Nacer, crecer y vivir en el mar es algo maravilloso.
Despertar cada día con el sonido de las olas: la paz marina, la inmensidad del océano y la luz del ocaso.
Llegan los barcos de faenar, caen los peces al descargar la carga y ahí están las gaviotas. Cazadoras de despistes y ladronas de lo ajeno. Y, si eres tú el despistado, te quitan medio bocadillo de aquel domingo en la playa.
Una señal acústica inconfundible de estar cerca del puerto. Un cuerpo alado blanco de ojos intensos. Una gaviota anclada en la orilla.
Luego llega el viento y la gaviota sale despedida tierra adentro. Sin dominar su vuelo ni su destino, allá donde llegue deberá hacer su casa.
El viento hizo que se posara en tierras del interior, donde la dehesa reina. Donde se aleja el salitre, pero huele a encinas y bellotas. Donde no hay otras gaviotas, pero sí cernícalos extremeños. De la orilla del mar a la orilla del Guadiana.
¿Qué hace una gaviota en estos lares?
Al principio, desubicada. Luego, reconociendo el terreno y las bondades que se le ofrecen. Pero, con el tiempo, surca igual los cielos y adapta su dieta a sabores que nunca había disfrutado.
Nuevas tierras, nuevos compañeros de vuelo, nuevos platos para el paladar.
De repente, pasan los años. La gaviota nota que no hay levante que la provoque ni llanura que la sorprenda. Domina el mar y la tierra. Sus alas vuelan acompañadas de otras gaviotas o de un buitre negro cuando le place.
No hay anclaje físico ni clavos soldados al suelo. Los amigos de siempre, siempre estarán, pero hay cabida para nuevos.
Sí, la gaviota soy yo. O quizá seas tú.
El miedo apareció cuando el viento te movió. Pero hoy, si lograste sellar el pasaporte, entenderás que la vida es un sinfín de experiencias y que, aunque seas de allí, aquí también tienes un lugar.
Abre puertas y ventanas. Desbloquea tus barreras mentales y los ‘siempre fue así’.
Si el levante o el poniente te mueven, déjate llevar.
Eso es desarrollo. Deja el ‘coach’ para otro día.
