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Desde la Torre Lucía. El eclipse total de Sol de 1900, desde Plasencia

Desde la Torre Lucía. El eclipse total de Sol de 1900, desde Plasencia
Foto: Cedida
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La Torre Lucía fue testigo el 28 de mayo de 1900 del eclipse total de Sol, siendo nuestra ciudad, Plasencia, la elegida por el Observatorio Astronómico y Meteorológico de Madrid para hacer las observaciones científicas por la Comisión Oficial, tal y como se refleja en la prensa del momento y sobre todo cómo se recoge en la publicación impresa en Madrid, en el Est. Tipográfico Sucesores de Rivadeneyra, Impresores de la Real Casa, Paseo de San Vicente nº 20.

Esta publicación es la que me servirá de Guía para trasladarnos a aquel 28 de mayo que convirtió a Plasencia en auténtico epicentro de la astronomía mundial, aunque periódicos como ‘El Imparcial’, o revistas ilustradas como ‘Nuevo Mundo’ y ‘Blanco y Negro’, que publicaron reportajes fotográficos del campamento científico ubicado en Plasencia, también nos han servido para rememorar la importancia que tuvo nuestra ciudad como zona que presentaba las mejores condiciones para la observación del fenómeno.

En la primera página con texto y bajo la cabecera de “Advertencia”, firmado por Francisco Iñiguez, Director del Observatorio, manifiesta: “ En la presente publicación aspiramos tan solo a satisfacer la natural curiosidad del público y su deseo de conocer los trabajos realizados y los resultados inmediatos de la observación, haciendo llegar cuanto antes y en forma asequible a todos, una sucinta historia de los hechos”.

He subido con este libro a la Torre para resumirlo y hacer el comentario de este hecho, el gran eclipse total de Sol de 1900, que puso a Plasencia en el centro de este gran acontecimiento.

Lógicamente comenzaré por los preparativos. Conocido que la Península Ibérica sería favorecida en la tarde del 28 de mayo de 1900 con un eclipse total de Sol, preciso era para los científicos prepararse para observarlo en las mejores condiciones. Para ello el Observatorio de Madrid obtuvo un crédito de 150.000 pesetas para la adquisición de instrumentos de medida y científicos para tal ocasión. El 10 de octubre de 1899 se publicó el Real Decreto habilitando ese crédito y pudieron encargarse los instrumentos. Por supuesto, había que elegir el lugar para hacer la más perfecta observación, y les pareció que el espacio que mejores condiciones ofrecía era Plasencia por la transparencia y pureza de su atmósfera y por hallarse esta ciudad en la posición que correspondía a la máxima duración del fenómeno en España y por estar unida directamente con Madrid por vía férrea, para lo que se levantó un precioso y preciso plano de Plasencia y sus alrededores. Además la localidad elegida para la estación astronómica oficial reunía las condiciones de poseer varias colinas en su entorno de fácil acceso.

Con un teodolito de primer orden, un espectroscopio de seis prismas, un espejo metálico cóncavo y un anteojos de pasos ya poseían los científicos material para asegurar la primera parte del programa. Pero se precisaba más material que había que encargarlo en el extranjero.

En los primeros días de mayo se recibió el primer envío, conteniendo entre otros instrumentos una de las dos ecuatoriales que se habían encargado y el celostato, indispensable complemento del espectroscopio. El mal tiempo no permitió a los científicos ensayar en Madrid estos instrumentos y se dejó para hacerlo en Plasencia.

Faltaba la ecuatorial fotográfica, y llegó tan apurada de tiempo que las cajas no entraron siquiera en Madrid; desde la propia Estación del Norte fueron reexpedidas a Plasencia.

Elegido definitivamente como punto para instalar el Observatorio Oficial en Plasencia, había que fijar el punto más apropiado, para lo que se desplazaron a la ciudad el 30 de abril varios astrónomos, que sobre un plano, desde Madrid, habían elegido la montaña de Santa Barbara como el lugar más ventajoso.

Les recibió el alcalde, don Germán Silva, quien les facilitó la elección de sitio. En cuanto a la montaña de Santa Bárbara, al sur de Plasencia, a pesar de ser un terreno idóneo, se comprobó que resultaba poco práctico, puesto que suponía la necesidad de elevar el material a gran altura por caminos poco apropiados para transportar instrumentos y objetos muy delicados y pesadísimos sin necesidad de correr riesgos habiendo otros puntos previstos.

Al fin fue elegido el cerro de Berrocalillo, situado en el Oeste de la ciudad, a dos kilómetros de distancia del centro urbano. El Berrocalillo era una finca (y continúa siendo de sus herederos) propiedad de don Isidro Silos Losa, con una magnífica casa de campo, ocupada a la sazón por don Felipe Díez de la Cruz, usufructuario de ella, donde los astrónomos encontraron un generoso albergue, lo que les permitiría vivir al lado de los instrumentos, librándoles de tener que ir y venir a hospedarse en la ciudad. Se comenzó rápidamente la instalación de los aparatos, construyendo pilares de ladrillos donde se instalarían los instrumentos, al tiempo que se levantaban las tiendas destinadas a protegerlos.

