La expresión latina ‘in medias res’, que literalmente significa ‘en medio de las cosas’, designa una técnica narrativa mediante la cual el relato comienza directamente en el núcleo de la acción, sin ofrecer previamente una exposición completa del contexto, de los antecedentes históricos o de la presentación detallada de los personajes. La información necesaria para la comprensión del relato se introduce posteriormente, de manera progresiva, a través de retrospecciones, alusiones o reconstrucciones narrativas.
El origen de esta expresión se encuentra en la ‘Ars Poetica’ de Horacio, donde el poeta latino elogia a Homero por no iniciar la ‘Ilíada’ desde el origen de la guerra de Troya, sino desde un momento de máxima tensión dramática, la cólera de Aquiles. Este procedimiento narrativo se ha convertido en un recurso habitual no solo en la literatura, sino también en el cine, el teatro y la narrativa histórica, especialmente en su vertiente divulgativa. Comenzar ‘in medias res’ permite captar de inmediato la atención del receptor y generar un interés que se sostiene mientras se va reconstruyendo el trasfondo de los acontecimientos.
Frente a esta técnica se sitúan otras formas de organización narrativa, como el relato ‘ab ovo’, que comienza desde el inicio absoluto de los hechos; o el relato ‘post rem’, que se articula como recapitulación posterior a los acontecimientos.
En el ámbito académico, el recurso al ‘in medias res’ puede emplearse para analizar estructuras narrativas complejas, justificar inicios abruptos y dinámicos o explicar recursos retóricos utilizados por autores literarios e historiadores.
En un plano distinto, pero igualmente central para la tradición intelectual occidental, se sitúa la definición escolástica ‘scientia est habitus conclusionis’, que constituye una formulación clásica del concepto de ciencia o conocimiento científico. Traducida literalmente, la expresión significa ‘la ciencia es el hábito de la conclusión’. En el marco de la filosofía aristotélico-tomista, esta definición expresa que la ‘scientia’ no es un conocimiento ocasional o meramente empírico, sino una disposición estable del entendimiento (‘habitus’) que permite deducir conclusiones necesarias a partir de principios verdaderos y evidentes por sí mismos (‘principia per se nota’).
Esta concepción hunde sus raíces en la epistemología de Aristóteles, desarrollada fundamentalmente en los Analíticos Posteriores. Allí el filósofo define la ciencia (‘epistēmē’) como conocimiento obtenido por demostración necesaria: “Scientia est cognitio per demonstrationem” (‘Analytica Posteriora’, I, 2, 71b).
La demostración es entendida como un silogismo que produce conocimiento verdadero: “Demonstratio est syllogismus faciens scire” (‘Analytica Posteriora’, I, 2).
Para Aristóteles, se conoce científicamente algo cuando se aprehende su causa y se comprende que no puede ser de otro modo: “Scire autem opinamur unumquodque simpliciter, cum causam cognoscimus propter quam res est, et quoniam illius est causa, et quoniam non contingit aliter se habere” (‘Analytica Posteriora’, I, 2).
Tomás de Aquino recoge esta concepción aristotélica y la sistematiza introduciendo el concepto de ‘habitus’ como elemento central. En la Suma Teológica afirma explícitamente: “Scientia est habitus conclusionum” (‘Summa Theologiae’, I-II, q. 57, a. 2).
La ciencia se define así no solo por el acto de conocer una conclusión, sino por la posesión estable de la capacidad de derivarla correctamente. Tomás subraya además el carácter necesario del conocimiento científico: “Scientia est de necessariis” (Summa Theologiae, I-II, q. 57, a. 2); y señala que las conclusiones científicas se conocen a partir de principios evidentes: “Conclusiones scientiarum cognoscuntur per principia per se nota” (‘In Posteriora Analytica’, I, lect. 1).
Desde esta perspectiva, la ciencia se distingue claramente:
- de la opinión, que admite duda;
- de la fe, que se funda en la autoridad y no en la evidencia; y
- de la sabiduría, que juzga desde las causas últimas.
