Un amigo me dijo una frase, justo cuando empezó a usar el bastón verde, que se me quedó grabada: “Es una opción obligatoria”.
Dudaba. Le daba vueltas. Estaba en el momento entre lo que uno necesita y lo que uno teme mostrar. Y en medio de ese conflicto resumió su realidad con una precisión casi incómoda.
Porque, en teoría, usar el bastón verde es opcional. Nadie obliga a usarlo. No existe una norma que lo imponga. Cada persona puede decidir si lo lleva o no. Si prefiere pasar desapercibida, o esquivar explicaciones incómodas sobre por qué mira de una forma distinta o duda antes de cruzar una calle.
Claro que se puede elegir. Pero esa elección tiene un coste.
Desplazarse sin el bastón implica asumir riesgos por un entorno que no siempre está preparado. No poder detectar un escalón, no poder anticiparse a un bordillo mal señalizado se arriesga a tropezar, caer, hacerse daño.
Y entonces la pregunta es inevitable: ¿Qué tipo de opción es esa?
En realidad, se trata de una elección condicionada. Una decisión que parece libre. Una ‘opción’ que deja de serlo cuando la seguridad entra en juego.
El miedo de mi amigo no era el bastón en sí. Era todo lo que lo rodea: la etiqueta, esa visibilidad que llega sin haberla elegido del todo.
Y, aun así, cada día lo cogía. Lo hacía porque quería llegar bien. Quería volver a casa. Porque, al final, la seguridad pesa más que la incomodidad.
“Opción obligatoria”.
Quizá el verdadero avance llegue el día en que el bastón verde deje de ser una necesidad impuesta por el entorno y se convierta, simplemente, en una herramienta más. Un recurso que cada persona utilice, o no, desde la libertad real, no desde la obligación encubierta.