Vinon unoj ceñorej de la ciudá a pazal el fin de cemana en una cada rural, daqui derpueblo. Trujon mochilaj, gafaj de colol, alpelgataj mu bonitaj pandal pol loj cerroj y muchaj ganaj de “dejconejtal”. No ce a qué ejtan conejtaoj.
Acina que apoltaron, ce pudon a retratallo tó:
¡Mia qué pueltaj tan antigüaj!
¡Mia, laj gallinaj pol la calle!
¡Paquí una tabelna que tien café de puchero, jecho a la lumbre!
Pol la noche ce pudieron apañaoj de quezo der pueblo, pan der pueblo y tomatej de güelto, to bien aderezao de morapio de codecha.
Aquí ce duelme a pata zuelta. Qué cilencio. Ejto sí ej vivil a cuelpo rei.
Pero asín que clareó el día, laj campanaj zonaron: ¡tan! ¡tan! ¡tan! ¡tan!
El muchacho pegó un rejpingo en la cama y ce queó patitiedo, ce le pudo el pelo comuna ejcalpia.
¿Qué paza?. ¡Una alalma!
Zon laj campanaj.
¿A ejtajoraj?
Poj zon lajocho.
¡Lajocho del zabao! ¡Ejo no pue cel. En la ciudá ejtán proibíoj ejtoj ruíoj!
Ce tapó la caeda con lalmoa, pero laj campanaj ceguian tolnando: ¡tolón, tolón¡
Ce vijtió a ejcape y zalió a la calle jadiendo ajpavientoj quiva vel alalcarde pa ponel una queja o un quejío.
En la puelta denfrente ejtaba tío Colaj, centao nel lumbral, viendo pazal la mañana.
¡Buenoj díaj! —le dijo el forajtero.
Mu güenoj ce lo dé Dioj.
¿Quién ej rejponzable de laj campanaj?
Poj el que tira de la cuelda.
No, no. Qui didil el rejponzable legal.
Ah, de ezo no tenemoj aquí.
No me ejtántendiendo, agüelo. Laj campanaj molejtan.
El tío Colaj miró parriba, miró laj campanaj y volvió a miral a aquel ceñol.
Poj yo laj veo nel mejmo citio de ciempre.
Pero jaden ruio.
Pocí. Ci no jidieran ruio, cerían macetaj.
En otraj paltej laj paran pol la noche.
Aquí pol la noche no tocan, a no cel que jaga falta.
¿Que jaga falta pa qué?
Pa un fuego, pa un muelto, pa una mida, pa una boa o pa que la gente centere de lo que paza.
¡Poj pa ezo ejtán loj móvilej!
La mi borrica no tie movilej dezoj.
¿Y laj gallinaj, laj vacaj y jaden ruío con loj trajtoles y loj carroj que ce van pal campo tamién tien quejperal a que ce levante ujté?
En ejo empezó a cantal un gallo:
¡Quiquiriquííí!
El ceñol ce dio la güelta de golpe y porrado.
¿Y ezo?
Ejel gallo.
¿Tamién canta to laj mañanaj?
No. Argunoj díaj redita una poecía.
Ya ejtaba el hombre quechaba jumo.
Ujté quiere quel pueblo ce calle cuando ujté duelma, güela bien cuando ujté pacee y ce ponga bonito cuando ujté jaga afotoj.
El ceñol ce jue refunfuñando pa la cada rural.
Y laj campanaj, que llevaban cigloj uiendo tonteríaj, tolnaron a tocál, pero eza vej paició que ce reían.
No se trata solo de sonido religioso, sino de lenguaje comunitario, memoria oral, tiempo compartido y cultura popular.
Alusiones directas al habla de las campanas aparecen citadas como recuerdo escolar en el libro Leedme, niñas, de Federico Torres, y una variante atribuida en algún texto a Juan Ramón Jiménez: “Campanitas del lugar/ repicando por cualquiera…”.
Hay sonidos que no pertenecen solo al oído. Pertenecen a la memoria. Uno puede dejar de escucharlos durante años, vivir lejos, acostumbrarse al ruido de las ciudades, al tráfico, a los teléfonos, a las máquinas, y, sin embargo, basta que una campana suene desde lo alto de una torre para que algo muy antiguo se despierte dentro. No es solo metal golpeado por un badajo. Es una voz. Es una llamada. Es el pueblo hablando desde arriba, desde una torre.
La torre del campanario de Malpartida de Plasencia, vista entre las casas y las calles estrechas, no es únicamente un elemento arquitectónico. Es un punto de orientación espacial, moral y afectiva. Durante siglos, antes de que cada vecino llevara un reloj en el bolsillo y mucho antes de que los teléfonos marcaran todas las horas del día, las campanas ordenaban la vida. Decían cuándo empezaba la jornada, cuándo era mediodía, cuándo se rezaba, cuándo se comía, cuándo había fiesta, cuándo había duelo y cuándo el pueblo entero debía ponerse en pie para ayudar.
Los niños de entonces aprendíamos aquel lenguaje sin que nadie nos lo explicara. No hacía falta un manual. Las campanas hablaban y todos entendíamos. Por la mañana, anunciaban el comienzo del día, como si despertaran no solo a las personas, sino también a las calles, los corrales, las cuadras, los huertos y las faenas. Al mediodía sonaba el Ángelus, aunque en nuestra lengua doméstica y popular muchos lo llamábamos, con gracia y verdad, el toque de los pucheros, porque era la hora de volver a casa, de sentarse a comer, de oler el guiso, de reunir a la familia alrededor de la mesa.
