Celia Romero es una de esas voces que parecen surgir directamente del alma de la tierra. Desde su Herrera del Duque natal, ha llevado el flamenco extremeño a multitud de escenarios, convirtiendo cada cante en una declaración de amor por sus raíces. La intensidad de su interpretación y la naturalidad con la que se entrega al público hacen de ella una artista que no solo canta, sino que transmite una verdad profunda y sencilla.
Su trayectoria está marcada por la precocidad del talento y la madurez del sentimiento. A los 16 años se alzó con la Lámpara Minera, convirtiéndose en la ganadora más joven del prestigioso certamen de La Unión, y desde entonces no ha dejado de crecer con la humildad que define a quienes entienden el arte como vocación y camino. Cada paso, cada escenario y cada palo son para ella un aprendizaje que honra la esencia del flamenco tradicional y abre espacio a nuevas emociones.
Hoy, Celia Romero es la voz de una generación que siente y defiende el flamenco con respeto, compromiso y autenticidad. Su cante encarna la unión entre Extremadura y el mundo, entre lo antiguo y lo que está por venir, entre la herencia familiar y el pulso propio de una artista que ha hecho del flamenco su forma de vida, su refugio y su lenguaje más sincero.

¿Cuándo y cómo comenzó tu relación con el flamenco?
Mi relación con el flamenco comenzó desde muy pequeña, en un entorno donde la música y la tradición formaban parte de la vida cotidiana. Mi familia siempre me apoyó y me transmitió el amor por nuestras raíces musicales, lo que sin duda fue una influencia determinante.
¿Eres consciente de ese momento que te hizo decidir que te ibas a dedicar para siempre al flamenco?
Siempre fue algo muy natural que avanzaba de forma progresiva con mucho trabajo y esfuerzo, hasta que se convirtió en mi forma de vida.
¿Sientes que tus raíces de Herrera del Duque influyen de alguna manera en tu forma de vivir el flamenco?
Sin duda. Crecer en Herrera del Duque me ha marcado profundamente. La calma de mi tierra, su gente y sus tradiciones me han enseñado a interpretar el flamenco desde la sinceridad y la humildad, y eso se refleja en cada cante y en la forma de ser.

¿Se nace con duende o es posible ir creándolo con el tiempo?
Creo que el duende es una combinación de talento innato, sensibilidad y trabajo constante. Se puede cultivar con dedicación y experiencia, pero también hay algo intangible, un fuego interno, que algunas personas traen consigo desde el nacimiento.
Siendo casi una niña fuiste la ganadora más joven de la Lámpara Minera, con 16 años. ¿Cómo recuerdas aquel certamen y qué pensaste cuando concluyó?
Lo recuerdo con una mezcla de emoción y responsabilidad. Ganar a esa edad fue un regalo y, al mismo tiempo, un compromiso con el arte. Fue un momento que reafirmó mi vocación y me motivó a seguir creciendo como cantaora.
¿Cómo ha cambiado tu percepción del flamenco desde que ganaste la Lámpara Minera?
Con el tiempo he aprendido a valorar aún más la riqueza del flamenco, su historia y su diversidad. Ganar la Lámpara Minera me abrió puertas, pero también me enseñó que el aprendizaje y la humildad son permanentes.
¿Qué balance haces de estos 15 años desde entonces? ¿Has llegado donde querías?
El balance es muy positivo. He podido compartir mi arte en escenarios nacionales e internacionales, y cada experiencia me ha enriquecido. Siempre hay metas por alcanzar, pero me siento afortunada de lo recorrido.
¿Con qué palos te identificas, con cuáles te sientes más cómoda?
Me siento especialmente cómoda con cantes profundos como la soleá o la seguiriya, donde puedo expresar la intensidad del sentimiento. Cada palo tiene su belleza, y mi objetivo es respetarlos y transmitir su esencia.
Tu guitarrista es tu sombra en el arte; ¿cómo saca lo mejor de ti y cómo sientes que te arropa en el escenario?
Mi guitarrista es fundamental; su sensibilidad y complicidad me permiten sentirme segura sobre el escenario. Además, el equipo que me rodea, desde la percusión hasta la producción, crea un entorno en el que puedo concentrarme plenamente en el cante.

¿Cuál es la mayor incertidumbre a la que te enfrentas en tu carrera artística?
La mayor incertidumbre siempre es mantener la autenticidad en un entorno que cambia rápidamente. Cada proyecto implica riesgos, pero también oportunidades de crecimiento.
¿Cuáles son tus artistas referentes a nivel personal, más allá de lo profesional, que te emocionan en privado?
Admiro a artistas que, además de su talento, transmiten humanidad y pasión; personas que mantienen su esencia y nos recuerdan que el arte es también un vehículo de emociones profundas.
¿Qué sueñas para tu porvenir, qué cantes nuevos te llaman?
Sueño con seguir explorando el flamenco y encontrar nuevos matices que emocionen al público. Me atraen los cantes que desafían y permiten evolucionar, sin perder la raíz.

¿Qué opinas de la fusión del flamenco con toques más modernos?
Creo que el flamenco puede dialogar con otros estilos sin perder su esencia. La fusión, cuando se hace con respeto, puede acercar el arte a nuevas generaciones y enriquecerlo.
¿Y de festivales como el Badasom, que trenza lazos entre las raíces extremeñas y las portuguesas?
Son fundamentales. Fomentan el intercambio cultural y permiten que el flamenco extremeño se proyecte más allá de nuestras fronteras, mostrando la riqueza de nuestras tradiciones.
Te recordamos en el Teatro de Mérida colaborando con Acetre, y en otra ocasión cantando el himno de Extremadura. ¿Qué importancia tiene el escenario en tus actuaciones?
El escenario es el espacio donde la emoción se convierte en experiencia compartida. Cada actuación requiere conexión con el público, y la energía que se genera allí es única.
En ese sentido, ¿qué diferencia hay entre actuar en una peña extremeña y en festivales internacionales o escenarios masivos?
Cada espacio tiene su magia. En las peñas se percibe la cercanía y la complicidad directa; en grandes escenarios, la responsabilidad y la proyección del arte son mayores, pero la emoción sigue siendo la misma.

¿Cómo se le explica a alguien ajeno al flamenco qué es el duende y por qué es un arte tan especial?
El duende es la emoción que trasciende la técnica. Es lo que hace que un cante te llegue al alma, que te estremezcas y sientas algo que no se puede explicar, solo vivirse. Eso es lo que hace único al flamenco.
¿Qué significa Extremadura para ti en lo personal, más allá de los escenarios?
Extremadura es mi hogar, mi raíz y mi refugio. Es el lugar que me da calma, inspiración y fuerza, y siempre lo llevo conmigo, incluso cuando estoy lejos.
¿Qué aficiones fuera del flamenco te recargan?
Disfruto de la naturaleza, la lectura y momentos sencillos en familia. Son pequeños espacios que me permiten desconectar y volver con más energía a mi arte.
El flamenco extremeño late fuerte. ¿Cómo ves su futuro?
Veo un futuro esperanzador, lleno de jóvenes talentos que respetan la tradición y que, al mismo tiempo, buscan innovar. La clave está en mantener la esencia mientras se abre camino a nuevas generaciones.
¿Y qué consejo le darías a una niña que sueña con cantar flamenco?
Le diría que persevere, que escuche mucho, que sienta profundamente y que nunca pierda la humildad. El flamenco es pasión, respeto y entrega; quien lo ama de verdad encontrará su camino.
