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Música y animales

Música y animales
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“El universo no está hecho de átomos, está hecho de música” (Hans Christian Andersen)

La música y los animales comparten un territorio secreto, un rincón donde la vida late en vibraciones invisibles. Cada sonido, cada nota, despierta en ellos un eco distinto, como si guardaran en la piel y en la memoria un saber antiguo, algo que reconoce de inmediato el pulso de lo esencial. La música, que al fin y al cabo es aire en movimiento, toca fibras que no entienden de idiomas humanos, pero sí conversan con el instinto, con esa sensibilidad que habita en todos los seres vivos.

Los animales, con sus sentidos tan despiertos, perciben la música de un modo que a nosotros nos parece casi misterioso. Un perro que se queda dormido junto a un piano acariciado en pianissimo, un caballo que baja la cabeza y se relaja cuando suena un violín… No es un simple reflejo, es una comunión profunda entre la vibración sonora y la vibración de la propia vida. Como si los instrumentos fueran mensajeros de una lengua secreta que ellos siempre han sabido escuchar.

La naturaleza, en realidad, es la primera gran orquesta. Los pájaros afinan al amanecer sin necesidad de partituras ni escenarios, improvisando himnos que anuncian la llegada de la luz. Las ballenas, en la inmensidad del océano, entonan cantos que viajan kilómetros y se entrelazan en coros que parecen tan antiguos como el mar mismo. Y los grillos, en esas noches cálidas de verano, marcan con su chirrido un ritmo constante, casi hipnótico, que acompaña nuestras conversaciones y también nuestros silencios.

Cuando la música humana alcanza a los animales tiende puentes invisibles. No se trata de domesticarlos ni de vestirlos de emociones humanas, sino de encontrarnos con ellos en ese lugar compartido. Ver a un gato enroscarse junto a una guitarra que vibra suavemente, o a un rebaño de ovejas serenarse bajo el soplo de una flauta, es asistir a un pequeño milagro; la prueba de que la música no tiene dueño, que nos atraviesa y nos une a todos.

Algunos compositores han intentado incluso escribir melodías para ellos, inspirándose en el pulso de un corazón, en el rumor constante de un río o en el ronroneo de un felino satisfecho. Y es que, en el fondo, intuimos que la música no es más que un espejo de la naturaleza, y que nuestros instrumentos prolongan lo que ya estaba sonando en ella.

Música y animales. Dos fuerzas que nos recuerdan que la vida no necesita traducción para ser comprendida. Que más allá de las palabras, existe una orquesta infinita donde todos, humanos y no humanos, tocamos de alguna manera la misma sinfonía.

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