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Dionisio Clemente y la ortografía de una voz

Dionisio Clemente y la ortografía de una voz
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La composición presenta, en primer plano, un retrato de Dionisio Clemente Fernández, acompañado por tres imágenes estrechamente vinculadas a su trayectoria personal e investigadora: una panorámica de Malpartida de Plasencia, la iglesia parroquial de San Juan Bautista y el modesto lugar de trabajo que utilizaba en la sacristía; allí, ante una mesa sencilla cubierta con un paño rojo, consultaba libros y documentos antiguos, tomaba notas y reconstruía pacientemente distintos aspectos de la historia, la cultura popular y el habla chinata.

El conjunto relaciona simbólicamente al investigador con los tres espacios fundamentales de su labor, el pueblo al que pertenecía, el patrimonio histórico que estudió y el lugar silencioso y humilde donde desarrolló buena parte de sus investigaciones.

La imagen recuerda no solo al investigador y al estudioso, sino también al hombre profundamente vinculado a su pueblo. Su legado permanece en sus escritos, en los documentos que examinó, en las investigaciones que impulsó y, especialmente, en la conciencia de que el habla y la cultura chinatas constituyen un patrimonio digno de ser conocido, respetado y transmitido.

Dionisio Clemente Fernández fue nombrado Hijo Predilecto de Malpartida de Plasencia. El acto público de nombramiento se celebró el 30 de julio de 2021, aproximadamente un año después de su fallecimiento.

Durante siglos, el habla chinata no necesitó escribirse para existir.

Vivía en la conversación. Se aprendía en las casas, en la calle, junto a la lumbre, en las faenas del campo, en los corrales, en las huertas y en los encuentros entre vecinos. Se transmitía de boca en boca, de generación en generación, sin que nadie necesitara fijar una regla, discutir una grafía o decidir cómo debía representarse una palabra sobre el papel.

Quien hablaba chinato no necesitaba leerlo.

Bastaba con oírlo.

Una madre llamaba a un hijo desde la cocina. Un hombre daba una orden en el campo. Una mujer explicaba cómo se hacía una comida. Un niño gritaba una fórmula de juego. Un abuelo contaba un cuento junto a la lumbre. En cada uno de esos momentos, el chinato cumplía su función natural, permitir que las personas se entendieran dentro de una comunidad que compartía palabras, sonidos, recuerdos y formas de relación.

Pero llegó un momento en que surgió una pregunta inevitable.

¿Cómo escribir aquello que se oye?

La pregunta parece sencilla, pero encierra una dificultad profunda. Una variedad oral no se deja trasladar fácilmente a la escritura. La lengua hablada posee tonos, pausas, aspiraciones, silencios, alargamientos, ritmos, gestos y matices que el papel apenas puede recoger. Además, quien intenta escribir una forma de hablar local se enfrenta a dos riesgos, alejarse demasiado de la pronunciación real o construir una grafía tan compleja que resulte difícil de leer para quienes reconocen esa habla como propia.

Dionisio Clemente Fernández (1948-2020), docente, historiador e investigador del habla y de la cultura chinatas, autor de ‘Ortografía del chinato’ (1996), comprendió pronto ese problema.

Su obra representa uno de los primeros esfuerzos conocidos por pensar de manera ordenada cómo podía escribirse una variedad que hasta entonces había vivido, sobre todo, en la voz de la gente. No se trataba de inventar una lengua ni de convertir el chinato en un idioma separado. Se trataba de algo más humilde y, al mismo tiempo, más importante, como era encontrar una forma de representar su sonido sin perder su verdad. Era el paso de la voz al papel.

Escribir una lengua oral supone siempre una elección.

En castellano estándar, la escritura ha sido fijada durante siglos por tradiciones gramaticales, diccionarios, instituciones educativas, imprentas, escuelas y usos públicos. Pero una variedad local como el chinato no nació dentro de ese marco. Se desarrolló en la conversación cotidiana y se transmitió mediante la convivencia.

Por eso, cuando alguien intenta escribir chinato, debe decidir qué quiere conservar.

Puede optar por una escritura cercana al castellano común, que facilite la lectura pero pierda algunos rasgos de pronunciación. Puede optar por una representación muy fonética, que refleje con mayor precisión los sonidos pero resulte menos accesible. O puede buscar un equilibrio entre ambas posibilidades, una escritura que permita reconocer el castellano de origen y, al mismo tiempo, haga visible la música particular del habla chinata.

Este fue, en esencia, el desafío que afrontó Dionisio Clemente.

Su propuesta parte de una intuición fundamental, el chinato no puede escribirse como si fuera simplemente castellano estándar, porque entonces desaparecerían algunos de sus rasgos más característicos. Pero tampoco debe escribirse de modo tan extraño que los propios chinatos no puedan leerlo con naturalidad.

La escritura, por tanto, no debía sustituir a la voz. Debía acompañarla.

