Patrimonio lingüístico, memoria colectiva y oficios de un pueblo
Durante siglos, la vida cotidiana de Malpartida de Plasencia se articuló en torno a una red de oficios tradicionales que sostenían la vida material del pueblo y daban sentido a la convivencia. Labradores, pastores, cabreros, jornaleros, herreros, carpinteros, canteros, albañiles, panaderas, lavanderas o costureras no solo construyeron la economía local, sino también una forma propia de nombrar el mundo. En ese universo de trabajo y vida comunitaria, el habla chinata no era un adorno ni una rareza, era una herramienta más, tan necesaria como la zuela, el alijón o la altesa.
Cada oficio generó su propio lenguaje, preciso, directo y cargado de experiencia. En los corrales y en el campo las palabras trabajaban tanto como las manos. El día comenzaba con un ‘¡Arre!’ para que las bestias se pusieran en marcha, y con un ‘¡Sooo!’ para frenarlas cuando convenía. El atajarre sujetaba la carga, los hombres montaban a repacachonej y las mujeres a sentailla, con la naturalidad de quien ha nacido en ese gesto. Al guarro había que alambrallo para que no jozara, y al perro se le afufaba para que guardara el rebaño. Llegaba luego el momento de oldeñal con manos pacientes y oficio aprendido.
En la tierra la jornada seguía su ritmo. Había que arijcal la tierra antes de sembrar, avental la cebada en la era para separar el grano de la paja y atar los haces con ataura de bálago. Segar el jeno con la guaña. Con el alijón se arrancaban matas, con la banajta se acarreaban frutos y espigas, y cuando había prisa se atrochaba por veredas y atajos. Y cuando tocaba darlo todo, se trabajaba a jincha pellejo, porque había días en que no quedaba otra.
En las casas el trabajo continuaba. La altesa esperaba la jarina pa masal el pan; la baíla removía las brasas; la abuja cosía lo que el tiempo iba rompiendo. Las predaj del cochino se ponían en aobo, laj migaj se jadian con comuelgo pa que la gente satoñara. Las mujeres hacían el arreblujo, y los niños se arrejuntaban a la lancha la lumbre cuando apretaba el frío y, si hacía falta, siempre había alguien dispuesto a apuchal para ayudar. Cuando las cosas se hacían bien, se hacían a jilo, con orden y fundamento, porque no todo valía.
Los oficios de la construcción también hablaban en chinato. Con la zuela se trabajaba la madera, el ajolatero arreglaba calderos y cacharros, y cuando algo debía quedar firme, se amachambraba sin prieda, pero sin pausa. Para transportar lo necesario estaba la arfoja, y para sujetar bien, había que arreatal. El cuerpo sabía lo que hacía, y la lengua también.
Estas palabras no son solo nombres, son memoria. En ellas se guarda la manera de trabajar, de vivir y de entender el mundo de quienes levantaron casas, criaron ganado, sembraron campos y sostuvieron familias. Son la huella de una comunidad que aprendió a nombrar su vida con precisión, dignidad y un humor seco, tan propio de quienes se saben parte de un mismo lugar.
Hoy muchas de esas palabras apenas se oyen. Algunas resisten en la memoria de los mayores, otras duermen en libros o en conversaciones que se apagan. Pero siguen teniendo fuerza. Porque cuando una lengua se pierde, no solo desaparecen palabras, se borra una manera de vivir y de mirar el mundo.
El léxico chinato vinculado a los oficios no es un listado de curiosidades, sino un sistema de conocimiento, un saber práctico, una ética del esfuerzo, una forma de relación con la tierra y con los demás. Su pérdida no es solo lingüística, es cultural, histórica y humana.
Recuperarlas no es mirar atrás con nostalgia, sino reconocer quiénes somos. El habla chinata no es pasado, es raíz, identidad y puente. Una invitación a que los mayores la transmitan sin pudor, y a que los jóvenes la descubran sin prejuicios. Porque en cada palabra hay una historia, y en cada historia, un pueblo entero respirando todavía.
La foto que encabeza este artículo, retocada con herramienta digital, es de Ceferino, nuestro padre, entre 1965 y 1970; en plena faena de siega, en un gesto que resume una forma de vida entera. Su postura, ligeramente inclinada, revela el movimiento rítmico y aprendido del corte con la guadaña, un gesto repetido miles de veces a lo largo de una vida dedicada al campo o a lo que caía. Con ambas manos firmes sobre el mango, avanza abriendo camino entre la hierba alta, que cae segada a sus pies formando un tapiz recién cortado.
Viste ropa sencilla y funcional: camisa de cuadros, pantalón de faena y un sombrero de paja que lo protege del sol. Para él también era la ropa de los domingos. Cada prenda habla de utilidad, no de adorno. El cuerpo, curtido por el tiempo y el trabajo, transmite concentración, serenidad y una dignidad silenciosa. No hay gesto forzado, es el gesto natural de quien domina su oficio.
El entorno es un prado amplio, con hierbas y flores silvestres, iluminado por una luz cálida probablemente al atardecer. Esa luz dorada envuelve la escena y aporta una sensación de calma, de tiempo detenido. No hay ruido, solo el rumor imaginado de la guadaña cortando la hierba y el roce de los pasos sobre el suelo. Ceferino no hablaba mientras trabajaba. Un vecino amigo suyo, tío Jeromo, le decía “¿Ceferino no didej na, ejtaj modorro?” Y él, con sorna, respondía “¡Déjame en paj quejtoy charrando conmigo mejmo!”.
Más que una simple escena agrícola, la fotografía evoca un mundo rural donde el trabajo era físico, constante y profundamente ligado a la tierra. Habla de esfuerzo, de conocimiento heredado y de un modo de vida que formó el carácter de generaciones enteras. Es una imagen que transmite respeto, hacia el hombre, hacia el oficio y hacia una cultura del trabajo que se desvanece lentamente, pero que permanece viva en gestos como ese.
El olor a heno recién segado es uno de esos aromas que se quedan grabados en la memoria para siempre. Cuando la guadaña corta la hierba y el sol empieza a calentarla, el aire se llena de un perfume cálido, dulce y ligeramente áspero, mezcla de clorofila, savia y tierra. Es un olor limpio y antiguo, que impregna la atmósfera del verano, de trabajo bien hecho y de jornadas largas bajo el sol.
El olol a jeno recién cegao ej uno dezoj aromaj que ce quean gravaoj en la mollera pa ciempre. Cuando la guaña colta laj jielbaj y el sol empuja pa calentalla, el aire se enllena dun peljume cálio, durce y argo ájpero, un arreblujo de clorofila, zabia y tierra. Ejun olol limpío y antiguo, quempapa lajmójfera del verano, de trabajo bien jecho y de jolnaj lalgaj bajol sol.
Ese aroma tiene algo de promesa y de nostalgia a la vez. Promesa de alimento para el ganado, de descanso después del esfuerzo, de estaciones que se repiten. Y nostalgia porque, para quienes lo han vivido, basta respirarlo una vez para que regresen recuerdos, las manos llenas de callos, el rumor de los insectos, el sudor en la frente y el silencio del campo al atardecer.
No es solo un olor agradable, es un olor que cuenta una historia. La historia de un tiempo en el que la tierra marcaba el ritmo de la vida y en el que el trabajo tenía aroma propio.
Carlos Canelo Barrado
María Florentina Canelo Barrado
Gloria Canelo Barrado