Reginald Marsh nació en París, en el seno de una familia acomodada estadounidense de artistas. Fue reconocido por sus pinturas de realismo social que retrataban la vida neoyorquina de las décadas de 1920 y 1930. Rechazando la abstracción, incluyó entre sus temas favoritos escenas de las concurridas playas de Coney Island, espectáculos de vodevil y burlesque, o mujeres y hombres desempleados en Bowery a quienes pintaba sin prejuicios ni ningún atisbo de protesta social. También fue un dibujante prolífico, llenando cuadernos con bocetos realizados en calles, playas y transportes públicos. Pintó con témpera al huevo, óleos, acuarelas y tinta, y también realizó numerosos grabados.
Tras graduarse en la Universidad de Yale trabajó como ilustrador independiente en Nueva York y formó parte del equipo del New York Daily News. Entre 1925 y 1929 viajó a Europa de forma intermitente; durante estos viajes, estudió la obra de los grandes maestros, cuyo estilo vigoroso influiría en su propio trabajo.
Reginald Marsh era un observador perspicaz de la gente, y en sus pinturas, de estilo documental y exuberante, su mirada es única por centrarse en las multitudes más que en los individuos. Pintando en las décadas de 1930 y 1940 retrató una ciudad que experimentaba cambios sociales y económicos radicales a causa de la Gran Depresión, la transformación del papel de la mujer en la sociedad y el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Como realista urbano le fascinaban las actividades populares; por ello, documentó la vida cotidiana de los neoyorquinos de clase trabajadora, a menudo representando el lado más sórdido de los entretenimientos que disfrutaban. Aunque estilísticamente moderno, Reginald Marsh puede considerarse el equivalente neoyorquino de artistas y caricaturistas como William y Honoré Daumier, pintando lo que veía pero también ofreciendo elementos de crítica social y, ocasionalmente, sátira.
Mediante composiciones complejas con múltiples figuras y colores brillantes capturó la energía y el dinamismo de Nueva York. Su obra a menudo carecía de un único punto focal visual, lo que, junto con su pincelada irregular y la asimetría, impedía que la mirada se detuviera en un solo punto, creando una sensación de inquietud y movimiento continuo en sus pinturas.
Aunque inicialmente consideró la pintura como una forma laboriosa de hacer un mal dibujo, de inmediato comprendió que los lienzos densos y agitados de los artistas barrocos y neobarrocos contenían claves para imponer orden a los estímulos vertiginosos, comprimidos y disyuntivos de Nueva York sin agotarlos de su exuberante abundancia y vitalidad.
Reginald Marsh también reconoció el poder de su arte para ayudarle a combatir su timidez, afirmando: “Cuando me siento excluido en una fiesta, busco mi cuaderno de bocetos y enseguida todos se reúnen a mi alrededor para observarme”.
