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Desde la Torre Lucía. El Beato de Fernando I y Doña Sancha y Plasencia

Desde la Torre Lucía. El Beato de Fernando I y Doña Sancha y Plasencia
Foto: Cedida
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Abril es el mes de los libros por antonomasia. Y los libros por antonomasia, por su antigüedad, son los beatos, manuscritos que contienen comentarios del Apocalipsis de San Juan y otros extractos de textos bíblicos cuyo objetivo era preparar a los cristianos para el Juicio Final. Fueron producidos entre los siglos X y XII, contienen miniaturas con colores intensos y son considerados obras de arte mozárabes.

Gracias al Club Bibliófilo Versol, que realizó en 2007 el facsímil del Beato de Fernando I y Doña Sancha, que se encuentra en la Biblioteca Nacional de España, yo puedo, en esta primavera avanzada, subirme a la Torre Lucía con un ejemplar en la mano para disfrutarlo bajo el acariciante sol de abril. Este facsímil forma parte muy querida de mi Biblioteca de Arte.

Pero vamos con la historia del citado códice y así descubrirá el lector por qué lo he traído al artículo de este mes. El Beato de Fernando I y Doña Sancha lo encontró, en 1572, Ambrosio de Morales, cronista de Felipe II, en San Isidoro de León. Toma este nombre porque Fernando I y Doña Sancha fueron sus primeros propietarios y quienes se lo encargaron al autor Facundo. Sabemos de esa propiedad porque el mecenazgo de Fernando I y Doña Sancha se conmemora en un acróstico en el folio 7, donde traducido dice: “Libros en memoria de Fernando, Rey por la gracia de Dios y de Sancha”. Y de nuevo se menciona en un colofón en la conclusión del Comentario al Libro de Daniel, donde el escriba Facundo se identifica y registra la fecha de finalización en 1047 (era de 1085).

John Williams, el más reconocido investigador sobre los beatos españoles, comenta que este es el más elegante y distinguido de los beatos. De los 21 códices iluminados que existen en la actualidad, este ocupa el octavo lugar por antigüedad, siendo el primero que se realiza en el siglo XI. El libro se decora pródigamente y se utiliza el oro abundantemente. Está compuesto por 316 folios de pergamino, con una medida de 360×268 mm

Datos que se conocen de su centenaria existencia: el 5 de junio de 1720 se envió a encuadernar por el precio de 40 reales; y el 15 de septiembre de 1789 tuvo que ser reformada esa encuadernación porque el folio 316 estaba pegado a la tapa y muy deteriorado, siendo la encuadernación que conserva actualmente.

Una vez encontrado en León fue llevado a Toledo, donde lo estudió el bibliotecario de la Catedral, Juan Bautista Pérez, que finalmente se lo entregó a Alvar Gómez de Castro para que se realizara una edición impresa, que nunca llegó a hacerse.

Al morir este, el libro pasó a Garcia de Loaisa Girón, cuya espléndida biblioteca acabaría en el monasterio dominico de San Vicente Ferrer de Plasencia. Magnífica biblioteca la que existió en el monasterio placentino, de la que en la actualidad solo podemos contemplar la enorme estancia que ocupaba en lo que hoy se ha convertido el histórico monasterio, en el Parador de Turismo de Plasencia.

Juan Tamayo de Salazar lo sacó del monasterio, terminando en la biblioteca personal de don Diego de Arce y Reinoso, extremeño nacido en Zalamea de la Serena que llegó a ser obispo de Plasencia entre 1640 y 1653, aunque la mayor parte de ese tiempo lo pasó en la Corte desempeñando el cargo de inquisidor general que le encomendó Felipe IV. Su gran y extensa biblioteca personal alcanzó mucha fama.


Ya mencionado don Diego de Arce y Reinoso, no me resisto a hacer una breve reseña de su vida y obra, dado que gracias a su gran acervo cultural podemos contar esta historia. Para los placentinos este culto obispo es quien de joven estudió becado en el Colegio del Río de Plasencia, fundado por don Fabián de Monroy. Es el obispo que autorizó el traslado a Serradilla de la imagen del Cristo de la Victoria que estaba en la iglesia de San Martín desde su llegada de Madrid, donde se había esculpido la talla a requerimientos de la beata Francisca de Oviedo. Es el obispo que costeó a sus expensas el dorado del retablo mayor de la Catedral y el pedestal y antepecho que separa la capilla mayor del resto del templo. Todo esto y mucho más da idea de la importante figura que fue don Diego de Arce y Reinoso, aunque no sea tema exclusivo de este artículo.


Fallecido don Diego de Arce y Reinoso en 1665 su biblioteca se puso en venta, siendo adquirida por Gaspar Ibáñez de Segovia, marqués de Mondéjar. Al pasar las tropas austríacas en la Guerra de Sucesión por la Villa de Mondéjar se llevaron, no solamente a los hijos del marqués, sino todo lo que pudieron del palacio, entre lo que se encontraba el códice de Fernando I y Doña Sancha. Todas las pertenencias fueron declaradas botín de guerra, pasando a poder de Felipe V, quien incorporó el beato a la Biblioteca Real que fundó en 1711.

Una vez en la Biblioteca Real el beato se restauró y se cuidó como uno de los grandes tesoros que guarda en sus vitrinas. En la actualidad se encuentra en la Biblioteca Nacional, vitrina 14-2.

Plasencia tuvo el honor de ser durante años la ciudad que albergó y conservó el Beato de Fernando I y Doña Sancha, haciendo una vez más gala del perfil cultural y bibliográfico que la caracteriza.

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