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Entre cal, arena y palabra: el habla chinata en la albañilería tradicional

Entre cal, arena y palabra: el habla chinata en la albañilería tradicional
Foto: Cedida
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Hubo un tiempo, no tan lejano, en que levantar una casa en Malpartida de Plasencia no era solo cuestión de manos, sino también de palabras. En cada obra, entre el golpear de la maceta y el crujir del carretón, se escuchaba un lenguaje preciso y lleno de vida, el del arbañil chinato. Un vocabulario que no solo nombraba herramientas y tareas, sino que daba forma a una manera de entender el trabajo, el tiempo y la comunidad.

Antes de la llegada de la maquinaria moderna la albañilería era un oficio profundamente humano. Las casas se levantaban poco a poco, con materiales cercanos, arena, cal, aobej, ladrilloj, y con un conocimiento transmitido de generación en generación.

El arbañil no trabajaba solo. A su lado estaban los peones, el encalgao que organizaba la obra, y rara vez el aparejaol o incluso el alquitejto. Pero más allá de los cargos, lo que verdaderamente sostenía la obra era la experiencia compartida… y el lenguaje.

Malpartida de Plasencia ha sido y sigue siendo, además, tierra de grandes profesionales de la construcción. No es casualidad que cuadrillas de albañiles de la localidad hayan destacado a nivel nacional, obteniendo en diversas ocasiones premios en concursos de albañilería. Aquella destreza no era improvisada, nacía de años de oficio, de precisión en el gesto… y de un lenguaje técnico propio que organizaba cada tarea.

En la obra, cada acción tenía su nombre, y cada palabra respondía a una necesidad concreta.

No se decía simplemente ‘mezclar’, sino jadel mejcla o amasal la pajta.

Los ladrillos no se colocaban, se asentaban, asental loj ladrilloj, siguiendo el jilo tenso de la cueldaguita.

Y una pared no estaba terminada hasta que se lucía o se fratasaba bien con el frataj, dejándola lisa y “mu bien rematá”.

Las herramientas formaban parte de este universo: la talocha, el bocel para perfilar esquinas, la ejpoltilla cargada de mezcla o el cuezo para trabajar el barro en las construcciones de aobej.

Incluso los materiales adquirían una sonoridad propia: el moltero, el olmigón, la pajta. No eran solo palabras, eran materia transformada por el habla.

Al amanecer, la obra comenzaba con un reparto de tareas. El encalgao daba instrucciones mientras unos empezaban a jadel mejcla y otros a calgal materiales.

Pázame la mejcla
Calga eso pa cá
Dalle otra mano, que ejtá tolcío

Las voces marcaban el ritmo del trabajo. Entre idas y venidas, la pared crecía en refileraj, ladrillo a ladrillo, mientras el ojo experto vigilaba que todo estuviera anivelao.

No había planos detallados como hoy, aunque existieran loj planoj, sino conocimiento práctico. Saber cuándo una pared estaba bien asentada, cuándo había que rebocal, cuándo el yeso debía tiral o “mucho cudiao, pol zi argo ce viene pabajo”.

La escena refleja con crudeza y dignidad la realidad cotidiana del oficio de albañil en contextos tradicionales. Trabajo físico intenso, condiciones precarias y una economía de medios que obligaba a aprovechar cada recurso. Subidos a un andamio rudimentario, sin apenas medidas de seguridad, los dos trabajadores sostienen el ritmo de la jornada a base de esfuerzo continuo, coordinación y experiencia transmitida de generación en generación. La mezcla se transporta a mano, los ladrillos se colocan uno a uno, y cada gesto, aparentemente simple, encierra años de aprendizaje y resistencia física. Sus ropas desgastadas, cubiertas de polvo, de cemento y cal, hablan de largas jornadas al sol, de calor, de frío y de fatiga acumulada. Sin embargo, junto a esa dureza emerge una profunda humildad y compañerismo, visible en el lenguaje directo, en la confianza entre oficial y peón, y en esa forma de trabajar donde la palabra, breve y funcional, acompasa el esfuerzo. Es un trabajo silencioso y poco reconocido, pero esencial, que ha levantado pueblos enteros y que forma parte inseparable de la memoria social y cultural de lugares como Malpartida de Plasencia.

El vocabulario del arbañil no se limitaba a la obra. Nombraba también la casa y sus espacios: el doblao, la riba, el jajtial, el tejao. Cada término describía no solo una estructura, sino una forma de habitar.

Incluso tareas hoy casi desaparecidas, como empedral laj callej o encalal laj fachaj, formaban parte de un paisaje cotidiano donde el trabajo manual y el lenguaje iban de la mano.

Con la mecanización, la estandarización del lenguaje técnico y la desaparición de las formas tradicionales de construcción, este léxico ha ido perdiéndose y con ello el patrimonio que se desvanece.

Hoy apenas se escuchan palabras como ejpoltilla, cuezo o fratasal. Sin embargo, en ellas se conserva algo más que un vocabulario, se guarda una manera de trabajar, de relacionarse y de entender el mundo.

Recuperar este léxico no es un ejercicio de nostalgia. Es reconocer que en cada término hay conocimiento acumulado, cultura material y memoria colectiva. Porque, al fin y al cabo, aquellos arbañilej no solo levantaban paredes, levantaban casas… y también un lenguaje que hoy sigue siendo parte de nuestra identidad. Era la palabra como cimiento.

Carlos Canelo Barrado
Juan José Carlos Martín

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