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Alcazaba Festival: tres noches, tres públicos y una misma ciudad

Alcazaba Festival: tres noches, tres públicos y una misma ciudad
Foto: Alfonso Vázquez
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Hay festivales construidos alrededor de un género musical y otros que encuentran su personalidad precisamente en la diversidad. El Alcazaba Festival pertenece a este segundo grupo. Durante tres noches consecutivas, el recinto monumental de Badajoz acogió propuestas, generaciones y maneras muy diferentes de entender la música. ‘Loquillo’, Antonio Orozco y Morad encabezaron una octava edición que volvió a confirmar la consolidación de esta cita dentro del calendario cultural del verano pacense.

Más allá de los nombres y las cifras, una de las características del festival continúa siendo su carácter cercano. No estamos ante uno de esos grandes encuentros en los que el público permanece durante varios días dentro de un recinto aislado. Aquí se llega caminando desde la Plaza Alta, se atraviesa el casco antiguo, se cena en los alrededores y se encuentran conocidos antes de entrar. La música se integra durante unas horas en la vida de la ciudad y convierte los Jardines de la Alcazaba en un lugar de reunión para públicos que probablemente no coincidirían en otro festival.

La primera noche estuvo dedicada al rock. Antes de que ‘Loquillo’ ocupara el escenario, los extremeños ‘Bulo’ fueron los encargados de abrir la edición. Loren, Woody y el resto de la formación, surgida alrededor de algunos de los músicos que acompañaron a Robe en su última etapa, parecen resistirse a abandonar los escenarios. Y hacen bien. Su actuación dejó ver que existe todavía un camino propio por recorrer, pero estuvo también atravesada por la memoria. Con ‘El temporal’ recordaron a Gene García, fallecido pocos días antes. Fue un homenaje sencillo, desde el lugar que probablemente mejor podía representar su trayectoria: un escenario. Mientras todavía entraba público en el recinto, el aplauso fue creciendo y convirtió el inicio del festival en una despedida colectiva a una de las voces más reconocibles de la música extremeña.

Alcazaba Festival: tres noches, tres públicos y una misma ciudad
Foto: Alfonso Vázquez

Después llegó ‘Loquillo’. A estas alturas resulta difícil separar sus canciones de la memoria musical de varias generaciones. El concierto comenzó con ‘Las calles de Madrid’ y avanzó por temas como ‘Línea clara’, ‘María’, ‘Creo en mí’, ‘El hombre de negro’ o ‘Salud y rock and roll’. A mitad del recorrido, ‘El rompeolas’ terminó de levantar a un público que había acudido, en buena medida, para reencontrarse con canciones incorporadas desde hace años a su propia biografía.

Sin embargo, el concierto no funcionó únicamente como un ejercicio de nostalgia. ‘Loquillo’ conserva una manera muy concreta de ocupar el escenario y de entender la relación entre el cantante, la banda y quienes están al otro lado. Antes de interpretar ‘Rock and Roll Star’ recordó que aquella canción había sonado por primera vez en el otoño de 1979. La referencia permitía tomar conciencia del tiempo transcurrido, pero también de la extraordinaria permanencia de un repertorio que sigue encontrando respuesta varias décadas después.

Más tarde, tras ‘El ritmo del garaje’, recordó, como viene haciendo habitualmente, que el público tenía su banda de rock and roll en español, y que eran ellos. Presentó por tanto a los músicos que lo acompañaban como la banda de rock en español de todos los presentes. No parecía una fórmula protocolaria, sino una manera de compartir el protagonismo y recordar que detrás del nombre existe una formación con entidad propia. Loquillo tampoco dudó en bajar al foso para cantar lo más cerca posible de las primeras filas.

El final llegó sin prisas. Fueron apareciendo ‘La mataré’, ‘Feo, fuerte y formal’ y ‘Cadillac’, mientras el cantante concedía a cada músico su momento de reconocimiento. En tiempos de espectáculos medidos al segundo, aquella despedida pausada reforzó la sensación de haber asistido a un concierto de rock entendido todavía como una experiencia colectiva, más allá de la sucesión de canciones.

Alcazaba Festival: tres noches, tres públicos y una misma ciudad
Foto: Alfonso Vázquez

La segunda noche cambió por completo el tono y también el paisaje humano del recinto. Antonio Orozco logró el lleno de la edición con La gira de tu vida. Familias enteras y generaciones distintas compartieron un concierto en el que la música apenas dejó espacios vacíos: cuando no cantaban el artista y su banda, era el público quien prolongaba las canciones.

Desde ‘Lo que tú quieras soy’ hasta ‘Te esperaré’, pasando por ‘Devuélveme la vida’ o ‘Temblando’, Orozco construyó una actuación intensa, aunque siempre desenfadada y cercana. La chaqueta con la inscripción ‘Una mijina de amor’ fue una pequeña declaración de complicidad con Extremadura y una muestra del tono con el que afrontó la noche.

El concierto tuvo también momentos que superaron el marco puramente musical. Sin detener el ritmo del espectáculo Orozco habló de salud mental, de la necesidad de pedir ayuda y de la importancia de dejarse acompañar. Su intervención evitó las grandes consignas y puso el acento en algo aparentemente sencillo, pero todavía difícil para muchas personas: reconocer que el silencio no siempre protege y que pedir apoyo no constituye una muestra de debilidad.

