Hemos hablado ya en alguna ocasión de las diversas opciones para el cerramiento de una botella cuando la bodega embotella un vino antes de presentarlo al mercado o, en según qué casos, antes de acostarlo para proceder a la fase de crianza y afinamiento previa a sacarlo a dicho mercado.
La tecnología nos ha provisto de medios para poder hacer un recipiente hermético, o casi hermético, que nos permita el almacenamiento, transporte, venta y guarda de estos líquidos. Pero hoy vamos a centrar nuestra atención en uno de los de los métodos más clásicos y con más personalidad de los que disponemos. Y nos vamos a centrar en él no por sus ventajas, sino por uno de los problemas que puede traernos su uso.
Cuando utilizamos tapón de corcho corremos un riesgo que no sucede con otros materiales, y es la aparición de uno de los defectos más conocidos, tanto por su percepción como por el nombre que se le ha ido dando con el tiempo. Llegados a este punto, me gustaría aclarar que cuando hablemos de defectos y enfermedades de los vinos no van a ser eventos perjudiciales para la salud, sino que hablamos de movimiento bacteriano, de otros microorganismos o bien de tipo físico-químico, cambios en su concentración y acción sobre el vino que van a afectar a sus características organolépticas, es decir sabor, aroma, color, aspecto… pero que no tienen efecto sobre la integridad física de quien lo beba.
En este caso, la aparición de TCA (tricloroanisol) y de TBA (tribromoanisol), dos compuestos químicos, suele ser relativamente común todavía hoy en día y, en la mayoría de los casos, no tiene que ver con la higiene y salubridad en las procesadoras de corcho o en las bodegas al manipular el taponado o conservar las botellas hasta su salida. Estos dos compuestos se producen simplemente por la presencia de agentes microbianos en el corcho que reaccionan con el cloro presente en el aire de forma natural. Dicho de otra forma, existen unos microorganismos que comen cloro y cagan estos compuestos que huelen mal.
Al estar presentes en el corcho pueden ocurrir básicamente dos cosas: que el olor indeseado se quede en el corcho al abrir la botella y, por tanto, se distancie definitivamente del vino que nos vamos a beber; o que mantenga el contacto hasta tal punto que ni siquiera aireando se despegue de nuestro vino, con lo cual sería totalmente ‘indisfrutable’ (si se me permite inventar términos).
¿Cómo podemos reconocer la presencia de este defecto? Puede ocurrir que al oler nuestra copa o al llevar el líquido a la boca notemos su olor; agitar la copa puede ayudar a hacerlo más evidente ya que son compuestos volátiles que a mayor contacto con el aire se perciben con más intensidad. Pero también hay otra forma de detección previa a ingerirlo, que es oliendo el tapón por la parte que ha estado dentro de la botella, si percibimos un olor a papel mojado, cartón húmedo, humedad de sitio cerrado, moho…; nos podemos poner creativos con la descripción, pero aunque se lo llame ‘defecto de corcho’ no huele a corcho.
Espero, por supuesto, que ninguna botella se os arruine por esto durante esta primavera que está llegando. ¡Salud!
