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‘Krystalitos’ en el tapón

‘Krystalitos’ en el tapón
Foto: Pixabay. Couleur
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Vamos con otra de esas historias de miedo, del fin del mundo, de “dios mío, ¿Qué me voy a beber, me moriré?”; todo combinado con un poco de palabrería técnica, que hace mucho que no metemos un poco de teoría en esta sección.

No sé si os habrá salido ya alguna botella así, pero, si no se ha dado el caso, podéis fijaros a partir de ahora en que, cuando descorchéis, hay veces que observaréis unos pequeños cristalitos adheridos a la parte del tapón que estaba en contacto con el vino. A mí me quieren recordar un poco a la Kryptonita, que era lo único que podía con Superman, pero realmente estos otros no tienen ningún poder extraordinario, tampoco son tan alargados ni puntiagudos, y además son de color morado o casi transparentes en el caso de los vinos blancos; pero bueno, esto solo son paranoias de la educación audiovisual que nos tocó vivir a los niños de los años 80.

Dije bien antes con ‘descorchar’, porque normalmente estas escamas tienen tendencia a pegarse al corcho y no les tienen tanto apego a tapones de otro tipo, como los de silicona, los ‘screw caps’, de cristal y otras alternativas de material. Otra posibilidad es encontrarlos también en el fondo de la botella e incluso que, al servir, pasen al fondo de nuestra copa.

No tienen nada que ver con los posos, de los que ya hemos hablado alguna vez y que proceden de la precipitación de materia colorante del vino por el paso del tiempo. En el caso de estos cristales, simplemente son compuestos que cambian y se unen formando algunas sales. Así, el ácido tartárico, el potasio y el calcio presentes en el vino dan lugar a estas amigas. Conviene recordar que estos elementos no se añaden en ningún momento del proceso de vinificación de forma artificial, sino que están presentes de forma natural, es decir, que la propia vid los toma del ambiente en el que vive, y los acumula o transforma hasta que pasan al fruto y de ahí, al vino. La formación de estos cristales en la botella normalmente suele ocurrir por cambios de temperatura o por el propio paso del tiempo. Podéis fijaros si ocurre con alguna botella que hayáis metido en el frigorífico, por ejemplo.

Llegados a este punto, hay que terminar esta historia dejando bien claro que la presencia de estos tartratos no es perjudicial para la salud; incluso los ácidos y las sales de los que hablamos pueden ser beneficiosos para el cuerpo. De hecho, también puede ser síntoma de que el elixir que vamos a disfrutar no ha sido sometido a unos procesos de clarificación, filtrado y estabilización demasiado agresivos en la bodega.

Si os los cruzáis podéis cogerlos y probarlos, aunque no esperéis un sabor salado como el de la sal de mesa. Y su pinta solo es poco deseable a nivel visual; simplemente, no nos suele gustar encontrarnos este tipo de elementos extraños en la copa, preferimos ver los vinos límpidos; como tampoco nos suele gustar que se nos cuele alguno en la boca, pero su presencia realmente no conlleva ninguna otra consecuencia, ni quiere decir que el vino se haya estropeado. Así que ¡Salud!

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