El Juicio de Paris es un bonito pasaje de la mitología griega que pone de relieve el triunfo del corazón frente a la razón, lo pasional frente a lo calculado; le podemos buscar las vueltas como queramos, pero la idea central es esa. Os animo a darle un repaso y entretenernos un rato leyéndolo ya que ha salido a colación, porque tampoco nos vamos a enrollar más contando la historia, que para eso ya están los libros. Pero puede que estéis pensando “Vale, ¿pero a qué coño viene esto en esta santa sección dedicada al vino y similares?”. Pues como esta sección entretiene a la vez que educa, he metido esta morcillina mitológica para dedicar el rato de hoy a un suceso del que hace pocos días se han cumplido 50 años.
En este caso estamos hablando del Juicio de París (nótese que el acento ya cambia la cosa) y los participantes tienen poco que ver con los del mito, aunque el trasfondo lo veo muy ligado y espero que al final de estas líneas se entienda.
Un profesor me contó una vez que, históricamente, donde más se sabe de vino es en las zonas que no son productoras de tal manjar. Tiene su sentido, ya que la carencia de este producto obligaba a conocerlo bien para poder comerciar y no ser timados. Al final no viene a ser más que otra versión de la típica historia de que las cosas se terminan apreciando más fuera de su lugar de origen, o que nadie es profeta en su tierra.
El caso es que tenemos a un personaje llamado Steven Spurrier, de origen británico, a quien no se le ocurrió otra cosa que montar una tienda de vinos. ¿Dónde, en Inglaterra? No, en Francia; con un par, vengo a contarles a los franceses cómo son sus vinos. Corrían los años 70 y, además de las zonas productoras del Viejo Continente, empezaban a emerger comercialmente algunas zonas nuevas; concretamente los vinos californianos empezaban a tener gran aumento de calidad. Hasta tal punto que, junto con su socia Patricia Gastaud-Gallagher (de origen norteamericano, por cierto), se dedicaron a profundizar un poco más en el tema. Y como estaban decididos a hacer amigos en Francia, lo más diplomático que se les ocurrió para dar a conocer estos productos foráneos fue organizar una competencia entre los vinos franceses y los californianos.
Se seleccionaron productos provenientes de ambas zonas y, para hacer más imparcial la pugna, los resultados se obtendrían mediante una cata a ciegas valorada por un jurado francés especializado. Y no estaríamos contando esta historia si el final no hubiera sido un poco sorprendente, dado que los dos vinos más votados en las dos categorías existentes, chardonnay para los blancos y cabernet-sauvignon para los tintos, fueron dos vinos californianos los distinguidos por cualidades y calidad, y seguidos en la lista luego ya por dos franceses.
Con el culo torcido que se tuvieron que quedar, este evento fue relevante no solo por poner en valor el producto de unos o bajar los humos a otros, sino porque se giró un poco la dirección en la que iban los gustos de la época y los perfiles de vino que más se consumían, llevando las modas hacia productos más potentes y con más presencia de la madera (hablando en general), gustos que aún hoy día se siguen consumiendo y puntuando bastante. Ya sabemos a qué clase de guías de puntuación me refiero; ¿No? Pues para otro día. ¡Salud!
