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Dicen (y no es un tópico vacío) que un buen paseo y una conversación fecunda pueden convertirse en alimento para la ilusión. Si ese paseo discurre en una tarde templada de primavera por el centro de Badajoz y la charla se comparte con personas a las que una puede llamar, sin reservas, ‘buena gente’, el resultado no es solo grato, es memoria duradera. De esas que se quedan.
Hay lugares (y hay personas) que dejan una huella silenciosa pero constante. Fundación Caja Badajoz es uno de esos espacios donde lo positivo parece arraigar con naturalidad. Nos recibe, en esta ocasión, el edificio de la calle Montesinos 22, hoy convertido en un vigoroso motor cultural de Extremadura, un enclave que respira actividad y compromiso.
Es allí donde se produce el encuentro. Frente a frente dos nombres que, en realidad, funcionan como una sola expresión. Más que dos personas, un tándem. Durante más de una década han sido impulso y sustento de la Fundación, desde su nacimiento en 2013, recogiendo el testigo de la recordada obra social de Caja de Badajoz. Hablamos de Emilio Vázquez Guerrero y Emilio Jiménez Labrador. En la ciudad basta decir ‘los Emilios’.
La conversación arranca con definiciones sobrias, casi desarmantes. Emilio Vázquez se presenta sin artificios: “un simple ciudadano de Badajoz que siempre ha trabajado en lo que más le gusta, que es estar con la gente”. Frente a él, Emilio Jiménez subraya el paso del tiempo como guía vital: “un ciudadano común, que sabe que el tiempo es finito y hay que aprovecharlo”.
Sus trayectorias hacia la Fundación confluyen desde lugares distintos. Emilio Vázquez recuerda su llegada desde el último consejo de administración de Caja de Badajoz, donde representaba a la Real Sociedad Económica de Amigos del País. “El presidente, Francisco García Peña, me propuso asumir la presidencia de la futura Fundación. Yo no estaba alineado con ninguna tendencia política del consejo y todos me respetaban. Me hicieron presidente sin mayor mérito por mi parte”, explica con naturalidad. Emilio Jiménez, en cambio, habla desde la continuidad: “más que llegar, nací con ella”. Vinculado a la Caja desde 1984, vivió la transformación de las entidades de ahorro hasta desembocar en la Fundación, que dirige desde sus inicios. “Ahí hemos estado 13 años”, resume.
Toda institución nace con propósitos. Y toda trayectoria invita al balance. Emilio Vázquez lo tiene claro: “muchos, muchísimos se han cumplido”. La nueva sede sigue siendo la gran asignatura pendiente, aunque no sin avances: “hemos colocado la primera piedra en el casco antiguo, contribuyendo a su rehabilitación”. Emilio Jiménez apela al trabajo colectivo: “hemos llevado la Fundación adelante, y digo ‘hemos’ porque siempre ha sido un trabajo en equipo”. Una afirmación que repite como un principio: sin equipo, insiste, no hay proyecto sólido.
Trece años dan para cientos de iniciativas y momentos. Entre todos, emergen aquellos que dejan una huella emocional. Emilio Vázquez señala especialmente la colaboración con el tercer sector: “cuando apoyábamos sus proyectos ellos nos daban las gracias. Yo les respondía que éramos nosotros quienes debíamos agradecer su labor con los colectivos más vulnerables”. Emilio Jiménez, por su parte, destaca un proyecto que considera ‘especial’, el programa de becas: “Uno de aquellos becarios es hoy el director general, Iván Manzano. Eso dice mucho del recorrido”. Y añade el impacto de otras iniciativas formativas que han acabado integrando talento en la propia Fundación.
Pero siempre quedan deseos abiertos. Para Emilio Vázquez la nueva sede representa algo más que una obra física: “es una deuda con la ciudad”. Confía en verla terminada y lo expresa con convicción. Emilio Jiménez, en cambio, habla de continuidad más que de despedida: “la Fundación siempre estará en mí. Esta es mi casa, solo que ahora pasaré menos horas en ella”. Lo dice con una mezcla de serenidad y satisfacción.
No han faltado momentos difíciles. Emilio Vázquez recuerda uno con especial intensidad, la enfermedad del director. “La afronté con la fuerza que me daba verle luchar”, confiesa. Emilio Jiménez evoca los comienzos como “una tormenta perfecta” tras la transformación de las cajas de ahorro: recursos limitados, necesidad de construir equipo desde cero y adaptación a una nueva realidad. “Hoy la relación con Ibercaja es perfecta. Hemos aprendido a gestionar como una buena familia: no gastar más de lo que ingresamos”.

Al pedirles que resuman estos años, ambos coinciden en la dimensión humana del proyecto. Emilio Vázquez pone el foco en las personas: “un equipo con enormes capacidades de sacrificio y generosidad”. Habla de proyectos nacidos de la ilusión y gestionados con responsabilidad por quienes creen en la vocación social de la institución. Emilio Jiménez amplía la perspectiva: “yo resumiría mis 41 años desde que entré en ‘La Caja’. Me siento un privilegiado. He visto lo mejor y lo peor, pero me jubilo feliz y agradecido”.
La relación entre ambos es, quizás, una de las claves del recorrido. Les basta una mirada para reconocerse en el otro. Emilio Vázquez describe a Emilio Jiménez como una fuente constante de impulso: “termina un proyecto y ya está pensando en el siguiente”. Emilio Jiménez, por su parte, reivindica el papel de liderazgo de su compañero: “ha sabido apoyar siempre, sin poner trabas”. Y ambos coinciden en algo esencial: sin equipo no hay éxito. “Como en el fútbol (apunta Emilio Jiménez), las estrellas no son nada sin el resto”.
Mirar hacia el futuro es inevitable. Emilio Vázquez pide fidelidad al espíritu fundacional: atender a los más necesitados, impulsar la cultura, mantener el compromiso con la ciudad. Emilio Jiménez se muestra pragmático y esperanzado: “el futuro es espléndido”. Insiste en la necesidad de equilibrio económico y en la importancia de combinar acción social y actividad cultural. Confía en el equipo actual y en la continuidad del modelo.
Hoy ambos siguen ligados a la Fundación. Emilio Vázquez como presidente honorario, Emilio Jiménez como patrono. Presencias activas que respaldan el día a día de la institución. Y más allá de sus cargos queda algo difícil de definir, pero fácil de percibir: una forma de entender el trabajo basada en la cercanía, la constancia y el compromiso.
Al despedirnos la sensación es clara. No se trata solo de una conversación, ni de un recorrido profesional. Es el retrato de un tándem que ha sabido convertir una institución en algo más cercano, más humano. Un lujo para la ciudad. Y una entrevista que, como aquel paseo inicial, deja poso.
