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El dilema del ciempiés

El dilema del ciempiés
Foto: Amparo García Iglesias

A diario realizamos y creamos patrones de conductas que requieren un mínimo de recursos atencionales para ser ejecutados. Respirar, caminar, nadar, escribir… lo hacemos de manera instintiva.

El dilema del ciempiés se remonta a un poema corto del siglo XIX que se atribuye a Katherine Craster; es un concepto utilizado para ilustrar la paradoja de la reflexión consciente sobre acciones automáticas y da nombre a un hecho psicológico, el ‘efecto ciempiés’.

Un ciempiés subía y bajaba con gran agilidad entre las ramas de los árboles cuando apareció un animalito del bosque que le preguntó cómo coordinaba tan armoniosamente el movimiento de cada una de sus patas para caminar correctamente. La reflexión consciente del ciempiés sobre una acción automática le hizo sentirse torpe e inseguro y, encontrándose en un dilema y lleno de dudas, cayó desconcertado al suelo sin saber cómo volver a ponerse en marcha.

La pérdida del automatismo o hacer consciente una tarea, queriendo saber cómo la realizamos, puede conseguir que perdamos el control y olvidemos cuál es su funcionamiento.

Como ejemplo podemos poner a aquellas personas que son muy buenas en algún tipo de deporte, o a quienes tienen talento para tocar el piano; es difícil explicar paso a paso cómo se coordinan los dedos o se leen las partituras, es algo que se va internalizando a través de la práctica y los años de experiencia hasta convertirse en una habilidad automática, y difícilmente podremos descomponerlo en pasos lógicos y coherentes.

Si recordamos cuando aprendimos a montar en bicicleta, los primeros días necesitábamos tener atención plena en las diferentes acciones: las manos en el manillar, guardar el equilibrio corporal, controlar la velocidad… Otro ejemplo es que, cuando aprobamos el carné de conducir, prestábamos atención al cambio de marchas, al sonido del motor para soltar o presionar el pedal de embrague… pero a base de repeticiones esta cadena de conductas de cierta complejidad se fue automatizando, hasta apenas requerir un mínimo de atención.

Después de mucha práctica y manteniendo atención plena en lo que estamos haciendo, pasamos de la competencia consciente a la competencia inconsciente, y podemos realizar la actividad adquirida y a la vez charlar con alguien, mirar el paisaje…

La metáfora del dilema del ciempiés nos enseña que hay ciertos conocimientos o habilidades que están muy arraigados en nuestra experiencia, y que un razonamiento demasiado analizado de tareas que ya tenemos automatizadas puede afectar negativamente al resultado.

Aunque siempre se debe aspirar a seguir aprendiendo, si algo lo hacemos de forma correcta de manera que no haya que romper el automatismo para reiniciar el proceso y reaprender de nuevo, debemos dejarnos llevar por nuestra maestría, dejar de sobrepensar cómo lo estamos haciendo y confiar en nuestras capacidades y experiencia.

Por tanto, ¡No pienses tanto y solo hazlo!

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