En 1954, concretamente en diciembre, yo tenía 11 años y estudiaba 2º de Bachillerato, y en la nebulosa de los recuerdos de aquella lejana edad veo a mi tío Conrado, policía armada, que vivía en Cáceres, conviviendo con nosotros en Plasencia durante algunos días alternos.
En las conversaciones nocturnas alrededor de la mesa-camilla (era invierno y estábamos sentados al brasero), oí por primera vez hablar del Palacio de Las Cabezas. Mi tío formaba parte del destacamento de Policía Armada que junto a Guardias Civiles estaba en el citado Palacio y finca, cerca de Casatejada, cubriendo servicios de vigilancia, porque estaba o iba a llegar Franco para reunirse con Don Juan de Borbón.
Para no desplazarse los días de descanso hasta su domicilio en Cáceres, tío Conrado cogía el tren en Casatejada y se quedaba en Plasencia, en nuestra casa, donde se aseaba y descansaba. Todo lo que tenía de ‘hombretón’ grande lo tenía de bueno y cariñoso. Y, lógicamente, en las conversaciones con mis padres contaba cosas relacionadas con su estancia en el Palacio de Las Cabezas.
Ese lejano recuerdo siempre marcó en mí una curiosidad especial hacia aquel palacio y los hechos históricos que allí se produjeron, y de los que no fui consciente hasta años después. Exactamente igual me sucedió con el conocimiento físico del palacio, construido en plena dehesa extremeña, de difícil acceso al no haber ninguna carretera próxima y el ferrocarril que pasa por Casatejada tampoco facilitaba el camino. Hasta que no se construyó la carretera de Malpartida de Plasencia a Navalmoral, la antigua C-511, hoy Ex-108, no tuve ocasión de conocer la impresionante silueta del Palacio recortándose sobre un cerro dominando toda la penillanura circundante.
Esa C-511 estaba contemplada en el Plan General de Obras Publicas de 1940 y no es hasta los años 70 cuando comienzan los primeros estudios para su construcción. La obra comenzaría por el proyecto Navalmoral a Casatejada en 1973 y se culminaría con el tramo desde el puente de la Bazagona a Malpartida de Plasencia, que se redactó en 1977 y la obra se liquidó en 1981 (Una vez más, las obras de infraestructuras en Extremadura son lentas).
Y 41 años después de contemplarse su construcción pudimos transitar por la citada vía y contemplar el Palacio de Las Cabezas. Fue en un primer viaje a Madrid, en automóvil por la C-511, cuando descubrí el fantástico perfil del Palacio, recortando su silueta sobre el limpio amanecer de una mañana de primavera.
Aquel Palacio de cuento con su torre y tejados puntiagudos aumentó mi atención sobre él. En un primer momento, y siempre de oídas, se me comentó por los mayores que era obra de Gaudí, basándose con toda seguridad en que era propiedad de la familia Güell, tan relacionada con las obras del gran arquitecto catalán. Indagando descubrí que era un palacete neogótico del último cuarto del siglo XIX (1876), pero no obra de Gaudí. Fue construido como pabellón de caza con estilo centroeuropeo, por su propietario, don Antonio López y López, originario del municipio cántabro de Comillas, a quien el rey Alfonso XII le concedió el título nobiliario de Marqués de Comillas por aquellas fechas.
Y cumpliéndose el centenario del atropello de Gaudí por un tranvía el 7 de junio de 1926, falleciendo el 10 de junio a consecuencia de las heridas sufridas, se me ha ocurrido dedicar mi artículo al Palacio de Las Cabezas, por el persistente recuerdo que durante mucho tiempo tuve de atribuírselo a Gaudi, y cualquier mención sobre el arquitecto catalán me lo trae a la memoria.
Sigamos, pues, con el Palacio de Las Cabezas, cuya estructura la forman tres alas paralelas de corte neogótico, a las que se adosa una capilla y una esbelta torre. Todo el núcleo está rodeado de una cerca baja que se une a un torreón octogonal con matacanes, horadado por un arco de medio punto que permite el paso.
Su propietario nació en Comillas en 1817, de familia con escasos recursos económicos. Abandonó la península a los 14 años con rumbo a Cuba. En Santiago de Cuba abrió en 1844 una tienda en los bajos de un edificio propiedad de un comerciante catalán llamado Andrés Bru Puñet.
La familia Bru se enriqueció en Cuba y regresó a Cataluña, adonde en 1848 viajó nuestro personaje para casarse con Luisa Bru Lassus, hija de su casero en Cuba, adonde volvió con su esposa. De este enlace nacieron cuatro hijos; la mayor, Luisa Isabel, nacida en Santiago de Cuba en 1850, contraería matrimonio con el industrial Eusebi Güell i Bacigalupi, primer Conde de Güell, dando lugar a la saga de los Güell que acabarían ostentando el título de marqueses de Comillas, que había recibido don Antonio López López de manos de Alfonso XII en 1878, y serán también los herederos de la dehesa y Palacio de Las Cabezas.
Don Antonio López López, I Marqués de Comillas, fue un influyente empresario, banquero y mecenas que forjó una inmensa fortuna, vinculada también al tráfico de esclavos, lo que marca un borrón en su exitosa vida. De vuelta de Cuba impulsó la economía de Barcelona y de su pueblo natal, Comillas, destacándose como mecenas del modernismo catalán.
Este fue el hombre que en tierras extremeñas levantó este pabellón de caza; y, como por aquellas fechas encargaba varias obras en Comillas al arquitecto Joan Martorell, como el Seminario y el Palacio de Sobrellano, suponemos con bastante verosimilitud que este gran arquitecto fuera el autor del proyecto del “pabellón de caza”. Al ser Joan Martorell maestro del joven Antoni Gaudí, y siendo la familia Güell la heredera del palacete, no es de extrañar que quienes me dieron noticias de la autoría de Las Cabezas se lo atribuyeran a Gaudí.
Indagando más, también puede haber sido obra de ayudantes, también discípulos de Martorell, como Cristóbal Cascante, o Lluis Domenech; eso sí, todos de la escuela catalana del siglo XIX.
En la actualidad las 2.543 hectáreas de esa propiedad pertenecen a la familia De Carranza Güell, hijos de doña Pilar Güell Martos, Condesa de Montagut Alto, que falleció el 31 de mayo de 2015.
Hasta aquí los recuerdos que el centenario del fallecimiento de Gaudí hace reverdecer en mi cabeza.
