Javier Meléndez
Los que asistimos cada año a la fiesta de la integración y la solidaridad que es la entrega de los Premios Grada nos hemos encontrado este año con una gala diferente a los que veníamos viviendo. Sorprendente en algunos momentos, emotiva siempre, y luminosa, muy luminosa. La grandeza de este acontecimiento se basa en el enorme trabajo que conlleva, en la ilusión por premiar a personas y colectivos que hacen de Extremadura una tierra mejor, más inclusiva, más para todos.
Todos los galardonados con los premios son sobradamente merecedores, pero si he de quedarme con alguno, lo haré especialmente con dos: el pueblo de Monterrubio, representado por su alcalde y con su pequeño hijo haciendo visible la realidad del autismo; y el Padre Ángel, creador de Mensajeros de la Paz, un sacerdote ‘de pie en tierra’, de los que se manchan los pies en el barro de la solidaridad a pie de calle. Un digno representante de muchas personas que, desde su fe y su compromiso social, se vuelcan en ayudar a los demás.
Las actuaciones musicales mostraron, en general, un buen nivel artístico. A mí, personalmente, me volvieron a ganar Pedro Monty y su jazz band, que demostraron su enorme calidad y solvencia para llenar los vacíos que se produjeron por pequeños desajustes. Es lo que tiene animarse a hacer cambios, que pueden producirse pequeños fallos, como en cualquier obra humana. Lo importante es seguir aprendiendo, como estoy seguro de que harán los responsables para futuras ediciones. Soledad Giménez dio muestras de su gran solidez artística y de por qué es una de las voces más hermosas y personales del panorama musical. El broche de oro a una noche excepcional lo puso el vino de honor, donde ¡por fin! hubo mesa para celiacos. Así es que ¡A por la edición 2020!
