrés Salado no ha hecho más que incrementar ese trabajo y hacer evolucionar la orquesta. Me encuentro una orquesta que funciona muy bien. Cada uno de nosotros tenemos nuestra personalidad y manera de trabajar, pero la base de trabajo es muy buena.
Cuando se anunció su nombramiento se aludió a su proyecto artístico pero también a la opinión de los músicos. ¿Cómo fue este proceso desde su perspectiva?
Me parece muy sano. Se propone a alguien con el que van a pasar mucho tiempo y compartir algo tan fuerte como hacer música y expresar sentimientos. Es motivo suficiente para que los músicos estén implicados en este proceso. Me parece admirable porque no siempre sucede. Chapó para quienes han pilotado el proceso. Yo siento una gran responsabilidad, porque saberse elegido por tus colegas es tener un peso y un privilegio muy grande encima. Estoy encantado.
Su predecesor, Andrés Salado, buscaba “una orquesta de hoy, no de ayer”. ¿Qué significa para usted modernidad en la música clásica?
Estoy de acuerdo con la idea de “una orquesta de hoy”. Hablamos de tradición, tocamos piezas que se han interpretado muchas veces y que tienen siglos, pero cada vez que tocamos reinventamos la música. La música no está enlatada; cada vez que tocamos buscamos una verdad que nunca encontraremos del todo, porque nunca podremos hablar con Beethoven o Mozart. Una orquesta moderna es aquella que hace que esa música de hace dos siglos suene fresca, como si se hubiera compuesto ayer. Y una orquesta que tenga personalidad, transmita cosas y atrape al público, que lo haga pensar, reflexionar y entusiasmarse. Eso es lo que busco con la orquesta, y que todo eso llegue al público.
Ha destacado en varias ocasiones la calidad de los compositores españoles actuales. ¿Es fácil conjugar ese interés con el repertorio clásico?
Como artistas, programadores y gestores culturales de hoy, es nuestra responsabilidad potenciar y apoyar el arte que se crea ahora, igual que se hizo en su tiempo con Beethoven, Mozart, Brahms o Wagner. Siento que es un deber apoyar a los compositores actuales. No creo que sea difícil, porque hay música contemporánea de mucha calidad; se trata de buscarla, elegir bien y presentarla al público y a los músicos.
¿Espera continuar con iniciativas sociales de la Orquesta como ‘Afinando’?
Para mí es fundamental, es un pilar de la política artística y de futuro de la orquesta. ‘Afinando’ se dirige a una parte de la sociedad a la que proporcionamos un entorno y un apoyo para expresar sentimientos. No damos tiempo a los niños y a la juventud para expresarse, pensar y digerir lo que pasa tan rápido. Un remanso de paz como ‘Afinando’ es muy importante para la juventud, para que tenga algo más que una serie o un móvil.

Muchos profesionales subrayan la importancia de la música en educación, salud mental o para afrontar dificultades. ¿Comparte esa visión transformadora o terapéutica de la música?
Por supuesto. El poder de la música es único. A veces ni siquiera hace falta una orquesta; la música de Beethoven de cara a un músico ya es algo mágico. He hecho proyectos en Francia con personas sordas que apoyaban su mano en un instrumento de cuerda y sentían la vibración. También actividades en hospitales con la orquesta o grupos de cámara. Cuando se pregunta para qué sirve la cultura y por qué los gobiernos la financian con dinero público, algunos piensan que es tirar el dinero, pero no estoy nada de acuerdo; la cultura aporta salud mental, bienestar físico y educación, es esencial para la vida diaria y para ser y estar como seres humanos. Por eso pongo tanto énfasis en ‘Afinando’ y en este poder que tiene la música.
Además de dirigir la Orquesta de Extremadura trabaja con la English Chamber Orchestra desde el año pasado como principal director invitado. ¿Será fácil compatibilizar ambas dedicaciones?
Sí. Hoy en día viajamos mucho por trabajo, es una característica de este oficio. Trabajar en Londres no me quitará demasiado tiempo, porque los tiempos de trabajo en Inglaterra son muy cortos. Lo que quizá en Extremadura, Francia, Italia o Alemania requiere tres o cuatro días para montar un programa, en Inglaterra se hace en un día.
Ha dirigido a grandes formaciones españolas, como la Orquesta Sinfónica de Madrid o la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. ¿Cómo sitúa a la Orquesta de Extremadura en el contexto nacional?
Sin duda, es una orquesta al mismo nivel que las que se mencionan. Trabaja muy bien, con una plantilla de músicos con muchas ganas de trabajar y una identidad excelente, teniendo en cuenta que la orquesta se formó hace 25 años. Hablamos de una media de 40 a 50 años, calculando cuándo empezaron a trabajar en la orquesta, por lo que tienen la madurez que da toda esa experiencia y, al mismo tiempo, están en plena forma. Es un momento muy propicio para la orquesta y no tiene nada que envidiar al resto de orquestas de España.

