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Mil festivales después: ¿estamos llegando al límite?

Mil festivales después: ¿estamos llegando al límite?
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En España se celebran alrededor de un millar de festivales de música cada año. La cifra, recogida recientemente por RTVE, resulta tan espectacular como inquietante y obliga a plantearse una pregunta bastante sencilla: ¿hay público para tanto festival?

En algunas ciudades los eventos se acumulan durante los meses de primavera y verano y, en ocasiones, llegan incluso a coincidir en fechas. Este mismo año, la temporada de los grandes festivales comenzó con una circunstancia especialmente llamativa: ‘Extremúsika’ y ‘Viña Rock’ se celebraron simultáneamente, obligando a parte de su público potencial a elegir. Y quizá ahí esté una de las claves del problema. Porque el aficionado no dispone de tiempo ni de dinero ilimitados y, cuando la oferta crece más rápidamente que la demanda, alguien termina quedándose fuera.

La situación, sin embargo, está lejos de ser homogénea. Hay festivales que cuelgan el cartel de ‘sold out’ meses antes de abrir sus puertas, mientras otros anuncian su cancelación apenas unos días antes de celebrarse por no haber alcanzado una venta de entradas suficiente. Los hay caros, carísimos incluso, y también gratuitos, financiados por instituciones que utilizan la música como herramienta para atraer visitantes, dinamizar territorios poco poblados o reforzar su imagen turística.

También encontramos diferencias cada vez mayores en los propios carteles. Frente a los macrofestivales generalistas, capaces de reunir bajo una misma programación propuestas que transitan sin demasiado pudor entre el heavy metal, el indie, la música urbana y la rumba, sobreviven encuentros mucho más especializados. Festivales de black metal, doom, jazz, folk, punk o música electrónica que no aspiran a reunir decenas de miles de personas, pero sí cuentan con algo que puede resultar todavía más valioso: una comunidad fiel que espera la cita año tras año.

Quizá sean precisamente estos festivales de nicho los que mejor puedan resistir un eventual frenazo en la venta de entradas. Su público sabe qué va a encontrar y, en muchos casos, el viaje forma parte de un ritual anual. No se acude únicamente por un cabeza de cartel, sino por la identidad del evento, por el ambiente y por el sentimiento de pertenencia a una comunidad. En los grandes festivales, por el contrario, la competencia es feroz: se repiten artistas, aumentan los precios de las entradas, se disparan los gastos de alojamiento y transporte y cada nuevo cartel tiene que justificar por qué merece varios cientos de euros del presupuesto anual de un aficionado.

Entonces, ¿ha explotado realmente la burbuja de los festivales? Quizá todavía no. Los grandes nombres continúan reuniendo multitudes y algunos eventos superan año tras año sus cifras de asistencia. Pero las cancelaciones recientes indican que algo está cambiando. El público selecciona más, compara precios y comienza a exigir una personalidad propia frente a la mera acumulación de artistas.

Tal vez no estemos asistiendo al final de los festivales, sino al final de una época en la que parecía que cualquier cartel podía encontrar su público. El futuro probablemente pertenezca a quienes sepan ofrecer algo reconocible: una identidad musical clara, una experiencia cuidada, precios razonables o una verdadera vinculación con el territorio. Porque mil festivales son muchos. Y, por mucho que amemos la música, ni nuestros bolsillos ni nuestros calendarios parecen capaces de multiplicarse al mismo ritmo.

Mil festivales después: ¿estamos llegando al límite?Y, por cierto, esta semana tenemos el Alcazaba Festival en Badajoz, con Loquillo acompañado de Bulo (jueves 16), Antonio Orozco (viernes 17) y Morad acompañado de José de las Heras (sábado 18).

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