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Conversatorios de la mesa de Navidad (II)

Conversatorios de la mesa de Navidad
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Venimos de unas fechas que se pasan acompañados, se visita a los queridos o incluso se retoman relaciones un poco abandonadas. El caso es que socializamos más y eso siempre es fuente de intercambio de información… a veces más afortunada que otras. “La información os hará libres”, decían. Pues no sé si andamos mucho mejor que cuando ardió la biblioteca de Alejandría, pero en fin, eso da para otro día. Vamos a lo de hoy, que me liais; hablemos de algunos de esos tópicos, bromas, confusiones, llamémoslo como queramos según la situación, pero que conviene aclarar cuando luego volvemos al mundo real de abrir una botella en otra situación.

Un clásico dentro de estos temas suele ser que “si te quieres emborrachar menos, bebe blanco”. Vamos a usar este pretexto para explicar algunas cosas. Es cierto que la mayoría de los vinos blancos (hablando en general, con lo que ello conlleva) que podemos encontrar tienen algún grado menos que los tintos, en general. Pero esto no depende de que sean de un color o el otro, sino del clima, la variedad de uva utilizada, el método de elaboración… Por poner un ejemplo, si abrimos un tinto de una zona noreuropea puede fácilmente tener menos grados que un blanco de la cálida Península Ibérica, simplemente porque la uva allí madura menos, produce menos azúcares y por ello genera menos alcohol. Así que mejor no perder la cuenta de las copas que nos tomamos en vez de mirar el color.

“Mejor siempre un vino viejo”. Hemos hablado de que cómo sale o sabe un vino depende del clima, de la variedad de uva, de la manipulación que de ella se haga… Por tanto, habrá algunos de ellos que estén listos para consumirse recién terminados en bodega y otros que requieran un proceso de crianza, de maduración… Y la diferencia no es que vaya a haber una mayor o menor calidad, sino que conforme a ese clima, uva, etc. vamos a obtener sabores y aromas diferentes, que en unos momentos nos gustarán más unos y en otros momentos otros. En las comidas de las navidades pasadas puede que a alguno de los platos, por ejemplo muy graso, le pegara mejor un vino joven, con una astringencia algo mayor y unos aromas más afrutados, en oposición a los taninos más puliditos, suaves y los aromas más ahumados o especiados que puede dar un vino viejo.

Pero, sin duda, una de las situaciones más chulas es aquella en la que tenemos entre manos una botella de espumoso, nos damos cuenta de que nos hemos venido arriba y la hemos abierto demasiado tarde, y se nos queda casi entera. Se produce entonces una escena entrañable, en la que alguien da la sensación de que si tiene la solución a eso es capaz de tener la solución a todos los males; alguien que suelta lo de “métele una cucharilla, que así no se escapa el gas”. No está de broma ni se está intentando quedar contigo; según esa técnica, la forma de la cuchara hace que el gas forme remolino y le resulte más difícil escapar al exterior; también se dice que al meterlo en la nevera, el metal enfría más esa zona impidiendo que el gas salga por temperatura. Podríamos seguir, pero esto os puede servir para amenizar cualquier reunión de amigos un rato y terminar la noche con unas risas, porque lo que es base científica o empírica… mejor terminarse la botella esa noche. ¡Salud!

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