En una concepción estructural y relacional de la historia la vida social se explica a partir de la interacción constante entre distintas esferas de la actividad humana. Frente a enfoques fragmentarios o sectoriales, dimensiones como la producción económica, las relaciones de poder y las formas culturales o simbólicas no pueden entenderse de manera aislada, sino como partes de un entramado dinámico e interdependiente.
Esta visión se sitúa dentro de una tradición historiográfica que concibe la sociedad como un sistema articulado, en el que la base material condiciona (sin determinar mecánicamente) las estructuras políticas, jurídicas y las formas de conciencia social. Esta perspectiva permite superar tanto el reduccionismo economicista como las interpretaciones puramente idealistas, al subrayar la existencia de relaciones causales complejas y bidireccionales entre los distintos niveles de la realidad histórica.
Además, la labor del historiador no consiste únicamente en identificar esas dimensiones, sino en analizar la dialéctica de sus conexiones a lo largo del tiempo. La historia aparece así como un proceso en el que las transformaciones sociales se producen por la interacción continua entre factores económicos, políticos y culturales, lo que exige un esfuerzo interpretativo capaz de captar la lógica interna del cambio histórico sin caer en explicaciones simplistas.
Resulta especialmente relevante la afirmación de que este principio de interconexión es válido tanto para las grandes síntesis históricas como para los estudios monográficos especializados. De este modo, se rechaza la idea de que la divulgación histórica deba sacrificar el rigor analítico, y se reivindica una historia capaz de ser comprensible sin renunciar a la complejidad de su objeto de estudio.
Finalmente, esta concepción metodológica enlaza con la dimensión social de la historia, al introducir la necesidad de una conciencia del pasado. La historia no se presenta únicamente como un saber académico, sino como una herramienta cultural fundamental para que las sociedades comprendan su propia evolución, identifiquen las raíces de sus conflictos y reflexionen críticamente sobre el presente. En este sentido, la disciplina histórica cumple una función social que trasciende el ámbito universitario, contribuyendo a la formación de una ciudadanía crítica frente a relatos simplificadores o instrumentalizados del pasado.
Conexión con Noam Chomsky: manufactura del consenso y control del pasado
La concepción de la historia puede vincularse de forma directa con los planteamientos de Noam Chomsky sobre la manufactura del consenso, especialmente en lo relativo al control del discurso histórico en las sociedades contemporáneas. Para Chomsky, el poder no se ejerce únicamente mediante la coerción directa, sino a través de la producción y difusión de marcos interpretativos que delimitan qué puede decirse, pensarse y recordarse colectivamente. En este sentido, el pasado se convierte en un terreno privilegiado de disputa ideológica.
El énfasis en la interdependencia entre las dimensiones económica, política y cultural coincide con la crítica chomskiana a la aparente neutralidad del discurso dominante. Chomsky sostiene que los relatos históricos hegemónicos suelen presentar los procesos sociales como naturales, inevitables o fruto del azar, ocultando las relaciones de poder y los intereses materiales que los atraviesan. Esta ocultación es posible precisamente cuando se fragmenta el análisis histórico y se aíslan los fenómenos de su contexto estructural, algo que el texto rechaza de forma explícita.
Asimismo, la insistencia en la necesidad de una conciencia social del pasado conecta con la idea chomskiana de que la historia es un instrumento clave para la formación de la opinión pública. La selección de acontecimientos, la jerarquización de los hechos y el silenciamiento de determinadas experiencias históricas funcionan como mecanismos de control simbólico que refuerzan el consenso en torno al orden social existente. Desde esta perspectiva, la historia no es solo conocimiento del pasado, sino un recurso político utilizado para legitimar estructuras de dominación presentes.
Chomsky también subraya la función crítica del historiador. Frente a los relatos oficiales o institucionalizados, la práctica historiográfica rigurosa debe desvelar las conexiones causales ocultas y cuestionar las narrativas simplificadoras que favorecen a los grupos dominantes. De este modo, la historia se convierte en una herramienta de resistencia intelectual, capaz de desafiar la manipulación del pasado y de ampliar los márgenes del debate público.
En conclusión, Chomsky señala que el control del discurso histórico es una forma central de poder en las sociedades modernas. La historia, lejos de ser un saber inocuo o meramente académico, desempeña un papel decisivo en la construcción del consenso social, lo que convierte al análisis crítico del pasado en una tarea esencial para la emancipación intelectual y política.
Conexión con Noam Chomsky: manufactura del consenso, guerra, imperialismo y memoria histórica
Esta concepción de la historia puede vincularse de forma especialmente fecunda con los planteamientos de Noam Chomsky sobre la manufactura del consenso y el control del discurso público, en particular del discurso histórico. Para Chomsky, el poder en las sociedades contemporáneas no se sostiene solo mediante la fuerza material, sino a través de la producción de relatos que legitiman determinadas acciones políticas y económicas, especialmente en contextos de guerra e imperialismo.
