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Indefensión aprendida

Indefensión aprendida
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Según los expertos, la indefensión aprendida describe la actitud de una persona que ha incorporado la idea de que no puede influir en aquello que le ocurre. Ante situaciones adversas, siente que sus acciones no harán ninguna diferencia y que, haga lo que haga, no podrá evitar la infelicidad o la discriminación. Como consecuencia, deja pasar oportunidades de mejora y adopta una postura pasiva que refuerza esa sensación de impotencia.

En términos más simples, es la convicción de que nada de lo que se haga servirá para cambiar el entorno. La persona llega a creer que su esfuerzo es irrelevante, que el sistema es inamovible y que no vale la pena intentar actuar.

Un ejemplo muy ilustrativo es el de alguien sentado en una barca que deriva por un río. Percibe que la corriente lo arrastra sin control, cree no saber remar porque así se lo han dicho toda la vida, y aunque los remos estén a su alcance no los utiliza; no porque no quiera, sino porque está convencido de que no serviría de nada. Esa creencia lo mantiene quieto, incluso ante el peligro.

Este concepto psicológico puede ayudarnos a comprender ciertas actitudes que aparecen en algunos colectivos sociales, incluida la baja visión. No es que todas las personas con baja visión sufran indefensión aprendida, pero sí es cierto que muchas han vivido durante años dificultades, falta de accesibilidad, desinterés institucional y barreras constantes. Esa repetición de obstáculos termina generando resignación, una especie de cansancio crónico que lleva a pensar que reclamar, participar o actuar no tendrá efecto.

A veces, esta sensación se traduce en pasividad: se evita enfrentarse a situaciones injustas, no se aprovechan recursos que podrían ayudar o se renuncia a pedir mejoras por miedo a no ser escuchados. Otras veces aparece como falta de participación en asociaciones o iniciativas compartidas. No porque no importe, sino porque existe la convicción de que todo seguirá igual.

Sin embargo, cuando algo no funciona es necesario replantearlo. Tal vez ha llegado el momento de cambiar de estrategia. Sustituir el miedo por una actitud más activa y participativa, entendiendo que el cambio no se logra de golpe, sino paso a paso. Vivimos en una época en la que hay herramientas, espacios y oportunidades para alzar la voz, pero es necesario atreverse a utilizarlas.

El reto no es transformar el mundo de un día para otro, sino empezar por transformar la propia postura. Si cada persona toma los remos de su propia barca, aunque sea con esfuerzo, la dirección puede cambiar. La vida no siempre es un cauce tranquilo; hay momentos de corrientes peligrosas y momentos de aguas serenas. Siempre hay remos, y siempre hay un margen de acción, por pequeño que sea.

Como dijo Edmund Burke, “La única cosa necesaria para el triunfo del mal es que las personas buenas no hagan nada”.

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