El lema de la formación es ‘La orquesta de todos’. ¿Qué significa eso para usted? ¿Cuál es su percepción del público extremeño?
Lo que más me han comentado, y he podido constatar, es la cercanía con el público y el sentido de apropiación: sienten la orquesta como suya. Me ha sorprendido muy gratamente. Hay una comunión entre público y músicos; el público conoce los nombres de los músicos, los espera a la salida del concierto. Es fantástico, porque queremos evitar la imagen de lejanía que produce el escenario. Somos personas de carne y hueso, con ganas de compartir con el público, de hablar después de los conciertos, con nuestros problemas, familias y día a día como ellos. ‘La orquesta de todos’ es el público que siente a la orquesta y la orquesta que siente al público. Me hace estar muy a gusto y contento.
Ha grabado más de una docena de obras, principalmente durante su etapa en Francia. ¿Espera continuar su carrera discográfica con la Orquesta de Extremadura?
Sí, por supuesto. Ya se están explorando vías de grabación con sellos importantes. Estamos en vías de establecer una política discográfica a largo plazo, con la intención de que la orquesta pueda grabar al menos un disco cada año.
¿Cómo imagina el futuro de la difusión musical más allá del concierto presencial, especialmente en cuanto a los repertorios más clásicos, y cómo se puede enganchar al público joven?
Veo la música clásica de rabiosa actualidad. Apostaría cualquier cosa a que si llevo a un grupo de jóvenes que nunca han visto un concierto, los subo al escenario conmigo y hacemos un concierto, van a tener una experiencia única. No creo que seamos un gremio de muertos, para nada. Ese es otro de mis caballos de batalla, impulsar un acercamiento máximo a los jóvenes.
Lo que no ha cambiado desde sus inicios es la función del director de orquesta. ¿Cómo explicaría en pocas palabras la trascendencia de su misión?
Cuando hablo de mis colegas me refiero a los músicos; sin ellos no soy nadie, no puedo hacer nada. Mi trabajo es intentar inspirarles con mis ideas, pero también estar dispuesto a recibir lo que ellos sienten, porque somos un equipo. No son máquinas ni robots; tienen su manera de entender y respirar la música, y eso es importantísimo. Para mí es esencial facilitarles la vida, que estén a gusto y contentos haciendo música. Me veo como un facilitador, quizá ese es el sustantivo más adecuado.
¿Cómo es Roberto Forés cuando guarda de la batuta?
Soy una persona tranquila, introspectiva, que escucha mucho y no habla demasiado. Me gusta compartir cosas con mis amigos y mi familia. Soy muy curioso, por mis viajes; si no, no haría esta profesión. Y muy normal en el día a día con mi familia, el colegio de los niños, y si los domingos hay que hacer una paella, como buen valenciano, se hace. Todo muy normal.

Y alguno de esos viajes le ha llevado a Japón.
Japón es un amor de hace mucho tiempo, no solo por la música. La cultura, la gastronomía, el respeto por el artista y el tratamiento de la cultura son impresionantes. A mi familia y a mí nos apasiona, y siempre decimos que si un día nos vamos a vivir allí, tampoco pasaría nada.

Nos atrevemos a resumir la trayectoria de la Orquesta de Extremadura por la huella que dejaron sus directores: los logros discográficos de Jesús Amigo, el diagnóstico crítico de Álvaro Albiach, o el humanismo de Andrés Salado. ¿Se atreve a soñar cuál será su impronta personal?
Hacemos muchos conciertos al año, pero para mí cada concierto es un acontecimiento, algo único, una fiesta. El concierto es algo tan especial que siempre hay una parte de motivación y entrega en cada uno. Y no solo en el escenario; me interesa mucho conocer el territorio, conocer a la gente de Extremadura, respirar como respiran ellos. No llegar en avión o tren, hacer el concierto e irte. El ‘piel a piel’ me motiva mucho.
