Hubo un tiempo en que los niños no necesitaban juguetes comprados. Les bastaba un palo, una piedra plana, una chapa, una cuerda, un pañuelo, una pared encalada o un reguero de agua corriendo calle abajo después de la lluvia. En la Malpartida de Plasencia de los años 40 a 60, los juegos infantiles y juveniles no estaban inspirados en escaparates ni de catálogos, sino de la imaginación, de la pobreza digna, de la calle compartida y de una forma de vida en la que casi todo se aprendía mirando, imitando y participando.
La infancia de entonces tenía mucho de intemperie. Los niños vivían hacia fuera. Salían a la calle, ocupaban las plazuelas, corrían entre fachadas, dibujaban círculos en la tierra, marcaban rayas con el pie y convertían cualquier rincón del pueblo en un escenario de aventura. Las casas eran pequeñas, las familias numerosas y la vida cotidiana dejaba poco espacio para el ocio entendido como hoy lo entendemos. Pero precisamente por eso la calle era un territorio inmenso. Allí se aprendía a correr, a esquivar, a medir la fuerza, a calcular distancias, a desafiar al contrario, a resistir la derrota y a celebrar la victoria con esa mezcla de alborozo y picardía propia de los niños.
Uno de aquellos juegos era la bilarda. Se colocaba en el suelo un palo pequeño, de apenas 10 o 12 centímetros, y había que hacerlo saltar golpeándolo en una de las puntas. Cuando el palito se elevaba en el aire, el jugador debía darle con otro palo mayor, con una tabla o con un garrote, intentando lanzarlo lo más lejos posible. La bilarda exigía coordinación, reflejos y fuerza. Era un juego de precisión ruda, de manos acostumbradas al polvo, de ojos atentos al movimiento mínimo del palo, de cuerpos que aprendían a medir el impulso antes de saber explicarlo con palabras.
También se jugaba al marro, uno de esos juegos que convertían el pueblo en un campo de batalla simbólico. Dos equipos se situaban en fachadas opuestas. Cada grupo defendía su pared y, al mismo tiempo, intentaba alcanzar la del contrario. El niño que lograba llegar hasta la fachada enemiga proclamaba la victoria con una frase que aún conserva toda la fuerza de la oralidad popular: “marro pisao y cagao”. No era solo una expresión de triunfo. Era una fórmula ritual, una contraseña de infancia, una pequeña bandera verbal clavada sobre el territorio conquistado.
Jugar a pídola consistía en saltar sobre la espalda de un niño que permanecía inclinado hacia adelante. Los saltarines a veces propiciaban un golpe con el talón ‘lique’ sobre las posaderas del sufridor o un golpe sobre la espalda con el trasero ‘culata’. Había una rotación para que cada participante ocupara el puesto de sufridor durante un tiempo.
Había juegos en los que el liderazgo se manifestaba de manera casi teatral. En tente jerrera (gente guerrera) un niño, normalmente el mayor, el más decidido o el que tenía más carisma, marchaba por delante gritando: “tente jerrera”. Los demás, siguiendo sus pasos, respondían: “y yo con ella”. En esa sencilla escena se reconoce algo esencial de la infancia colectiva, la importancia del grupo, la imitación, el ritmo compartido, la obediencia lúdica y la fuerza de las fórmulas transmitidas de boca en boca. Nadie necesitaba escribir las reglas. Bastaba haberlo visto una vez para incorporarse al juego.
Otro juego muy recordado era el cajtillo. Se trazaba en la tierra un círculo de unos 50 a 80 centímetros de diámetro. Dentro se enterraban pequeñas monedas, perras chicas, bolindres o chapas. Desde una distancia acordada, cada jugador lanzaba su piedra plana, cuidadosamente elegida, con la intención de sacar del círculo alguno de aquellos pequeños tesoros. Lo que salía fuera era para quien lo había conseguido. A simple vista podía parecer un juego menor, pero encerraba habilidad, cálculo, puntería y una economía infantil de enorme intensidad. Una chapa, un bolindre o una perra chica podían adquirir el valor simbólico de un premio ganado con destreza.
La fuerza tenía su lugar en la soga. Dos equipos tiraban desde lados opuestos de una cuerda, separados por una raya. Ganaba el grupo capaz de arrastrar al contrario. Era un juego directo, físico, casi elemental. No había demasiadas estrategias ocultas: había brazos, piernas firmes, respiración contenida, cuerpos inclinados hacia atrás y una raya que marcaba el límite entre la resistencia y la rendición. La soga enseñaba que la fuerza individual importaba, pero también que un grupo mal coordinado podía perder frente a otro más unido.
