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Salvar a los niños

Salvar a los niños
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A mediados de agosto, el número de niños muertos por desnutrición y hambre en Gaza sobrepasaba el centenar, según datos de la oenegé Save the Children International (Salvar a los niños), que tiene como finalidad trabajar por los derechos de la infancia. Se suman a los más de 40.000 registrados como muertos o heridos debido a los bombardeos y ataques aéreos de los enemigos de sus padres, según datos del Fondo de la ONU para la Infancia (Unicef). A esa fecha había al menos 17.000 niños no acompañados o separados de sus familias y un millón de niños “profundamente traumatizados y sin acceso a la educación”.

Las muertes por inanición se han convertido en cotidianas. La crisis humanitaria se agudiza y la asistencia sostenida se debilita cada día más. Los hospitales y las escuelas que sirven de refugio caen bajo las bombas. La desnutrición aumenta; las muertes se incrementan. Muchos viven en refugios hacinados, inseguros, carecen de espacio y privacidad, especialmente ellos y sus madres. Hasta los suministros para los espacios mínimamente habitables se agotan; no hay suministros para ellos, ni los vitales de saneamiento, agua y comida.

Los niños son niños. ¿Qué culpa tienen ellos de las guerras, de quienes dicen defender a unos y atacan a los otros? Los vemos cada día con la mirada perdida, con sus cuerpecitos famélicos, tanto como sus madres, que tampoco hubieren nada que comer, ni que darles a ellos. Tienen muy poca vida en vida. En su inocencia, los niños dicen que desean ir al cielo, porque allí hay comida, agua, dulces y chocolate. Allí no hay guerras ni bombardeos que les quiten lo poco que tienen y la ayuda que no les llega, porque otros necesitados se la roban. Los niños son quienes más pagan el precio del conflicto. La hambruna es un hecho. La desnutrición amenaza la vida de más de cien mil niños.

Qué sentir y qué hacer ante la mirada perdida de esos niños solo huesos, cuando en Occidente vemos crecer a nuestros niños sanos y robustos, con la sonrisa que ofrecen a sus madres cuando, ya saciados y limpios, solo buscan el sueño reparador que les hace crecer, entre los besos y caricias de sus progenitores.

Casi dos años ya de guerra y van 60.000 muertos. Envueltos en las pocas sábanas que quedan, reciben sepultura entre las lágrimas de un pueblo, ya con sus sistemas de atención a la salud, agua, saneamiento e higiene casi destruidos. Les lanzamos alimentos que solo algunos se llevan y a otros matan.

Ya no hay lugar para ellos, ni descampados para jugar con pelotas o juguetes de trapo. Juegan con botellas y latas vacías, hasta con los restos de los misiles. Juegan en las calles abiertas entre los escombros para el paso de los carros huyendo con sus enseres hacia ninguna parte, porque no hay salida. Las fronteras permanecen cerradas. No hay tregua para la paz.

Gaza no puede dormir por las explosiones. La vida de los niños pende de un hilo. Las madres no tienen lágrimas para llorar a sus difuntos. Los niños ya no tienen padres ni quien les acoja. Son niños huérfanos, hambrientos, moribundos, sin voz ya para pedir agua ni llanto para solicitar alimento. Sus sueños ya están rotos, su infancia perdida…

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