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Fiésole, 2020. Día mundial contra el Cáncer

Fiésole, 2020. Día mundial contra el Cáncer
Foto: Pixabay. Henry Romero
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Caminaba torpe.

Deambulaba despacio hacia la liberadora galería.

Tras abrir los cristales, mirando a la calle, se imaginó, clandestino, paseando por la acera blanca, insólitamente limpia, desierta.

Cuando la soledad no se elige es una losa de plomo en el alma.

Aquella tarde, aún sin fuerzas, necesitaba salir al exterior de la casa, su casa, triste sombra del hogar que fue.

Sara ya no estaba, era solo él.

La mirada le condujo hasta el bulevar.

Le recordó aquellos días en que las hojas de verde increíble de los álamos les daban sombra a los dos en la apresurada primavera, o les servían de alfombra bruna y sonora bajo sus pies al llegar el otoño.

No había vuelto a la alameda. Procuraba esquivarla, lastimaba demasiado.

Confinado, como todos, tan solo acudía cada 20 días a la sesión de quimioterapia al hospital. El veneno de la esperanza lo dejaba cansado, dolorido y solo.

Había hecho traer un butacón al dormitorio, a los pies de la cama. Allí, entre las páginas de algún libro, en las menos de las ocasiones, o entre las sábanas dolientes y secas, transcurría su encierro.

Pero hoy, saltándose todas las normas auto impuestas, se echó a la calle. No resistió más.

Se sintió con fuerzas. Acaso, seguro de ello, por las palabras regadas de paz y esperanza que escuchó por la mañana en la terapia online iniciada en la Asociación Española Contra el Cáncer.

De pronto, supo que necesitaba encontrarse con el sol cara a cara, no tras los visillos del dormitorio desierto, barrotes translúcidos de una cárcel, otrora de amor, ahora de abandono.

Cayó en la cuenta de que, hasta ese preciso instante, quizás por la benevolencia de Dios, que le premiaba con la determinación esforzada de vivir la tarde, no se había permitido a sí mismo, a su mente acalenturada por la enfermedad y la soledad, cavilar sobre nada más que su propio lamento. Estaba ocupada, muy ocupada solo con él, con las puntadas del dolor, con los nudos de la muerte…

Sintió la brisa fresca en la cara, la creyó un regalo de Dios y, aliviado, siguiendo los pasos lentos del camino soñado se consintió pensar, discurrir sobre lo que estaba aconteciendo a su alrededor, a los otros, a todos, no solo a él…

Sigilosamente, un insólito enemigo, inclemente, parásito y despiadado se había instalado en las vidas de todos sin hablar.

Resultó aterrador, como una malvada sombra que pasara sembrando dolor sobre los hombres; maldad añadida y encarnizada especialmente con los otros enfermos, los enfermos ya heridos como él y, solos.

Se tornó con ellos en compañero amenazante de muerte, aún más certera con sus frágiles cuerpos y, lo que es peor, con sus almas…

En un momento, se sumergió en el presente irracional, increíble…

2020, este año de expectativas mágicas, de guarismo mítico, que se las prometía muy feliz, de nuevo ‘Los felices años 20’, estaba muy lejos de esa euforia anhelada. ¡Cuán lejos!

La amenaza que se cernía sobre él ya desde los primeros días de su andar por el calendario, la pandemia oscura, de plomo gris y espantoso, estaba ahí, acechando.

A fuer de ser despiadada, de surgir a quemarropa, al verse la humanidad anclada en ella la paralizó.

En principio, los hombres confiaron en los dirigentes, no podía ser menos, mas en la búsqueda de una salida a tan terrible encrucijada no todo estuvo a la altura, ellos tampoco, no.