Un ejemplo paradigmático de ‘scientia’ es la geometría: los axiomas actúan como principios, los teoremas como conclusiones necesarias y el geómetra posee ciencia cuando tiene el hábito intelectual que le permite demostrar dichas conclusiones.
Esta concepción de la ciencia, fundamental en la epistemología medieval y en la enseñanza universitaria escolástica, entra en tensión con el desarrollo de la ciencia moderna. La definición ‘scientia est habitus conclusionis’ se adapta bien a las ciencias formales, como la lógica y las matemáticas, pero resulta problemática cuando se aplica a las ciencias empíricas. En la ciencia moderna el conocimiento ya no se apoya en principios evidentes, sino en hipótesis; las conclusiones no son necesarias, sino provisionales y revisables; y el criterio de verdad no es la demostración lógica, sino la contrastación empírica o la falsación.
Aun así, existe una continuidad parcial. La ciencia moderna conserva la estructura inferencial del razonamiento, mantiene el ideal de coherencia interna y rigor lógico heredado del modelo escolástico y sigue haciendo plenamente válido el concepto de ‘habitus conclusionis’ en el ámbito de las matemáticas y la lógica formal. La diferencia principal no radica en la racionalidad, sino en el estatuto epistemológico, de conocimiento, de la verdad.
Esta tensión puede observarse claramente al aplicar la definición escolástica a tres autores clave del pensamiento científico moderno y contemporáneo: Galileo Galilei, Karl Popper y Thomas S. Kuhn.
Galileo representa una ruptura decisiva con la ‘scientia escolástica’ al negar que el conocimiento de la naturaleza deba partir de principios metafísicos evidentes. Para él, la naturaleza debe ser interrogada mediante la experiencia y expresada matemáticamente: “La filosofía está escrita en ese grandísimo libro que tenemos continuamente abierto ante los ojos (quiero decir, el universo), pero no se puede entender si antes no se aprende a entender la lengua y conocer los caracteres en que está escrito. Está escrito en lenguaje matemático” (‘Il Saggiatore’, 1623).
No obstante, Galileo conserva un ideal demostrativo fuerte, al afirmar que “las conclusiones demostradas matemáticamente tienen tanta certeza como las geométricas” (‘Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo’, 1632).
En su caso, la ‘scientia’ deja de ser un hábito de certezas metafísicas para convertirse en un método racional experimental.
Popper, por su parte, rompe de manera aún más radical con la concepción clásica. Para él, no existen principios indudables ni conclusiones necesarias en la ciencia empírica: “Nunca podemos justificar racionalmente una teoría; solo podemos criticarla y someterla a pruebas” (‘La lógica de la investigación científica’, 1934).
La ciencia no busca verdades absolutas, sino teorías cada vez mejores (‘Conjeturas y refutaciones’, 1963) y se define por la falsabilidad: “Un sistema es científico solo si es susceptible de ser refutado por la experiencia”. Popper sustituye así el ‘habitus conclusionis’ por un ‘habitus criticus’.
Finalmente, Kuhn se distancia no solo de la escolástica, sino también del racionalismo moderno, al sostener que la ciencia opera dentro de paradigmas históricos: “La ciencia normal es una investigación basada firmemente en uno o más logros científicos pasados” (‘La estructura de las revoluciones científicas’, 1962).
Los paradigmas rivales son inconmensurables y las conclusiones científicas dependen de consensos comunitarios más que de principios racionales universales. En este contexto, la ciencia deja de ser un hábito intelectual estable y se convierte en una práctica histórica situada.
En conclusión, la fórmula ‘scientia est habitus conclusionis’, heredera directa de la ‘epistēmē’ aristotélica, expresa un ideal de conocimiento necesario y demostrativo que la ciencia moderna ha transformado profundamente. Galileo lo reformula metodológicamente; Popper lo sustituye por un modelo crítico y falible; y Kuhn lo historiciza. Sin embargo, todos ellos dialogan, de un modo u otro, con ese ideal clásico, que sigue funcionando como horizonte conceptual de referencia.