Un ejemplo claro de este proceso puede observarse en la construcción historiográfica de las guerras contemporáneas. Chomsky ha analizado cómo intervenciones militares como la guerra de Vietnam, las guerras de Irak o la denominada ‘guerra contra el terrorismo’ han sido presentadas en los discursos oficiales como respuestas defensivas, humanitarias o inevitables. La selección interesada de los hechos históricos, la omisión de las víctimas civiles o el silenciamiento de los intereses geoestratégicos y económicos subyacentes permiten fabricar un consenso social favorable a la guerra. Esta dinámica hace necesario analizar los procesos históricos atendiendo a la interrelación entre poder político, estructuras económicas y producción cultural.
En el ámbito del imperialismo, el control del pasado resulta igualmente decisivo. Las historias nacionales dominantes suelen minimizar o justificar los procesos coloniales, presentándolos como misiones civilizadoras o episodios secundarios del pasado. Chomsky ha denunciado cómo esta reinterpretación histórica oculta la violencia estructural, la explotación económica y la destrucción social que caracterizaron —y siguen caracterizando— las relaciones imperiales. Frente a ello, se defiende una historia que reconozca la dialéctica de las relaciones causales y estructurales, evitando lecturas fragmentarias que neutralizan el conflicto histórico.
La cuestión de la memoria histórica constituye otro campo donde se manifiesta con claridad la manufactura del consenso. La decisión sobre qué episodios se recuerdan, cuáles se olvidan y cómo se interpretan no es neutral. Chomsky subraya que el olvido institucionalizado de crímenes de Estado, dictaduras o represiones internas cumple una función política fundamental: impedir la crítica del presente. En este sentido, la historia cumple una función social esencial al proporcionar una conciencia del pasado que permita comprender las estructuras actuales de dominación.
Por último, Chomsky atribuye al historiador una responsabilidad crítica. Frente a los relatos oficiales que simplifican el pasado y lo ponen al servicio del poder, la historiografía científica debe desvelar las conexiones entre producción, coerción y conocimiento, cuestionando los usos políticos del pasado. Así, la historia se configura no solo como una disciplina académica, sino como un instrumento fundamental para resistir la manipulación ideológica y ampliar el espacio del pensamiento crítico en la sociedad.
Ejemplo español: Guerra Civil, franquismo, Transición y memoria democrática desde una perspectiva crítica no partidista
El caso español ofrece un ejemplo especialmente significativo para analizar el control del discurso histórico y la manufactura del consenso sin necesidad de adoptar una posición ideológica concreta. La Guerra Civil española ha sido objeto, desde su final, de múltiples reinterpretaciones que respondieron a contextos políticos distintos. Durante el franquismo el relato oficial tendió a presentar el conflicto como una ‘cruzada’ o una guerra de liberación nacional, estableciendo una lectura teleológica que justificaba el nuevo orden político. Esta interpretación seleccionaba hechos, jerarquizaba responsabilidades y silenciaba otros aspectos del conflicto, cumpliendo una función legitimadora del régimen.
Tras la muerte de Franco la Transición democrática introdujo un cambio significativo en la relación con el pasado. Sin embargo, este cambio no se tradujo en una revisión inmediata y exhaustiva del relato histórico, sino en una estrategia ampliamente compartida de desactivación del conflicto memorial, orientada a garantizar la estabilidad política y la convivencia. Desde una perspectiva analítica puede entenderse esta etapa como una forma distinta de gestión del pasado: no tanto mediante la imposición de un relato único, sino mediante la postergación del debate histórico más conflictivo. Este silencio parcial contribuyó a la construcción de un consenso político, pero también condicionó el desarrollo posterior de la memoria histórica.
En las últimas décadas, el debate sobre la memoria democrática ha reabierto la discusión sobre cómo debe interpretarse y transmitirse ese pasado. Desde un punto de vista historiográfico, el riesgo no reside en la investigación o en la recuperación documental (tareas plenamente legítimas) sino en la posible confusión entre análisis histórico y uso político del pasado. Como advertiría Chomsky, cuando el discurso histórico se simplifica para ajustarse a marcos morales cerrados, existe el peligro de sustituir el examen crítico por narrativas funcionales al presente, independientemente del signo ideológico que las promueva.
Este ejemplo confirma que la historia cumple una función social imprescindible, pero solo puede ejercerla adecuadamente si mantiene su autonomía crítica frente al poder. Tanto la glorificación acrítica como la condena retrospectiva sin contextualización histórica reducen la complejidad del pasado y dificultan su comprensión. La tarea del historiador, por tanto, no consiste en dictar veredictos morales, sino en explicar procesos, estructuras y decisiones en su contexto, contribuyendo a una conciencia histórica plural y reflexiva.