Más elaborado era el pañuelo, donde la velocidad se mezclaba con la astucia. Dos equipos se situaban frente a frente, separados por cierta distancia. Cada jugador recibía un número secreto. En el centro, otro niño sostenía el pañuelo y gritaba un número: “¡el doj!”, por ejemplo. Entonces los dos jugadores que tenían asignado ese número corrían hacia el centro. Había que coger el pañuelo y regresar a la base sin que el contrario tocara la espalda del que huía. Parecía un juego de carrera, pero era también un juego de engaño, de amago, de espera, de cálculo del momento oportuno. Ganaba el veloz, sí, pero muchas veces ganaba el más listo.
Y estaban laj barcunaj, que nacían cuando llovía y los regajos bajaban por las calles. Entonces los niños fabricaban pequeñas barcas, o improvisaban objetos que pudieran navegar, y los echaban al agua corriente. El pueblo, después de la lluvia, se convertía en un río diminuto. Las calles tenían cauces, remansos, obstáculos, naufragios y victorias. Aquellos juegos con el agua muestran hasta qué punto la infancia rural estaba unida al medio natural. Cada fenómeno cotidiano podía transformarse en juego, la lluvia, el barro, la pendiente de una calle, una hoja, una astilla, una cáscara o cualquier pequeño objeto capaz de flotar.
Vistos desde hoy, aquellos juegos revelan una infancia más libre, pero también más dura. Casi todos exigían habilidad, fuerza o inteligencia práctica. No siempre ganaban todos. No existía esa preocupación moderna por repartir premios o evitar frustraciones. No había violencia. Ganaban, muchas veces, los más rápidos, los más fuertes, los más atrevidos o los más pícaros. Pero nadie perdía, no había ese sentido de agresiva rivalidad que hoy se observa en algunos contextos. Pero incluso esa dureza formaba parte del aprendizaje. En el juego se establecían jerarquías, prestigios y lugares dentro de la pandilla. Aquellos niños aprendían jugando a situarse en el grupo, a defenderse, a aliarse, a competir y a reconocer la autoridad informal de unos y otros y a fraguar lazos de amistad que en muchos casos duraban toda la vida.
Junto a estos juegos de carrera, fuerza, puntería o confrontación entre bandos, ocupaban un lugar fundamental los juegos practicados preferentemente por las niñas, aunque en ocasiones también participaran niños pequeños. Eran juegos igualmente ricos en destreza, imaginación, ritmo, sociabilidad y aprendizaje corporal. En ellos se expresaba otra forma de ocupar la calle, no tanto desde la conquista del espacio o el desafío físico directo, sino desde la coordinación, la habilidad fina, la repetición cantada, la representación simbólica y el cuidado.
Uno de los juegos más recordados era la piedrilla; consistía en trazar en el suelo una serie de cuadrículas numeradas. La niña avanzaba saltando sobre una sola pierna mientras iba impulsando con la punta del zapato una piedra pequeña, que debía pasar de una casilla a otra sin salirse de las líneas. Aquel juego, aparentemente sencillo, exigía equilibrio, precisión, memoria del recorrido y control del cuerpo. La calle se convertía así en un tablero dibujado sobre la tierra, y una simple piedra adquiría el valor de ficha, reto y compañía. En la piedrilla se unían la austeridad material y la inteligencia lúdica de una infancia capaz de construir un mundo entero con una raya en el suelo.
Otro era el juego de la comba, dos niñas daban la soga y otra saltaba al ritmo de la canción que el grupo canturreaba:
Yo tengun carro y una carreta,
y un pal de mulaj campanilleraj.
Laj campanillaj son de oro y plata,
y una morena ca mí magrada.
Morena mía ponte a selvil,
y lo que ganej dámelo a mí,
pa tabaco, pa papel, pa cerillaj pa encendel.
También tenían gran presencia las muñecas de trapo, confeccionadas muchas veces con restos de telas viejas, retales domésticos, lanas, botones o prendas ya inservibles. Aquellas muñecas no eran juguetes comprados, sino pequeños objetos nacidos de la economía familiar, de la reutilización y de las manos de madres, abuelas, hermanas mayores o de las propias niñas. Con ellas se imitaban escenas de la vida cotidiana como cuidar, vestir, acunar, alimentar, regañar, dormir o pasear. No se trataba solo de reproducir papeles domésticos, sino de elaborar, desde la imaginación infantil, una representación afectiva del mundo familiar. La muñeca de trapo guardaba en su cuerpo pobre una enorme densidad simbólica, era juguete, aprendizaje, refugio emocional y memoria de los cuidados.