La cercanía se hizo todavía más evidente hacia el final. Después de dirigirse al público con un espontáneo “Te como la cara, Badajoz”, sacó el teléfono y llamó a su madre en pleno concierto. La conversación terminó provocando las carcajadas de la Alcazaba y una defensa entusiasta del jamón de bellota. El gesto podía parecer improvisado, pero encajaba bien en una noche que había avanzado entre la emoción y el humor, sin levantar demasiadas barreras entre el escenario y quienes llenaban el recinto.

El cierre, con canciones como ‘Mi héroe’, tuvo un tono especialmente emotivo ante el anuncio de que el artista se retirará temporalmente de los escenarios. Quizá pasen algunos años antes de que vuelva a actuar en Extremadura, y esa posibilidad añadió un matiz agridulce a la despedida. No fue únicamente el final de un concierto, sino un agradecimiento mutuo entre un músico y un público con el que mantiene una relación especialmente estrecha.

La tercera noche volvió a transformar por completo el ambiente. La media de edad descendió de manera visible y la Alcazaba se llenó de grupos de jóvenes que esperaban a Morad. Algunos acudían solos; otros, acompañados por padres que permanecían en las barras o se acercaban a las primeras filas mientras sus hijos cantaban, grababan y reclamaban la atención de su ídolo. La estampa resumía bien el carácter intergeneracional del festival, aunque esta vez los códigos musicales pertenecieran claramente a los más jóvenes.

Alcazaba Festival: tres noches, tres públicos y una misma ciudad
Foto: Alfonso Vázquez

El DJ extremeño José de las Heras fue el encargado de preparar el ambiente. Su sesión estuvo atravesada por la inminente final del Mundial que España disputaría frente a Argentina. No dudó en agitar la bandera española, animar al público y grabar incluso un mensaje dedicado a Cucurella. El fútbol se incorporó así durante unos minutos a la celebración musical y anticipó un fin de semana en el que la Alcazaba iba a funcionar también como espacio de encuentro colectivo.

Alcazaba Festival: tres noches, tres públicos y una misma ciudad
Foto: Alfonso Vázquez

Morad apareció después ante un público que conocía sus versos y acompañaba desde el primer momento cada una de sus rimas. Llegaba a Badajoz convertido en uno de los principales referentes del movimiento MDLR (Modo de la Calle) y con una proyección que hace tiempo desbordó el ámbito nacional. Canciones como ‘Sigue’, ‘SEYA’, ‘Se grita’, ‘Pelele’, ‘Lo que tiene’ o ‘Manos rotas’ encontraron una respuesta inmediata.

Con una bandera extremeña sobre los hombros, lanzada desde el público, fue narrando historias construidas entre la esperanza y la desesperanza, la pertenencia al barrio, la amistad, la desconfianza y la voluntad de avanzar. Tras interpretar ‘Lamine’, dedicado al futbolista de la selección española, evitó aventurar un resultado, pero sí pidió apoyo para el equipo nacional ante la final del día siguiente.

Puede que para una parte del público adulto el lenguaje de Morad resulte distante. Sin embargo, basta observar lo que sucede alrededor para comprender su capacidad de conexión. Sus canciones representan experiencias y preocupaciones en las que muchos jóvenes se reconocen y que rara vez encuentran espacio en otros discursos culturales. La música vuelve a funcionar como una forma de identificación colectiva, aunque cambien los estilos, las palabras y las formas de participar.

Alcazaba Festival: tres noches, tres públicos y una misma ciudad
Foto: Alfonso Vázquez

En tres días, el Alcazaba Festival reunió así a segmentos de público claramente diferenciados. La primera noche apeló a quienes han construido una parte de su memoria alrededor del rock español. La segunda reunió a familias y seguidores atraídos por la dimensión emocional de Antonio Orozco. La tercera perteneció a una generación más joven que convirtió la fortificación en su propio espacio de celebración. La programación musical tuvo todavía una prolongación el domingo, cuando la misma pantalla empleada durante los conciertos permitió seguir la final del Mundial. Cerca de 8.000 personas se reunieron en el recinto, elevando a casi 25.000 la asistencia acumulada durante el conjunto del fin de semana. El festival y el partido terminaron integrándose dentro de una misma experiencia urbana, prolongando la ocupación cultural de los jardines más allá de los conciertos.

Existe también una parte menos visible, pero imprescindible, detrás de estos acontecimientos. Durante las tres jornadas musicales el dispositivo de Cruz Roja atendió 21 incidencias, resueltas casi todas ellas en el propio recinto. Además, 14 personas utilizaron el servicio de desplazamiento para movilidad reducida y el acompañamiento de los voluntarios de Fundación ONCE hasta la plataforma habilitada. Son datos que hablan de organización, pero también de la necesidad de que los grandes eventos culturales avancen en accesibilidad e inclusión. La principal fortaleza del Alcazaba Festival quizá no resida únicamente en atraer a grandes nombres. Su singularidad se encuentra también en la capacidad de reunir públicos muy distintos sin obligarlos a compartir una misma identidad musical. Cada noche parece comenzar de nuevo, con otro ambiente, otras edades y una manera diferente de relacionarse con el escenario.

Durante un fin de semana, la Alcazaba fue templo de la música, espacio para la emoción y punto de encuentro de un público que encontró allí su propio lenguaje. Tres noches, tres públicos y una misma ciudad capaz de reconocerse, aunque fuera de formas distintas, en cada uno de ellos.

Alcazaba Festival: tres noches, tres públicos y una misma ciudad
Foto: Alfonso Vázquez

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