Dionisio Clemente fue pionero local. El no abordó el chinato desde fuera. No llegó al habla como quien observa una rareza ajena o recopila palabras para un archivo distante. Conocía la variedad desde dentro, como parte de la experiencia lingüística y cultural de Malpartida de Plasencia.

Esa posición tiene una importancia especial.

Los estudios académicos son necesarios para comparar, describir y situar una variedad dentro de la historia de la lengua. Pero el conocimiento de quien ha vivido un habla, la ha oído en su familia, la ha utilizado en contextos reales y reconoce sus matices también posee un valor extraordinario.

Dionisio reunía ambas cosas y entendió que el chinato no debía quedar reducido a la oralidad fugaz. Comprendió que, si las palabras no encontraban alguna forma de fijarse, muchas podían desaparecer con quienes aún las pronunciaban.

Su trabajo tiene, por ello, un doble valor.

Por una parte, es una propuesta práctica de escritura. Por otra, es una declaración cultural, el chinato merece ser tomado en serio. Merece ser observado, explicado, enseñado y transmitido. Merece mantener sus latidos.

No es pequeño el gesto de poner por escrito una forma de hablar que durante tanto tiempo había permanecido fuera de los libros.

Escribirla equivale a decir que esta voz existe; esta voz tiene reglas; esta voz pertenece a un pueblo; esta voz merece ser conservada. Debe ser una ortografía nacida de la pronunciación.

La propuesta de Dionisio Clemente se basa en una idea sencilla, escribir de manera que el lector pueda acercarse a la pronunciación tradicional. Escribir como se habla y como se escucha.

Por eso presta atención a los sonidos, a las transformaciones consonánticas, a las pérdidas de letras, a los cambios de vocales y a las formas que diferencian el chinato del castellano común. Su interés no se limita a registrar palabras curiosas. Intenta mostrar cómo funcionan ciertos mecanismos de pronunciación.

Entre los rasgos más importantes se encuentra el tratamiento de la /s/.

En chinato, la /s/ no siempre se realiza como en el castellano estándar. Puede aparecer transformada, aspirada, debilitada o representada mediante otras soluciones gráficas según el lugar que ocupa dentro de la palabra y según los sonidos que la rodean.

Algo semejante ocurre con la aspiración inicial de /h/. También son frecuentes las transformaciones de consonantes finales, los cambios entre /r/ y /l/, la pérdida de /d/ intervocálica, la simplificación de grupos consonánticos y las formas expresivas que dan al chinato una sonoridad particular.

Estos rasgos no aparecen de forma idéntica en todos los hablantes. La edad, la familia, la experiencia de vida, la emigración, la escolarización y el contexto de conversación influyen en la intensidad con que se mantienen. Pero su repetición en materiales de distintas épocas demuestra que no estamos ante invenciones aisladas.

Forman parte de una tradición oral reconocible.

La escritura no debe convertir el habla en una jaula. Una de las cuestiones más delicadas al escribir chinato consiste en evitar la tentación de fijarlo en exceso.

Una lengua oral no vive de reglas absolutas. Vive de variantes, de matices, de diferencias entre familias, de soluciones individuales y de cambios generacionales. Una misma palabra puede ser pronunciada de forma ligeramente distinta según la persona que la diga o la situación en que se encuentre.

Por eso, ninguna propuesta ortográfica debería presentarse como una ley rígida.

No existe una única forma legítima de escribir todas las palabras chinatas. Existen, más bien, criterios compartidos que ayudan a mantener una cierta coherencia y permiten al lector reconocer la pronunciación tradicional.

Dionisio Clemente abrió un camino. No dejó una norma cerrada para siempre. Dejó una propuesta que puede ser estudiada, contrastada, enriquecida y matizada a la luz de nuevas fuentes.

Esta idea es importante porque evita dos extremos en los que insistimos: El primero sería escribir chinato como si fuera castellano estándar, borrando sus rasgos propios. El segundo sería inventar una ortografía tan complicada o tan estricta que nadie pudiera usarla con naturalidad.

El equilibrio debe buscarse en una escritura culturalmente fiel, científicamente prudente y accesible para el lector.
Una escritura que conserve la voz sin disfrazarla.

Del texto aislado al corpus vivo. La obra de Dionisio Clemente cobra hoy una importancia mayor porque puede ponerse en diálogo con otros materiales.

Puede compararse con los testimonios dialectológicos recogidos en el siglo XX. Puede contrastarse con las palabras reunidas por la Asociación Cultural de Amigos del Habla Chinata. Puede leerse junto a los relatos familiares, los juegos infantiles, los monólogos de trabajo y las expresiones que todavía se conservan en la memoria de los mayores.

Ese contraste permite comprobar continuidades.

El cuento de la loba y el colderino, transmitido en la memoria familiar de Jacinto Barrao Mateo, muestra una narración completa en chinato, aspiraciones, cambios consonánticos, diminutivos, fórmulas de afecto, construcciones verbales, ritmo conversacional y formas de diálogo.