Aquel mes de mayo resultó ser el más molesto y accidentado desde el punto de vista meteorológico. El cielo se cubría de nubes, las tormentas menudearon y los huracanes soplaron con violencia, temiéndose por los instrumentos, dado que un golpe de viento, derribando las tiendas, les podrían producir averías fatales. Los días pasaban sin dejar ver el sol y las noches sin poder enfilar ni una sola estrella; toda la península se encontraba bajo la influencia de una fuerte depresión atmosférica. Esto era la desesperación de los astrónomos, lo que les llevó casi al desaliento.

Sin embargo, a partir del 14 de mayo la climatología se calmó, cesaron las lluvias, las nubes se disiparon y fue ya posible hacer los ajustes que necesitaban los instrumentos de observación.

Faltaba todavía por llegar una ecuatorial fotográfica, que arribó a Bilbao con retraso desde Inglaterra y gracias a las Compañías de los Ferrocarriles del Norte y de la M.C.P. (Madrid, Cáceres, Portugal), logró llegar a Plasencia a tiempo.

Se instalaron los instrumentos, con gran animación de curiosos que se desplazaron desde la ciudad a Berrocalillo. Solo faltaba que en la fecha prevista, 28 de mayo, amaneciera un buen día. Las previsiones eran cada día más satisfactorias, los días eran deslumbrantes de luz y las noches verdaderamente espléndidas. La transparencia de la atmósfera era tal como la habían previsto los astrónomos en este punto geográfico, en Plasencia.

Pero no solo estaban en Berrocalillo los científicos españoles; también instaló allí su observatorio la Sociedad Real de Dublín. Es imposible describir el aspecto que en Berrocalillo ofrecían aquellos instrumentos ‘primorosos’, contrastando con lo agreste del lugar. También se había instalado un servicio fotográfico que inmortalizaría todo este trajín y movimiento alrededor de la casa de campo de la finca donde se estableció el campamento.

Además de los irlandeses fueron muchos los astrónomos extranjeros que vinieron a este punto, Plasencia, por ser el mejor para observar el eclipse total de Sol. El 27 de mayo, entre otros, llegó el superintendente del Nautical Almanach de Londres, Mr. Downing, acompañado de su esposa, los cuales se hospedaron en el palacio del Marqués de Mirabel, puesto incondicionalmente por su dueño a disposición del Observatorio.

Al anochecer del 27 hubo una reunión general de todo el personal del Observatorio y agregados. Curiosamente destacó el dato que para verificar las observaciones meteorológicas durante el eclipse se encargó al director del Colegio de Plasencia, don Maximino Martínez Cuesta, que voluntariamente se había ofrecido.

El 28 de mayo, lunes, amaneció espléndido. Hacia el mediodía aparecieron entonces dos o tres manchas de cirros de muy poca extensión; uno de ellos avanzaba hacia el sol y se temió que si continuaba pudiera comprometer el éxito de las observaciones, pero afortunadamente poco después de comenzar el eclipse desaparecieron del todo y el cielo recobró la absoluta limpieza que había tenido toda la mañana.

Todo estaba preparado y las gentes acudían a los cerros cercanos, y un cordón de 30 guardias civiles mantenía desde la una de la tarde al público a la distancia convenida del Observatorio.

A la una y media llegó al Berrocalillo el señor gobernador, y entre los acompañantes dentro del recinto del Observatorio se encontraba el astrónomo extremeño señor Roso de Luna. A las dos y dieciocho minutos de la tarde se advirtió a los astrónomos y auxiliares que faltaban cinco minutos para que comenzara el fenómeno que les había congregado allí y cada uno se puso a su tarea. El primer contacto se produjo a las 2h 23m 46s, y la finalización del fenómeno a las 4h 50m 51s.

Comenzado el eclipse, a medida que la sombra de la luna iba avanzando sobre el disco solar, se sentía crecer la animación en el numeroso público que rodeaba el Observatorio, y eso contrastaba con el silencio imperante alrededor de los instrumentos. Sin embargo, cuando el eclipse total llegó a su punto álgido, instantáneamente cesaron los murmullos y la multitud de curiosos enmudeció subyugada por el aspecto imponente de la corona solar. El sol desapareció en pleno día. De nuevo los gritos del público anunciaban que el eclipse total terminaba y volvía la luz.

Así pasó aquel día memorable que traigo a colación porque 126 años después vamos a ser testigos de otro eclipse total de Sol; será el 12 de agosto, siendo la franja donde se verá en España la que pasa por Galicia, Asturias, Navarra, Aragón y las Islas Baleares. Tendrá lugar al atardecer del miércoles 12 de agosto, a las 20.30 horas, y en esta ocasión en Plasencia solo tendrá característica de eclipse parcial.

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