Precisó esta guerra, terrible y sorda, de la verdadera fortaleza humana de los pueblos; de los hombres, de las mujeres, de los niños, de los enfermos, de los ancianos…

Del sacrificio, de los héroes sanitarios, sin armas, sus armas, inexistentes en forma de medios de ayuda y protección ante la enfermedad furiosa; sin defensas, tan solo con su entrega fiera, que no les permitió ni la más mínima tregua para plantar cara a esta cruel realidad, adoptando en su lucha una actitud fraternal y digna a la par que aguerrida, rebelde, valerosa, para no sucumbir a tan silencioso y hosco enemigo; para empuñar la espada de la decencia humana y profesional que no les podía arrebatar la mala dirección: la dignidad; esta es patrimonio del hombre, así como la ciencia, la supervivencia, la fe, la solidaridad, la esperanza…

Y entonces, a una, unos ejércitos de voluntades unidas también bajo esas mismas banderas, nos defendieron a todos; manos magnánimas en ayuda del otro; en todos los ámbitos del servicio; alimentos, fuerzas de seguridad, agricultores, transportistas, limpieza, artistas, profesores, empleados… La esperanza en la bonhomía del hombre.

Ante este soliloquio de su mente se sintió resurgir.

Asumió en sus pensamientos que, a poco que se ejerza de ser humano verdadero, los hombres de bien sabrán obtener una solución a este dolor que cercena las vidas.

No obstante, fue consciente de que esta pesadilla no podía pasar en vano. Nadie debería borrar de la memoria lo que ahora atemoriza y que, a partir del final de este túnel amargo, de la salida de nuevo a la luz, deberá plantear el hombre de nuevo su existencia. Encaminar sus valores hacia una vida basada en la búsqueda del mundo más justo, con cada uno mismo, con los demás y, con el propio lugar en el que habita, la Tierra azul.

Se mostró convencido de que nuestro Planeta azul, de alguna forma, había lanzado a los hombres una llamada de auxilio ante la imperiosa necesidad de preservar su equilibrio frágil pues, el hombre, su arrendatario privilegiado, en cuyas manos inteligentes y libres Dios la depositó para ser el Paraíso, con verdadero despotismo la había ido dejando sucumbir bajo la especulación, la soberbia, el abandono, la muerte.

Todo ello, irracionalmente, en aras de un ‘progreso’ desalmado, dirigido por intereses espurios, enarbolando banderas de libertad engañosa, de ‘políticas salvadoras’ según intereses de poderosos, demagogos que, mudos ante la razón, aparecieron como esclavos de las riquezas y socavaron en las sociedades el sentido digno de la vida que, indolentemente, cada ciudadano fue asumiendo y permitiendo con medroso silencio…

Este soliloquio, perdido entre la sanadora respuesta del alma alejándola del sentimiento trágico de la existencia, le devolvió poco a poco a su realidad que se le antojó ahora más llevadera, más aliviada, más humana.

No había hecho sino caminar entre sueños olvidados y pensamientos fortalecidos. Se redescubrió en la esperanza.

Las sombras incipientes del atardecer le condujeron a su entorno poco a poco. Cerró lentamente los cristales de la galería. Se refugió tras ellos y se sintió a salvo.

Su caminar soñado le había conducido al despertar de sí mismo.

No era un cadáver, no, era un ser humano dispuesto a la lucha, sin olvidar la dureza terrible de su frente de batalla, pero sin reclinar el esfuerzo para vencer.

Se situó tras el ventanal, su Fiésole salvadora. La colina desde la que avistar la esperanza, en la que encontrarse consigo mismo.

No se hallaba ebrio de bulliciosa huida, refugio, como aquel, desde el que mirar la muerte de los otros; no, desde ella divisó la valentía de sus semejantes… Los locales vacíos, las terrazas sin risas, el parque sin niños, la alameda, su alameda, sin él.

La suya era una atalaya serena en la que protegerse para proteger, en donde poder comprender, al menos intentar comprender, el sentido de aquellos días de dolor.

Su Fiésole de la esperanza.

A los otros enfermos. A los enfermos de cáncer
A todos los enfermos

 

4 de febrero de 2021. Día mundial contra el Cáncer.

M. J. Bodes y Pilar

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