El texto sobre Jugal a laj vencej ofrece otro tipo de evidencia. En él aparece el habla de la infancia, de la calle y del juego: laj vencej, doj caraj, ca muchacho, ciguiendo el tulno, cin enfaalce, güen puñao, amiguinoj.

El monólogo del agricultor añade la voz del campo: andolga, bochinche, pingollaj, lajca, bareo, zaco, jadetunaj, piltra, jaca, adeite.

Todos estos materiales permiten comprobar que el chinato no vive únicamente en ejemplos sueltos. Puede narrar, explicar, bromear, ordenar, recordar y emocionar. Puede sostener una conversación completa.

La escritura tiene entonces una función nueva, no solo conservar palabras, sino mostrar que el habla funciona como sistema expresivo. Se trata de una ortografía para leer, no para imponer.

La escritura del chinato puede cumplir varias funciones.

Puede servir para documentar testimonios. Puede ayudar a recoger relatos, cuentos, juegos, recetas y escenas de vida. Puede facilitar la publicación de materiales culturales. Puede acercar a los jóvenes una forma de habla que quizá ya no escuchan diariamente. Puede permitir que una persona emigrada reconozca en una página palabras que le devuelven la voz de su madre o de su abuelo.

Pero no debe convertirse en una prueba de pertenencia.

Nadie debe sentirse menos chinato por no escribir correctamente una palabra local. La oralidad ha sido siempre el corazón del habla. La escritura es una herramienta de apoyo, no una frontera.

Por eso conviene distinguir entre dos usos diferentes.

El primero es el uso científico o lingüístico, que puede requerir transcripciones más detalladas y precisas. El segundo es el uso cultural y divulgativo, destinado a libros, relatos, exposiciones, actividades escolares o publicaciones locales.

En este segundo caso, la escritura debe ser clara y coherente, pero no excesivamente técnica. Debe permitir que un lector de Malpartida reconozca la voz que ha oído toda su vida.

La siguiente tabla ofrece una muestra de criterios orientativos para representar por escrito algunos rasgos del habla chinata. No pretende establecer correspondencias automáticas ni una ortografía rígida, pues una misma palabra puede reunir varios fenómenos fonéticos y algunas expresiones solo pueden comprenderse adecuadamente dentro de su contexto comunicativo, familiar o lúdico.

Dionisio Clemente y la ortografía de una vozEstos criterios no pretenden cerrar la lengua. Pretenden ayudar a que la escritura refleje, con cierta estabilidad, lo que la comunidad reconoce como pronunciación chinata.

Se trata de escribir para conservar la memoria. Cuando una persona escribe una palabra chinata, no está realizando solamente un ejercicio ortográfico, está fijando una memoria.

Escribe lancha la lumbre y aparece una cocina de invierno, unos nietos sentados cerca del fuego y un abuelo que cuenta un cuento. Escribe vencej y vuelve una pared de la calle, unos niños soltando cartones recortados de cajas de cerillas y una tarde de juego. Escribe andolga y aparece un hombre cansado tras una jornada de trabajo, que ha cenado opíparamente. Escribe bochinche y vuelve una bota de vino, una conversación o una pausa en el campo.

La escritura permite que una palabra viaje en el tiempo.

Puede llegar a quien no la oyó. Puede ser leída por una persona que vive lejos. Puede ayudar a una familia a recordar cómo hablaba alguien ya ausente. Puede servir para que un niño pregunte: “¿Qué quiere decir esto?”. Y esa pregunta puede abrir una conversación entre generaciones.

Ahí reside uno de los valores mayores de una ortografía cultural del chinato.

No en imponer una forma de escribir perfecta, sino en hacer posible que la voz siga circulando.

Dionisio Clemente abrió una puerta al futuro de la palabra chinata. Comprendió que una variedad oral puede perderse si nadie se preocupa por recogerla.

Su ‘Ortografía del chinato’ debe ser leída como una obra pionera de conciencia lingüística local. Representa el deseo de dar dignidad escrita a una forma de hablar que durante demasiado tiempo había quedado limitada al ámbito de la conversación privada.

Hoy podemos continuar ese camino con más materiales, más testimonios y mejores herramientas de análisis. Podemos contrastar sus propuestas con la documentación oral, con los estudios dialectológicos, con el corpus léxico y con los relatos transmitidos en las familias.

Pero debemos conservar el espíritu de aquella iniciativa.

Escribir el chinato no significa encerrarlo.

Significa ofrecerle otra forma de presencia.

Una forma que permita estudiarlo, enseñarlo, leerlo y compartirlo. Una forma que ayude a que los sonidos de Malpartida de Plasencia no desaparezcan cuando ya no puedan escucharse en las mismas casas, calles y trabajos donde nacieron.

Porque una voz también puede dejar huella en el papel.

Y, cuando esa huella está escrita con respeto, la palabra no pierde su música.

La conserva para quienes vengan después.

Carlos Canelo Barrado y Celestino García García

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