Se habla mucho del avance de los derechos de las personas con discapacidad: nuevas leyes, normativas europeas, y discursos institucionales que insisten en la inclusión, la igualdad y la accesibilidad. Sobre el papel parece que avanzamos, pero en la práctica muchas personas se quedan atrás, y es por algo que resulta incómodo reconocer.
No se trata solo de la falta de sensibilidad de quienes redactan leyes, diseñan políticas o gestionan recursos; esa desconexión con la realidad es casi estructural. Lo realmente preocupante es la indiferencia dentro del propio colectivo de personas con baja visión.
Entre las personas con baja visión no existe, en general, una verdadera unión. Los esfuerzos colectivos son escasos y, cuando surgen, rara vez se sostienen en el tiempo. La falta de proyectos comunes nos hace menos visibles, más débiles y fácilmente ignorables. Y, en muchos casos, el problema no viene de fuera, sino de dentro: nos boicoteamos a nosotros mismos desde el individualismo.
Ese individualismo se convierte en una barrera más. Es, muchas veces, la primera barrera con la que se encuentran quienes intentan avanzar. Antes incluso que una ley mal aplicada o un derecho incumplido aparece el muro humano: personas y asociaciones cerradas, desconfiadas, incapaces de sumar. Y eso es profundamente frustrante. Duele. Desgasta. En ocasiones, empuja a abandonar.
Estamos sufriendo una pérdida evidente de calidad de vida. Y no únicamente porque los derechos no siempre se hagan efectivos, sino porque no estamos sabiendo defenderlos de forma conjunta. La baja visión sigue siendo una realidad fragmentada, dispersa, sin una voz fuerte y unida que exija ser escuchada.
Aunque el camino sea lento. Aunque el desgaste sea real. Aunque las resistencias vengan incluso desde dentro. Los derechos no se defienden en soledad. La baja visión no puede seguir siendo una lucha individual.
El individualismo nos hace invisibles. La unión, aunque cueste, es el único camino posible.
Y mientras haya personas que necesiten que esos derechos se conviertan en hechos, seguir insistiendo no es una opción, es una responsabilidad compartida.