Otros juegos se articulaban alrededor del corro, la canción y el movimiento colectivo. El corro de la patata, como otros juegos cantados, reunía a las niñas en círculo, tomadas de la mano, girando al ritmo de una fórmula repetida que todas conocían. En estos juegos la palabra era inseparable del cuerpo, se cantaba, se giraba, se reía, se caía al suelo, se volvía a empezar. La oralidad infantil transmitía así pequeñas canciones, entonaciones, variantes locales y giros expresivos que formaban parte de la cultura popular. El juego funcionaba como una pequeña ceremonia de pertenencia, donde cada niña encontraba su lugar dentro del grupo.
Estos juegos muestran que la infancia femenina también construyó una cultura lúdica propia, profundamente vinculada al habla, al gesto, al canto y a la memoria doméstica. Si los juegos de los niños enseñaban a menudo fuerza, competencia, rapidez o dominio del espacio, los juegos de las niñas transmitían con especial intensidad equilibrio, ritmo, cooperación, imaginación simbólica y aprendizaje afectivo. Unos y otros formaban parte de la misma cultura popular. Todos nacían de la pobreza material y de la riqueza comunitaria; todos utilizaban elementos humildes, una piedra, una cuerda, un retal, una raya en el suelo, una rueda y todos contribuyeron a educar a generaciones enteras en una forma de vida compartida.
Desde el punto de vista etnolingüístico, estos juegos poseen un valor singular, porque conservaron canciones, fórmulas orales, nombres locales, expresiones infantiles y modos de decir asociados al juego. La transmisión no se producía por escrito, sino por repetición viva, de unas niñas a otras, de hermanas mayores a pequeñas, de madres a hijas, de la calle a la memoria. En esa cadena humilde de voces, la lengua popular encontraba uno de sus cauces más naturales de continuidad.
Por ello, al documentar los juegos infantiles y juveniles de Malpartida de Plasencia, es imprescindible dar protagonismo a los niños y a las niñas, porque en sus corros, muñecas, piedrillas y combas se conserva una parte esencial de la memoria cultural chinata.
Había, además, una clara estacionalidad. No todos los juegos se jugaban siempre. Algunos pertenecían a los días secos, a las tardes largas, a las vacaciones o a las horas en que las obligaciones familiares dejaban un respiro. Otros dependían de la lluvia, del barro, del estado de las calles o de la presencia de más niños disponibles. La vida lúdica seguía los ritmos del pueblo, del clima, de la luz y del trabajo. Los juegos no estaban separados de la vida cotidiana: formaban parte de ella.
Pero quizá lo más valioso de aquellos juegos sea que también conservaban lenguaje. No solo se jugaba, se decía el juego. Se gritaban fórmulas, se nombraban objetos, se pactaban reglas, se protestaba, se celebraba, se retaba y se transmitían expresiones que pertenecían a una comunidad concreta. En Malpartida de Plasencia aquellas voces infantiles formaban parte del universo del habla chinata. Palabras, giros y frases no eran simples ocurrencias, eran fragmentos de oralidad popular, restos vivos de una cultura transmitida en la calle.
Por eso recordar estos juegos es recuperar una forma de educación comunitaria, una memoria del cuerpo, una pedagogía de la calle y una parte del patrimonio inmaterial del pueblo. Aquellos niños aprendieron muchas cosas sin libros ni pantallas. Aprendieron a medir distancias, a organizar equipos, a respetar turnos, a soportar derrotas, a disfrutar de la lluvia, a convertir una piedra en herramienta y una fachada en frontera. Aprendieron, sobre todo, que la imaginación puede nacer de muy poco cuando existe comunidad.
Hoy, cuando tantas infancias transcurren entre espacios cerrados, horarios dirigidos y pantallas luminosas, aquellos juegos de la Malpartida de los años veinte a sesenta o más, nos devuelven una enseñanza sencilla, la calle también fue escuela, el juego también fue cultura y la lengua también se salvó muchas veces en la voz de los niños. En sus carreras, en sus gritos, en sus disputas y en sus risas permanece una parte humilde, pero profundamente verdadera, de la memoria chinata.
Carlos Canelo Barrado y Marceliano Clemente Canelo