Había toques alegres y toques tristes. El toque de misa primera sonaba distinto al de la misa mayor de domingos y fiestas. No era lo mismo una llamada sencilla de primera hora que aquel repique más solemne de media mañana, cuando el pueblo parecía vestirse de domingo. También las campanas acompañaban los bautizos, las bodas, las celebraciones, las procesiones, los entierros. Tocaban cuando alguien nacía a la vida social y religiosa del pueblo, y volvían a sonar cuando alguien se marchaba para siempre.
Por eso aquellos versos antiguos conmueven tanto:
Campanas de mi lugar,
tú me quieres bien de veras;
cantaste cuando nací,
llorarás cuando me muera.
En cuatro versos se encierra una biografía completa. La campana aparece como testigo de la vida entera, nacimiento, infancia, alegría, despedida. No habla de una persona concreta, sino de todos nosotros. Todos, de alguna manera, hemos sido llamados por las campanas del lugar donde aprendimos a mirar el mundo.
Pero había también un toque que estremecía, el de difuntos. Los mayores lo reconocían de inmediato. Los niños lo escuchábamos con una mezcla de respeto y miedo. Aquel sonido bajaba por las calles con una gravedad distinta. No era un ruido, era una noticia. Decía que alguien del pueblo había muerto, que una casa quedaba herida, que una familia empezaba el camino del duelo. En los días de Todos los Santos y de los Difuntos, los monaguillos hacían sonar repiques durante largo tiempo, y el aire parecía llenarse de una tristeza antigua, repetida, casi mineral. Las campanas no solo anunciaban la muerte; enseñaban a la comunidad a detenerse ante ella.
También existía el toque de alarma. Cuando había fuego, peligro, accidente o alguna amenaza para el pueblo, las campanas sonaban con insistencia. Aquel toque no era litúrgico, era solidario. Llamaba a los vecinos a salir de sus casas, a dejar lo que estuvieran haciendo, a acudir con cubos, herramientas, brazos, animales, carros o lo que hiciera falta. El sonido de la campana era entonces una forma de protección colectiva. Decía: “Algo ocurre. Venid. Hay que ayudar”. En esos momentos, el pueblo se reconocía como pueblo.
Hoy algunas personas se quejan del sonido de las campanas. Unas lo hacen porque les molesta el ruido; otras porque lo asocian únicamente a una expresión religiosa. Es comprensible que los tiempos cambien y que la convivencia exija respeto. Pero reducir las campanas a una molestia acústica sería empobrecer la mirada. Las campanas han sido también un patrimonio sonoro, una forma de comunicación pública, un calendario audible, una memoria compartida. Forman parte de la cultura de los pueblos tanto como las fuentes, los caminos, las eras, los nombres de las calles, las palabras antiguas o los oficios desaparecidos.
Para quienes crecimos en los pueblos las campanas conservan una fuerza difícil de explicar a los jóvenes. Nos devuelven a la infancia. Nos llevan a las mañanas claras, al olor de la lumbre, a las madres preparando la comida, a los hombres saliendo al campo, a los niños corriendo por las calles, a los domingos con ropa limpia, a los entierros silenciosos, a las fiestas esperadas, a los inviernos de niebla y a los veranos de puertas abiertas. Cada toque era una señal, pero también una emoción.
Tal vez por eso conviene hablar hoy del habla de las campanas. Porque las campanas hablaban de una manera que todos entendían. Tenían su vocabulario, su gramática, sus pausas, su intensidad. Un repique no significaba lo mismo que un doble. Una llamada urgente no era igual que una llamada festiva. Una campana sola no decía lo mismo que varias campanas juntas. El pueblo entero sabía interpretar aquella lengua de bronce.
Los jóvenes que ya no han vivido esa experiencia merecen conocerla. No para obligarlos a sentir nostalgia de un tiempo que no fue suyo, sino para ayudarles a comprender que la cultura no está solo en los libros ni en los museos. También está en los sonidos que acompañaron la vida de sus abuelos. Está en aquello que parecía cotidiano y, precisamente por eso, resultaba esencial.
Las campanas de Malpartida de Plasencia no son únicamente campanas de iglesia. Son campanas de pueblo. Han visto pasar generaciones. Han anunciado alegrías y desgracias. Han acompañado a los vivos y despedido a los muertos. Han marcado la hora de trabajar, de rezar, de comer, de acudir, de celebrar y de llorar. Durante mucho tiempo, fueron una voz común en medio de la vida común.
Y aunque hoy el mundo haya cambiado, aunque los relojes sean digitales y los avisos lleguen por pantallas, hay sonidos que siguen guardando una verdad profunda. Cuando una campana suena en un pueblo, no solo vibra el metal. Vibra la memoria. Vibra la infancia. Vibra una forma de vivir juntos.
Por eso, quienes ya somos mayores no oímos en ellas un simple ruido. Oímos una casa, una calle, una madre, una fiesta, un duelo, un domingo, una llamada urgente, una comida al mediodía, una infancia entera.
Oímos, en definitiva, el pueblo que todavía nos habla.