Veamos la especificidad del conocimiento científico desde una perspectiva filosófica que integra dimensiones semánticas, pragmáticas y epistemológicas.
En primer lugar, la ciencia no puede reducirse a un sistema meramente lógico o formal de proposiciones coherentes entre sí. Siguiendo una distinción clásica de la filosofía del lenguaje, se destaca que el discurso científico requiere no solo sentido interno (relaciones entre enunciados), sino también referencia externa, es decir, un anclaje en objetos o procesos del mundo material. Esta exigencia permite delimitar el ámbito de la ciencia frente a otros sistemas de creencias organizadas (como la teología) que, aunque puedan poseer coherencia lógica, carecen de referentes empíricos fisicalistas que respalden sus afirmaciones.
En segundo lugar, la ciencia tiene carácter social e institucional. Lejos de concebirse como una actividad individual aislada, la práctica científica aparece como una empresa colectiva regulada por normas, reglas operativas, lenguajes técnicos y procedimientos compartidos. Esta dimensión pragmática resulta fundamental para comprender cómo se produce, valida y transmite el conocimiento científico dentro de comunidades especializadas.
Lo que distingue a la ciencia de otras formas de conocimiento es su pretensión explícita de producir verdades. Estas verdades no se identifican con dogmas ni con meras opiniones, sino que se caracterizan por su aspiración a la objetividad, su necesidad interna y su apertura a la crítica.
Pero, la verdad científica no se presenta como una revelación inmediata, sino como el resultado de procesos de ajuste y convergencia entre diferentes operaciones realizadas por diversos sujetos dentro de un mismo campo disciplinar. Las operaciones no se hacen solas, debe hacerlas un sujeto, luego el concepto ‘subjetivo’ nunca está apartado del concepto ‘ciencia’.
Y eso que la ciencia presupone objetividad. Pero, desde esta perspectiva, la objetividad no se entiende como la eliminación del sujeto por completo, sino como la posibilidad de que distintas operaciones conduzcan al mismo resultado, independientemente de quién las ejecute.
Así, la verdad de una operación matemática no depende del agente que la realiza, sino de la estructura misma de las relaciones operativas involucradas. De este modo, la intercambiabilidad de los sujetos operadores garantiza el carácter objetivo y necesario del resultado. Si todos llegan a una misma conclusión, el objetivo está probado, la praxis ha sido científica: subjetiva porque ha estado vinculada a distintos sujetos; y objetiva porque prescinde de la subjetividad de cada cual para lograr un resultado objetivo que normaliza las diversas experiencia y opiniones al respecto.
Este planteamiento sería una concepción material y operativa de la verdad científica, según la cual la validez del conocimiento se funda en la estabilidad de las relaciones construidas mediante prácticas reguladas y socialmente compartidas.
Esta concepción se distancia tanto del relativismo subjetivista como de una noción ingenua de verdad como simple correspondencia, ofreciendo una visión más compleja y dinámica del quehacer científico.
No se puede negar de modo absoluto la intervención del azar y de la arbitrariedad radical en la explicación de los fenómenos. Para que el conocimiento sea posible, debe admitirse la existencia de conexiones inteligibles entre los hechos, ya causales o probables. Negar tales conexiones implicaría renunciar a la misma posibilidad de conocer, reduciendo la experiencia a una sucesión caótica e ininteligible de acontecimientos.
Así, los principios fundamentales de las ciencias no se presentan como verdades demostrables en un sentido gnoseológico último, pero tampoco como ficciones gratuitas. Su estatuto, su entidad, es esencialmente pragmática y operativa: funcionan como supuestos necesarios que hacen posible la práctica científica y, con ella, también el desarrollo de la civilización.
Estamos ante una maroma en la que el equilibrio depende de una barra que sujetáramos con ambas manos, estamos entre el dogmatismo epistemológico y el escepticismo radical, reconociendo el carácter indemostrable de ciertos principios sin por ello vaciarlos de validez, simplemente no se alcanza a demostrarlos.
Los ejemplos de la geometría y de la física mecánica refuerzan esta tesis. Ambas disciplinas parten de nociones o principios que no se justifican recurriendo a causas últimas, sino que se aceptan como puntos de partida para la construcción sistemática del conocimiento. Esta aceptación no se basa en su verdad metafísica, sino en su fecundidad práctica: gracias a ellos las ciencias logran intervenir, predecir y controlar aspectos del mundo fenoménico.
El control de la naturaleza sería la central de la ciencia y esto merece una consideración crítica. Si bien es indudable que el conocimiento científico ha ampliado enormemente la capacidad humana de intervención sobre el entorno, reducir la verdad científica a su eficacia operativa puede conducir a una visión excesivamente instrumentalista, corriendo el riesgo de subordinar el valor del conocimiento a su utilidad inmediata, dejando en un segundo plano dimensiones explicativas, teóricas o incluso éticas de la actividad científica.
La identificación entre posesión de la verdad y poder de control plantea interrogantes en contextos contemporáneos, donde el desarrollo científico-técnico ha generado también riesgos globales y efectos no previstos. El vínculo entre verdad, control y progreso no es unívoco ni lineal, la ciencia, aun siendo una conquista irrenunciable de la humanidad, debe ser pensada críticamente dentro de marcos sociales, históricos y normativos más amplios.
Es precisa una defensa del papel estructurante que tiene la ciencia en la cultura humana, subrayando la necesidad de principios operativos que hagan posible el conocimiento. Pero la concepción pragmática de la verdad científica invita a que la complementemos con una reflexión crítica sobre los límites, responsabilidades y ambigüedades del poder que dicho conocimiento confiere, sabiendo que el conocimiento es subjetivo y depende, como ya decía Ortega y Khun, del punto de vista y las circunstancias.