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Aulas para todos, aulas con todos. La neurodiversidad también vuelve al cole

Aulas para todos, aulas con todos. La neurodiversidad también vuelve al cole
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Anuncia Maján

Mientras escribo estas líneas escucho en la calle el bullicio de niños y niñas que juegan en el parque. Corren, discuten, pactan, se enfadan un momento y vuelven a empezar. Es la infancia en movimiento: imperfecta, luminosa, llena de aprendizaje incluso antes de entrar en clase.

En unos días, esos mismos niños y niñas regresarán a las aulas. Allí aprenderán Matemáticas, Lengua, Ciencia o Historia, pero también algo que no cabe en un temario y que resulta decisivo para la vida: convivir con otros. Con compañeros y compañeras que no siempre aprenden igual, que no se comunican del mismo modo, que necesitan otros tiempos, otros apoyos o una mirada distinta.

De eso hablamos cuando hablamos de aulas neurodiversas. No hablamos de diagnósticos puestos en una lista ni de siglas frías (TEA, TDAH, dislexia u otras dificultades de aprendizaje), sino de niños y niñas concretos, con nombre, historia, familia, carácter, talentos y necesidades. Menores que tienen derecho a aprender y a participar junto a sus compañeros, sin quedar definidos por aquello que les cuesta.

Coincidiendo con el inicio de curso, la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria ha defendido la necesidad de avanzar hacia modelos educativos inclusivos. Su mensaje es claro; la diversidad en la forma de aprender, comunicarse o relacionarse no debe entenderse como un problema sino como parte de la variabilidad humana. Y una escuela que comprende esa diversidad es una escuela mejor para todos.

La pediatra de Atención Primaria Beatriz Fernández Prudencio, miembro de la Asociación, lo resume con una idea sencilla y poderosa: un aula neurodiversa beneficia a todo el alumnado, no solo a quienes requieren apoyos específicos. Porque compartir espacio con quien procesa la información de otra manera enseña empatía, tolerancia, colaboración y resolución de conflictos. Enseña, en definitiva, ciudadanía.

Conviene explicarlo bien; inclusión no significa que todos los niños y niñas tengan que aprender de la misma forma, al mismo ritmo y con los mismos recursos. Significa que el sistema educativo debe ser capaz de ofrecer los apoyos necesarios para que cada menor pueda participar, avanzar y sentirse parte del grupo.

Ahí resulta clave la coordinación entre familias, docentes y profesionales sanitarios. El pediatra de Atención Primaria ocupa una posición privilegiada para observar el desarrollo infantil a lo largo del tiempo, detectar señales de alerta relacionadas con el aprendizaje, la comunicación, la atención o la conducta, orientar a las familias y facilitar el contacto con otros recursos.

Pero el diagnóstico, cuando llega, debe ser una herramienta y no una condena. Un niño con TDAH no es “el inquieto”; una niña con dislexia no es “la que lee mal”; un menor con autismo no es un problema que encajar en el aula. Son niños y niñas que necesitan estrategias adaptadas para desplegar sus capacidades y ejercer su derecho a la igualdad de oportunidades.

La Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria llama especialmente la atención sobre el infra diagnóstico en las niñas. Aunque algunos estudios muestran una prevalencia mayor en niños, los profesionales advierten de que muchas niñas pueden pasar desapercibidas porque sus dificultades se expresan de otra manera, se enmascaran mejor o se interpretan tarde.

Por eso es tan importante repetirlo: hablamos de niños y niñas. De ambos. De quienes interrumpen porque no pueden esperar y de quienes callan mientras intentan no llamar la atención. De quienes necesitan moverse para concentrarse y de quienes hacen un esfuerzo enorme por seguir una explicación que no está pensada para su forma de aprender. La escuela inclusiva debe mirar también ahí, donde las dificultades no siempre hacen ruido.

Al final, la pregunta no debería ser cuántos niños y niñas ‘encajan’ en el aula, sino qué aula somos capaces de construir para que todos puedan estar, aprender y crecer. Porque detrás de cada diagnóstico hay una infancia. Y detrás de cada infancia debe haber una escuela preparada para acompañarla.

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