Quiero dedicar este artículo y la imagen que inspiró esta reflexión a Bill Hendricks (Illinois, EE.UU.), un amigo y compañero en el mundo de la fotografía
El arte, sea cual sea (pintura, escultura, arquitectura, música, danza, literatura, cine, arte digital, teatro, fotografía, diseño, arte conceptual o las artes escénicas y aplicadas) sin apenas darnos cuenta revela quiénes somos. Los tonos que apliquemos, la presión del lápiz o el pincel en el papel, los temas plasmados… hablan de nuestro estado emocional de fondo, de nuestros miedos, deseos, añoranzas… sentimientos que no nos atrevemos a decir en voz alta.
Crear es un camino de autodescubrimiento, es como si se abriera una puerta trasera al subconsciente; no hay nada que explicar, solo hay que entrar. Al dedicar de 20 a 40 minutos a crear algo con las manos (sin juzgar el resultado y sin pretender que quede ‘bonito’) realizamos una aceptación de lo que somos; es además una de las prácticas más potentes de crecimiento personal, un suelo fértil para la regulación emocional, ya que activa el modo ‘ser’ en vez del modo ‘hacer’.
Estudios en arteterapia muestran que solo 45 minutos de creación artística expresiva reducen significativamente el cortisol (hormona del estrés) y aumentan la actividad en áreas relacionadas con la recompensa y el sentido de logro.
El simple hecho de sentarte con una taza de café o té y permitirte garabatear, colorear o pintar sin un objetivo concreto reduce la activación de la corteza prefrontal (la que está continuamente planificando, juzgando y regulando nuestros pensamientos, emociones y acciones); se activa por defecto la red neuronal, el espacio donde surgen las intuiciones profundas y la autocompasión. El olor a café, el calor en las manos, el primer sorbo… el cerebro asocia ese momento placentero a una sensación de seguridad, y existe un mayor espacio para sentir y expresar emociones que normalmente reprimimos.
¿Te animas a un pequeño ritual para hoy? Prepara tu bebida favorita con calma consciente. Pon música suave, o en silencio, lo que te llame más. Coge papel, lápices, acuarelas, rotuladores, lo primero que pilles. No hagas ‘un dibujo bonito’; haz un mapa emocional del momento: colores que sientas ahora, formas que te representen o líneas que hablen de ti. Para cada cierto tiempo, respira y vuelve a observar sin juzgar. Cuando sientas que terminaste, simplemente agradece haberte atrevido. ¿Resultado? No siempre una obra maestra, pero casi siempre más claridad, más sensibilidad contigo mismo, un poquito más de espacio interior y una forma de mirar el presente.
Un abrazo grande, que el café y el arte te acompañen en tu crecimiento.