Aunque no hay un porcentaje único y universal de personas a las que les gusta el calor, sí se puede observar una tendencia general a preferir el sol intenso del verano a los fríos días del invierno.
Las personas amantes de la lluvia, la niebla, el viento… es como si fuese una rareza. Hoy diré que yo soy una de esas personas raras que habitan por el mundo; me gustan los paisajes grises y melancólicos, y saborear una taza de café caliente mientras los cristales muestran el frío del exterior.
A pesar de que los días oscuros pueden producir un poco más de recogimiento interior, hay un montón de ventajas que el frío aporta a nuestro cuerpo y mente. Un estudio realizado en 2017 en la Universidad de Oxford concluyó que pensamos de manera más resolutiva, tranquila y racional a baja temperatura que a alta; resultados similares a un estudio de 2013, que afirmaron que el clima cálido no solo perjudica la capacidad de tomar decisiones complejas, sino que también provoca ser más reticentes a comprometerse con la elección tomada. Pero no hace falta que pasemos frío para mejorar nuestra capacidad cognitiva; el simple hecho de mirar fotografías invernales provoca que nuestro cerebro funcione con más rigor.
Una disminución de la temperatura de forma sensata puede llegar a ser relajante y reducir la sensación de estrés. De hecho, si aplicamos frío en el cuello, se activa el sistema nervioso parasimpático (relajante), consiguiendo reducir y estabilizar el ritmo cardiaco. Recuerdo una anécdota con un paciente que me hizo una llamada urgente desde Carrefour; había empezado a sudar, temblar… eran los típicos síntomas de una crisis de ansiedad, y, entre otras pautas sugeridas, le dije: “paséate por el pasillo de los refrigerados”. Pasado un tiempo, me envió un nuevo mensaje diciéndome que estaba mucho mejor. El impacto relajante y restaurador le ayudó a reducir los niveles de cortisol, la hormona del estrés.
El frío, con moderación, es beneficioso para las funciones mentales. Se memoriza mejor en días nublados. También en invierno nuestra grasa parda (que genera calor para ayudar a mantener la temperatura corporal) entra en acción y mejora la resistencia. En torno a los 16ºC se queman calorías más rápido, ya que es necesario mantener el equilibrio térmico.
Cuando estamos a baja temperatura disminuye la sudoración, con lo cual el corazón trabaja menos y nuestro cuerpo actúa de manera más eficiente. El frío reduce la inflamación, alivia el dolor y mejora la circulación sanguínea de la piel. Actúa como un tratamiento natural contra el envejecimiento prematuro, aportando una apariencia más firme y saludable. Además, mejora la calidad del sueño, ya que el cuerpo entra en un estado de descanso más profundo y reparador.
Aunque el calor o el frío siempre será una cuestión de gustos y preferencias, si apreciamos este último como algo positivo y como una oportunidad tanto para cuidar nuestra salud como para hacer cosas que en otra estación no haríamos, lograremos abrazar el invierno y no verlo como un desafío.